Entrevista al Comandante Arturo Rodríguez Lorenzo. Antiguo sargento de la COE 81

Realizada por el Teniente Coronel  A.  Luis Vicente Canela

Tiene los recuerdos de su paso por las unidades de OE a flor de piel y los relata con todo lujo de detalles. Pertenece, sin duda, a lo que llamaríamos «vieja escuela». Entrevistamos hoy al comandante Arturo Rodríguez Lorenzo.

Mi comandante, en mayo de 1970 eres destinado al regimiento Zamora nº 8, en Orense, y es allí donde entras en contacto con la COE.

Efectivamente. A dicho regimiento estaba adscrita, administrativamente, la COE 81, que ocupaba las naves de un antiguo campamento denominado El Cumial, a unos nueve kilómetros de Orense.

¿Cómo recuerdas aquellas instalaciones?

El campamento contaba con una residencia para oficiales y suboficiales, cuerpo de guardia, salón de cine, comedor, capilla, cocina y varias naves dormitorio. Tenía también una amplia explanada que se utilizaba como campo de tiro y para determinadas prácticas de adiestramiento, como el salto camión. Y una zona boscosa en la que estaban la pista de aplicación y el «conguito».

¿Cuál era tu función allí?

Desde el regimiento se prestaban los servicios de seguridad, mantenimiento, limpieza y cocina. Yo llegué a estar dos o tres meses seguidos, como cabo 1º, al frente del pelotón encargado de dichos apoyos, por lo que tuve la oportunidad de crear fuertes lazos de convivencia y amistad con la tropa. Ese contacto puede decirse que hizo nacer en mí el «gusanillo» por llevar la boina verde. De aquella época recuerdo al capitán Berenguer, que mandaba la COE, al sargento Corraliza y al cabo 1º Andrés Madurga Alejandre, que con más de siete años en la COE era toda una institución.

El primer capitán de la UOE de la División 81 fue José Camiñas ¿no?

Sí. Precisamente el cabo 1º Sotelo (hoy comandante retirado), me contaba que cuando se crea la UOE (se llamó así antes de cambiar su denominación a COE), se hace con personal de reemplazo procedente de distintas unidades de la Región Militar. Dicho personal se fue reuniendo en una nave del regimiento, a la espera de que se incorporaran sus mandos. Por fin, se presenta el capitán José Camiñas Rivas y Sotelo, como cabo 1º más antiguo, forma a todos los presentes y da novedades. El capitán pasa revista a la tropa y va repitiendo a medida que reconoce a los soldados: «¡Vaya!, ¡vaya!, ¡vaya! Y al final, se dirige a todos ellos exclamando: «Pues aquí me tenéis», y es que muchos de los soldados procedían de la compañía que él mandaba en el regimiento Mérida 44, en Ferrol y los rumores decían que habían «huido» de su dureza como capitán sin saber que se lo iban a encontrar de nuevo y, encima, como capitán jefe de la UOE.

Terminas tu servicio militar y solicitas el reenganche

Faltaba poco tiempo para la finalización de mi servicio militar como voluntario. Entonces, el capitán Sousa, un buen amigo de la familia, me aconsejó que me reenganchara, porque pronto se convocaría un curso para sargento; y así lo hice.

Y en enero de 1973, ingresas en la Escuela de Aplicación y Tiro de Infantería

Efectivamente. Y una vez superado el curso, asciendo a sargento de Infantería, quedándome en comisión de servicio en el regimiento Zamora nº 8. Aunque solicito destino al regimiento Milán nº 3, en Oviedo. En octubre de ese año se anuncian vacantes de sargento en la COE 81, en Orense, con la obligatoriedad de realizar el Curso, y dispensando del plazo de mínima permanencia. Por lo que en noviembre me incorporo a la COE, que estaba al mando del capitán Pablo Perera Casado. El capitán Casado me recibió como se recibe a un hijo. Me enseñó muchas cosas —no solo sobre la milicia, también sobre la vida—. Era un gran profesional y una buena persona.

¿Recuerdas qué mandos estaban entonces destinados en la COE?

Los recuerdo como si fuera ayer: el teniente García Calvo, el brigada Martínez Novoa, y los sargentos Antonio Balboa, Ubiaga, Geada, José Álvarez y José Hevia Gende; además, había un maestro armero: Corredoira.

Sin embargo, permaneces poco tiempo en Orense

Poco, sí, poco. En enero de 1974, estábamos en la zona de Irixo, al norte de Carballino, cuando recibimos la visita del general jefe de la brigada DOT, que estaba en Vigo. Recuerdo que, durante la parada militar y la posterior exhibición, cayó un aguacero tremendo. Esa tarde se presentó en el vivac una pareja de la Guardia Civil preguntando por el capitán para entregarle un sobre dirigido al «sargento Arturo Rodríguez». Me localizan y, en presencia del capitán, abro el sobre que contiene un oficio en el que me notifican que «al día siguiente» debo presentarme en el Hospital Militar en la Coruña. Se había convocado el Curso y como nadie en la COE leía el BOD, no nos habíamos enterado. Así que salí «disparado» para La Coruña.

Era la época en que los cursos de oficiales y suboficiales eran distintos. ¿Cómo recuerdas el tuyo?

Como todos los cursos: «relajado». Realizábamos muchas actividades con el Curso Superior. Y, claro está, con muchísimas anécdotas.

Pues adelante, Arturo, cuéntanos alguna

En un salto nocturno, uno de los «protos», Romero, cayó encima de una cosechadora y se rompió una pierna. En el punto de reunión no se percató nadie de su ausencia, hasta que pasaron un par de horas y regresamos para prestarle auxilio. También hubo alguna desgracia. El día del Paso de Ecuador, el capitán Hornero se cayó de la torre de escalada, en el regimiento Galicia, cuando estaba dando un curso de escalada a los alumnos de un colegio. Parecía que solo se había roto el fémur y nadie se percató de que se había producido una herida interna. Desgraciadamente falleció al día siguiente.

Una vez finalizado el curso y, ya con tu diploma en el bolsillo, regresas de nuevo a la COE 81. ¿Recuerdas a qué zonas salías a realizar las distintas fases de adiestramiento?

En las hojas de servicio, entonces, no se anotaban las distintas salidas al campo. Así que, para no cometer errores con las fechas, no las enumeraré por orden cronológico. Pero recuerdo que las salidas que, como todos saben, eran de diez días, se realizaban por toda la Región Militar. Recorríamos las comarcas fronterizas con Portugal y por el interior de la provincia de Orense y de Galicia: Celanova, Bande, Entrimo, Baltar, Verín, Villar de Vos, La Gudiña, Viana, Trives, El Barco de Valdeorras, Maceda, Ribadavia, Carballino y Toen, Parga, Sobrado de los Monjes, Lalín, La Golada, Porto Marín, Porto de Mouros, Ponte Cesures, La Estrada y Monte Ferro. El adiestramiento en nieve -que al igual que el de combate en agua, duraba 20 días-, lo realizábamos en Cabeza de Manzaneda y Monteferro y la fase de agua y la supervivencia en las islas Cíes. Lo mejor era la relación con la población civil. Algunos hasta nos ofrecían cama y comida, o nos facilitaban naves para alojar a toda la COE.

En Galicia no hay grandes montañas, pero así y todo realizaban la fase de combate en nieve

El adiestramiento en nieve se hacía en Puebla de Trives, en Cabeza de Manzaneda.  Acampábamos en un local facilitado por el alcalde y su teniente de alcalde, Verardo, que era alférez en la Cruz Roja. Subir a Manzaneda era una odisea. Tardábamos más de hora y media, empujando los camiones y maniobrando en todas las curvas. Al llegar, a pisar nieve y abrir pista. Al mediodía, un caldo caliente y, por la tarde, alguna que otra bajada por las laderas más suaves. Poco antes de anochecer, se regresaba y nos dábamos un garbeo por el pueblo antes de la cena. Un año montamos las tiendas Aneto en una ladera y, a última hora, fuimos a tomar algo al hotel Fonte Fría. Al salir, había caído tanta nieve que no encontrábamos las tiendas. En otra ocasión, se averió el telesilla con media COE subida en las sillas de tres personas. Hubo que bajarlos a todos con cuerdas, porque se acercaba la noche y hacía un frío que pelaba.

Creo que hay una anécdota que ocurrió en la frontera con Portugal que merece la pena ser relatada

¡Uf!, se montó una buena. A veces acampábamos cerca de la frontera portuguesa. En algunos pasos, la frontera estaba materializada tan solo por una cadena cruzada en el camino. Así que cruzábamos a los pequeños pueblos cercanos donde comprábamos café, tabaco y otras cosas. En una ocasión nos vio un paisano que —a pesar de que íbamos de uniforme— nos confundió con unos atracadores que habían asaltado el banco de una villa cercana. Dio aviso a la Guardia Nacional Republicana que nos interceptó cruzando un todoterreno delante de nosotros; pero al reconocernos, nos saludó efusivamente: «Mas é você. Nao há problema. Vamos beber um copo». Y sin más, nos despedimos.

Unos días más tarde el guardia responsable del paso de la frontera (el camino atravesado con una cadena), solicitó al teniente de la Guardia Civil en Verín, que intercediera ante la GNR para que no lo expulsaran del Cuerpo por haber abierto el candado de la citada cadena. El guardia en cuestión, era un agricultor que cultivaba la tierra próxima a la frontera y cuando alguien llegaba y hacía sonar el claxon, lo identificaba y le franqueaba el paso. La cosa acabó encima de la mesa del Gobernador Militar y le costó un tirón de orejas a nuestro capitán. No sé lo que le pasaría al guardia portugués.                                                                                         

En aquella época los cuadros de mando cambiaban con mucha frecuencia, especialmente los oficiales

Pues sí. Cada año se iban incorporando nuevos mandos y se marchaban otros. Así fueron llegando los tenientes Núñez Astariz, Andrío, Navarro de los Paños, Miguel González Fortes, Emilio Boch, Río Páez, y los sargentos Candal Gestal, Ramiro Calvo, Antonio González, Domingo González, Antonio Barrientos, Peral Escámez, García Casares, Nieto.

Sigamos con las anécdotas. Cuéntanos que pasó en Villar de Cruces (Lalín)

El capitán Perera, gran tirador de arma corta, nos retaba con frecuencia: el que menor puntuación alcanzara, pagaba unos vinos. Ese día, participamos, el brigada Martínez Novoa, los sargentos Rodríguez Pérez, Antonio González y yo mismo. Creo que Ramiro Nieto, también. Detrás de una de las porterías del campo de futbol en que acampamos había un espaldón sobre el que improvisamos un campo de tiro. El sargento Antonio González tuvo un problema con su arma y le pidió la pistola al conductor. La cargó y al soltar la corredera salió una ráfaga agotando toda la munición que había en el cargador.

De una forma instintiva puso la mano delante del cañón, perforándosela entre los dedos índice y corazón. Otro disparo alcanzó al brigada Martínez, atravesándole el abdomen por el costado izquierdo (ni siquiera se enteró). Al sargento Rodríguez, le rozó otro disparo muy cerca de los testículos, dejándole un fogonazo marcado en el pantalón. Todos fueron trasladados de urgencia al hospital militar de la Coruña y, milagrosamente, a ninguno le quedaron secuelas.

En otra ocasión estábamos en San Juan de Río, disparando con morteros de 60 mm. Se produjo un conato de incendio que sofocamos inmediatamente, pero al atardecer, los vecinos, nos informaron de que se había reavivado el fuego. Nos desplazamos a la zona y lo apagamos de nuevo. Cuál no sería nuestra sorpresa, al ver que, al día siguiente, estaba otra vez ardiendo. Lo volvimos a apagar y refrescamos todo el perímetro. Pero la realidad es que los vecinos «nos la estaban metiendo doblada». Con la excusa del fuego provocado por las granadas de mortero, ellos aprovechaban para hacer quemas intencionadas. Así que, regresamos a la estación de Monte Furado, donde teníamos que subir al tren para Orense y, entonces, sí que corrieron apagar el fuego que ellos provocaban.

Me decías antes que la fase de agua se hacía en las islas Cíes

Sí. Y la supervivencia, también. Desde la Escuela Naval de Marín, nos trasladaba un dragaminas a la isla Sur y remolcaba un pontón de Ingenieros que nos servía de embarcadero. En una ocasión, en mitad de la travesía, empezó a hundirse el pontón con el peligro de hacer zozobrar al dragaminas.  Se cortaron los cabos de arrastre y el pontón se fue al fondo de la ría, por lo que el desembarco en la isla hubo que hacerlo por la escalerilla del barco y a nadar con el equipo hasta la playa.

En fin. Hay que reconocer que, en aquella época, los medios y los materiales no eran los más adecuados, pero todo se suplía con imaginación y mucho ingenio.

A pesar de todo lo que me has contado, ¿volverías a repetir la experiencia?

No lo dudaría ni un momento. Todo lo compensó la amistad con mis mandos y compañeros, de los que aprendí mucho y conservo gratos recuerdos. Y saber que los lazos que se crean entre los guerrilleros, permanecen constantes en el tiempo.

Pues, mi comandante, no me queda más que agradecerte tu tiempo y darte las gracias, en nombre de la revista Boina Verde, por el magnífico y emotivo relato que nos has hecho de tu paso por las unidades de OE.

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