Eduardo Cazorla Gómez

Antiguo guerrillero COE 52

“Dedicado a esas personas sin las que ni asociaciones, ni reuniones, ni reencuentros, ni nada que se le parezca, sería posible. Unos grandes guerrilleros y unos mejores amigos. Juan José Expósito y todos los demás, ellos saben quiénes son y, por supuesto, a mis sargentos Galera y López que nos hicieron hombres cuando aún éramos niños.”

Sé que la COE 52 es mucho más que cualquier reemplazo en particular y que está por encima de las personas que la compusimos y de los oficiales y suboficiales que la dirigieron, pero tengo que hablar de lo que viví en primera persona junto con mis compañeros y mandos en aquel año de 1980. 

Mil novecientos ochenta fue un año convulso. Fue el año que más atentados y muertos se registraron por culpa de la lacra del terrorismo y, también, fue el año en que se coció el golpe de estado del 23 F.

Cuento todo esto para poner en contexto la dureza y la impunidad con la que teníamos que convivir a diario en aquellos lejanos tiempos.

La 52, 5+2= 7, el número cabalístico o el número de la suerte, y 5-2= 3, la Santísima Trinidad o el capitán Palacio, el sargento Galera y el sargento López. Un juego de números y de personas que nos marcaron para el resto de nuestras vidas. 

Podría escribir un libro con las vivencias y/o experiencias que resultaron de nuestro paso (el de mis compañeros y el mío) por la 52, pero voy a circunscribirme a las fases de endurecimiento (las Baldorrias), evasión y escape, esquí, buceo y supervivencia y en lo que en ellas aconteció.

Tengo que reconocer que, con el paso del tiempo, ya son cuarenta y dos años, la memoria y el detalle de las cosas se funden con el color gris sepia de las fotos antiguas, perdiendo, así, la frescura de la inmediatez. Allá vamos.

Barbastro, domingo seis de enero de 1980

Eran las diez de la noche y entré por el cuerpo de guardia o prevención del cuartel general Ricardos con cierta altivez y chulería marcada en el rostro. Hacía un frío intenso y el suboficial de turno recogió mi justificante en el que constaba y se leía mi compañía de destino. Alzó la mirada y murmulló algo así como: “Otro zumbado que se va a cagar las patas abajo…”.

Cuando me registró en el libro que tenía sobre la mesa, me indicó desde la puerta que daba acceso al patio de armas cuál era la nave donde se alojaba la COE, la 52.

Para ser honesto, entre todas las historias que me habían contado sobre la dureza del cuerpo que voluntariamente había escogido y el comentario por parte del suboficial de guardia, no las tenía todas conmigo. Efectivamente, cuando me presente en la compañía, un sargento bajito y con cara de mala hostia, creo recordar que cordobés, no recuerdo su nombre ¿Salas?… bueno, no sé, me dio mi primer toque, no tan doloroso como humillante, por no mantenerme en firmes, sacando pecho y con la cabeza mirando al cielo al presentarme frente a él. Vamos bien, pensé mientras que se me borraba de la cara la poca arrogancia que me quedaba.

Fase de endurecimiento.

La verdad es que la semana en el spa Baldorrias (endurecimiento para los que no sean de la 52) hizo que me olvidara del toque, de mi nombre y de los veinte años que me habían conducido hasta ese momento. Una semana, patrocinada por los sargentos Galera y López con la inestimable ayuda y colaboración de nuestros veteranos como anfitriones del infierno que nos esperaba, que difícilmente ni yo ni el último de mis compañeros olvidaremos mientras vivamos. 

Para conservar la forma, nos mandaban carreras continuas, sin parar, hasta la cota por un quítame allá esas pajas. Era lo más llevable, aunque cansado de esos primeros días vividos como aspirantes a guerrilleros que éramos, la gorra de pistolo así nos definía. Nuestros aposentos en ese magnifico spa se reducían a una mísera tienda de dos plazas que compartíamos con nuestro binomio asignado al que reconocíamos más por su mal olor que por sus facciones. El tema de aguas “no termales” nos las ofrecía el río Vero con ese encanto que tienen los ríos en enero en Huesca, sobre todo, en los días lluviosos que nos tocaron en suerte. Conguito, fiestas sorpresa cada noche, viajes en “cómodos camiones” con destinos inciertos y caminatas interminables eran parte del pack de bienvenida que nos habían reservado para nuestra larga estancia de vacaciones pagadas por el estado. Coincidiréis conmigo que el humor es la mejor terapia para recordar, desde la distancia, esa inolvidable semana que nos tocó vivir.

Ya he comentado que un libro “gordo” como el de Petete quedaría corto para contar la historia de un guerrillero en su paso por las COE.

Evasión y escape

Con el cuento de que íbamos a saber lo que valía un peine cuando nos tocara pasar por evasión y escape, nos mantuvieron con el alma en vilo durante bastante tiempo. Yo le preguntaba a mi padrino Gutiérrez, “el Guti”, un tipo majísimo, oriundo de Vallecas, que me trató fenomenal, qué era aquello tan horrible que nos esperaba en esa prueba, pero él callaba con una sonrisa socarrona. Ese día estábamos en la sala de teórica y alguien gritó…¡¡¡Evasioooooón y escapeeeeee!!! Joder, la que se lio.

Capuchas, camiones, kilómetros, oscuridad, palos, cuerdas, insultos y, finalmente, la atadura del cerdo, tirados sobre un suelo mojado y pestilente de lo que luego averiguamos que era una casa de campo en ruinas. Cuando me llegó el turno y me llevaron a la sala de interrogatorios, logré ver, a duras penas, a alguien vestido de paisano o eso me pareció. Supongo que formaba parte de la puesta en escena y del despiste al que me querían someter. La voz irreconocible del sargento Galera tronaba en mis oídos mientras apoyaba lo que creía que era la hoja de una navaja sobre la parte posterior de mi oreja, como si fuera a cortármela. Ahora me río; entonces, no. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?: no dejaba de repetir. Pepito Pérez Pi, me acuerdo de que salió por mi boca, incauto de mí. No sé cuánto tiempo pasó, supongo que el suficiente para poder escaparme de allí y salir como alma que lleva el diablo bajo una lluvia de piedras que no pretendían darme, pero que pasaban muy cerca. Con el corazón en la boca y los cojones por corbata, el ahogo era evidente. Pasadas unas horas, mientras buscaba el camino de vuelta al cuartel, me encontré con un compañero cuyo nombre  ahora no recuerdo y, juntos, llegamos dentro del horario que se nos había dado para superar la prueba.

Santángelo, compañero y buen amigo hasta la fecha, se cayó reptando por un precipicio; cómo iría de rápido que cuando no tocó tierra con los codos llevaba la suficiente velocidad para caer al vacío. Tuvo la suerte de que un compañero lo encontrara y lo llevara de vuelta al cuartel, atado con una cuerda a la cintura. Unos días en la unidad de psiquiatría del hospital militar de Zaragoza, pues perdió algo de memoria en el accidente, fue el resultado de dicha peripecia.

Esquí

La estación de Cerler estaba (pelada) aquel año, con la mitad de las pistas cerradas por falta de nieve. Manolo Pastor y yo éramos los únicos que sabíamos esquiar de todo nuestro reemplazo y tendríamos, junto con los sargentos Galera y López, que enseñar a deslizarse sobre unas tablas a aquella caterva de energúmenos que nos había tocado por compañeros (sabéis de sobra que hablo en broma, sois los mejores) sin que hubiera muchas bajas.

El capitán Palacio nos citó al pie de pistas a Pastor y a mí para una primera bajada y así comprobar nuestro nivel como esquiadores y posibles monitores.

Cogimos el telearrastre y lo seguimos hasta la cima de una de las pocas pistas negras que estaban abiertas, creo recordar que era el Coll d´Ampriu. Al soltar la percha se dejó caer unos metros para esperarnos y adoptó la postura típica del esquiador experimentado, aquella en la que flexionas un poco las rodillas y te apoyas en los bastones retorciendo un poco el abdomen para salir bien en la foto. “¿Bueno chicos, preparados?”: dijo. “A la orden, mi capitán”: respondimos. Comenzamos a bajar sorteando los grandes “tiburones” que la nieve no había cubierto y a la salida de un “bam” (montículo) lo perdimos de vista unos instantes. Manolo y yo frenamos al borde del obstáculo y comprobamos como nuestro capitán se había separado de unos de sus esquís y yacía sentado sobre sus posaderas sin sus inseparables gafas Ray-Ban. Nos colocamos a su altura, le recuperamos el esquí y las gafas que andaban no muy lejos y levantándose con su habitual parsimonia nos dice: “¿Os habéis fijado chicos, qué bellas vistas?”.

“Preciosas”: respondimos al unísono.

Qué buenos recuerdos de esa fase y qué gran capitán nos mandaba.

Como anécdota tengo que decir que me permitieron traer mis esquís propios y no tener que usar los “Sanchesky” de marras.

Creo que con las pésimas condiciones en las que se encontraba la estación por la falta de nieve y exceptuando algún accidente inevitable, todos mis compañeros salieron dominando la cuña y algo más. Me doy por satisfecho.

Buceo

La fase de agua nos tocó hacerla aquel año en el pantano de Barasona y en el de Graus. Otros años, con algo más de suerte, tocaba La Escala (Gerona).

De estas maniobras guardo grandes recuerdos como la visión de mi primer OVNI, después os lo cuento. No es por fardar, pero al igual que llevaba años esquiando y de ahí mi responsabilidad en que mis compañeros aprendieran algo, también era buceador de primera. Pertenencia al CRIS (centro de recuperaciones e investigaciones submarinas) del que mi futuro suegro era Monitor Nacional y reconocido buceador de la Federación Española. Dos años antes, con diecisiete abriles a mis espaldas y recién presentado en familia como novio formal de su hija, tuve que ceder a las presiones y hacer el curso de buceo sí o sí.

También en esta ocasión partía con cierta ventaja respecto a mis compañeros. Desde el primer día obtuve la confianza de los mandos y ayudé en lo que buenamente pude. Tengo que decir que, aunque las maniobras fueron en pantanos, las salidas al pueblo de Graus y sus bares compensaron el agravio comparativo con La Escala. Recuerdo un bar en el que se acabaron los taburetes voladores y alguna que otra trifulca más con los gañanes del pueblo.

Voy, para acabar, con lo del OVNI. Estábamos acampados en el pantano de Barasona, creo que eligieron esa ubicación porque no podía haber más mosquitos. Una noche, después de retreta, nos hicieron formar con el neopreno y meter nuestra ropa de trabajo en bolsas de basura que tendríamos que llevar con nosotros hasta la orilla opuesta del campamento donde nos recogerían los camiones para traernos de vuelta.

Nos hicieron meternos en el agua de a dos en paralelo y nadar de espaldas con la ayuda de las aletas hasta la otra orilla contraria, como antes he dicho.

Los mandos iban en la zódiac como apoyo, por si alguien tenía problemas. No fue hasta la mitad del recorrido, cuando ya llevábamos unos kilómetros a nuestras mojadas espaladas cuando me percaté de unas luces, que corrían por aquel precioso cielo estrellado que nos regalaba el verano, que se comportaban de una manera extraña y errática, describían movimientos imposibles de hacer con cualquier avión o nave de origen humano. Al finalizar la prueba pregunté si alguien más había visto lo que yo y algunos coincidieron conmigo, pero también entiendo que bastante tenían con mantenerse a flote y llegar cuanto antes a la orilla sin tragar más agua de la aconsejable.

Y para no aburriros, aquí va una de supervivencia 

Nos dijeron, con algo de tiempo, que nos fabricáramos un calzado duradero para pasar la fase y para que cazáramos algún gato del cuartel para la prueba de ahumar la carne en el horno Cherokee.

Yo me hice, aprovechando las suelas de unas zapatillas de deporte que era lo único que nos dejaban usar de material convencional, una semibota con material de skay de las que todavía me arrepiento. El skay es sintético y no ventila; podéis imaginar, junto con la lluvia que no paró de caer, cómo acabaron mis pies. Lo interesante fue lo que encontramos por el camino, justo antes de la ubicación exacta donde deberían tener lugar las maniobras. Descubrimos un campamento de terroristas que huyeron con lo puesto, seguramente, al oírnos por las emisoras de radio que usábamos para comunicarnos entre las diferentes patrullas, pensaron que era mala idea quedarse y dejaron todo el campamento montado y las hogueras humeantes. Creo que fue la Guardia Civil, a nuestro aviso, quien desmanteló todo el equipo que dejaron atrás. Eso da una idea de lo que se fraguaba en aquellos tiempos por zonas poco frecuentadas del Prepirineo franco-aragonés.

Al finalizar esta fase, y con unos cuantos kilos de menos, me acuerdo perfectamente de la ración que nos dieron al subirnos a los camiones de vuelta y que consistía en un bocadillo y una naranja. No creo que nadie pudiera acabarse el bocata por la reducción de estómago a la que nos sometimos y las naranjas nos las tiramos a la cabeza en una gran y divertida batalla campal. 

El hambre agudiza el ingenio, pero qué mala es.

Epílogo

Para acabar y como broche final, quiero destacar el tipo de amistad que tengo el orgullo de disfrutar con muchos de los compañeros que vivimos aquellas experiencias extremas de vida y que todavía aún perdura, haciéndose cada día más fuerte, sincera, desinteresada y honesta. No en vano, nos reunimos desde hace unos cuantos años en Valencia para pasar un fin de semana del mes de junio y, con ello, recordar, reír y llorar, juntos otra vez. Este insuperable grupo lo formamos la mayoría de nuestra promoción, algunos de nuestros veteranos y bultos y, este año, contamos con la incorporación de un veterano de nuestros veteranos, el único y sin igual Ángel Vázquez del que me enorgullece ser amigo. La puerta sigue abierta para todo aquel que, habiendo servido en la 52, mandos incluidos (condición indispensable), tenga a bien incorporarse a filas.

¡Viva la COE! ¡Viva España!

P. D. Seguimos emborrachándonos, pero sin el paseo del elefante y sin tirar a nadie por la ventana.

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