Vivencias de un Sargento en la COE 91

Comandante Francisco Javier Casas Ripoll

Antiguo Sargento de la COE 91

Campamento de Padul, un magnífico campo de maniobras

Cuando fui destinado a la COE 91, esta se encontraba de maniobras en el campamento de Padul; así que este fue mi primer contacto con la compañía. Cuando di una vuelta por el campamento, lo que vi me gustó, pues era el mejor teatro de operaciones que se podía tener para esta compañía. Observé que allí se podía hacer todo lo que venía en el programa de instrucción y que, además, contaba con barracones para dormir la tropa, cocina, lavaderos, etc.

Mi estreno fue con los nuevos soldados que llegaron del CIR 6. La primera semana se dedicaba, sobre todo, a realizar recorridos topográficos por binomios, tanto diurnos como nocturnos, para aprender a manejar la brújula y el plano, siempre acompañado de veteranos y cabos. La siguiente semana estaba dedicada al tiro, aprovechando que teníamos un campo bastante amplio de hasta 300 m. Con el fusil, además del tiro habitual, se disparaban granadas contra carros (y también desde una base hecha con tejas). Otra de las facetas que se podían practicar era la escalada, ya que el sargento Oria, que además del curso de OE tenía el de esquí y escalada, se encargó de preparar una pared para el rápel y la trepa, siempre con todos los medios de seguridad que antiguamente existían.

Otras de las prácticas eran el abandono de vehículos y situarse en posición de combate, así como las de explosivos, que abarcaban la forma de colocar un detonador a la mecha, en el cebo y, por último, a la carga. No tuvimos nunca ningún contratiempo, ya que se imponía la seguridad, ante todo. En el campo de maniobra, había una cueva que se llamaba “la cueva del negro”; sitio que nos protegía, algunas veces, de la lluvia. Por encima de ella, se lanzaban las granadas de mano.

No me acuerdo en qué año, creo que fue sobre el 1976, nos dieron la orden de destruir todos los paquetes de trilita desmontada de las minas contra carro. Fueron bastantes, sobre 6000 kg. Las quemábamos en pequeñas cantidades junto con muchas bobinas de mecha rápida de plomo. El problema que tenía esta mecha, menos mal que me dio por probarla y cortarla en trozos pequeños, fue que producía pequeñas detonaciones al arder. Es decir, que, si la hubiéramos mezclado, habríamos tenido serios problemas como nos comunicaron meses después que habían tenido otras COE a las que se les asignó el mismo cometido.

Hace poco, después de tantos años, me di una vuelta por el Padul y me dio pena pues lo que había sido un magnífico campo de maniobras estaba bastante deteriorado.

Captación de reclutas

Como cada reemplazo, para completar el cupo de vacantes en la compañía, un equipo de captación se dirigía al CIR 6 de Viator (Almería). Por suerte, me tocó ir varias veces. El primer día, el funcionamiento era el hacerse ver por el campamento, tener contacto con los reclutas y escuchar todas las preguntas que te hacían. La norma, por lo menos en mi equipo, era decir la verdad en todo momento, pues había bulos sobre si en la COE había más días de permiso, etc. una mentalidad que no iba con la COE, que se debía aclarar.

El segundo día, con el permiso y autorización del mando, visitamos las compañías en el momento en que estaban en teórica. Había comentarios, muchas preguntas y gran interés por saber qué eran las COE. Les explicábamos el quehacer del día a día en la compañía y les comunicábamos que ese día por la tarde, en el comedor de tropa daríamos una charla con más detalles y una proyección de cine con las actividades que se realizaban en la COE por fases y periodos. Luego se les daría a aquellos que les interesara alistarse una ficha para rellenar.

Una vez rellenadas las fichas de los interesados, que sobrepasaban con creces los 200 aspirantes, se les hacia un test y las pruebas físicas para elegir a 30. La consigna que nos daba nuestro capitán eran nivel cultural alto y gente de campo.

La llegada al acuartelamiento era bonita al ver a esos muchacho con la alegría con que entraban para ir a la compañía. Ellos creían que nada más llegar se les daría la boina y era un varapalo para algunos, al ver que no era así. Se tenía que reunir a todos y se les comunicaba que la boina había que ganársela, como ya se les había dicho en el CIR. El primer mes, a pesar de que durante la captación ya se les había advertido, era muy duro. La mayoría murmuraba y rajaba de cómo se les había ocurrido apuntarse; alguno maldecía comentando que por qué no se había cortado la mano en vez de firmar y así comentarios varios.

Una vez trascurridos el primer mes, cuando se les iba a entregar la boina sin ellos saberlo, se les reunía de nuevo y se les decía que aquel que quisiera, podía pedir la baja y marcharse al regimiento. Ninguno daba el paso adelante; es más, si lo tuvieran que firmar de nuevo lo harían. Acto seguido y en presencia de nuestro capitán y el resto de la compañía formada se les entregaba la boina que tenían que llevarla con orgullo, cariño y honradez. Ese día, te sentías muy orgulloso al ver a esos chavales con la cara llena de alegría y emoción. Luego, cuando se licenciaban, ellos mismos me lo recordaban.

Iglús en Sierra Nevada

Durante la fase de nieve en Sierra Nevada para que los lesionados no estuvieran inactivos el capitán me encargó que con ellos construyéramos cuatro iglús. Se trataba de guerrilleros que se encontraban de baja para el esquí por torceduras, porrazos, etc. De este modo, en los mismos, cada noche pernoctarían cuatro guerrilleros en cada uno y así, sucesivamente, hasta pasar toda la compañía. Cada día los lesionados se dedicaban a perfeccionar cada vez más los iglús ya construidos.

La experiencia fue muy buena, ya que muchos creían el no poder hacerlo, unos por el frío, ya que, en Sierra Nevada en Borreguiles, a más de 2000 m, la temperatura era muy baja. Otros decían tener síntoma de claustrofobia, al estar dentro de un habitáculo de tres metros de diámetro por uno cuarenta de alto y la entrada en zigzag, en contra del viento de aquel día.

Luego para dormir se tapaba con un bloque de nieve. Se les explicaba a los guerrilleros que era seguro. Se atravesaba un bastón en la pared contraria al viento o ventisca y, cada media hora, el imaginaria (relevado también cada treinta minutos) lo movía para que no se cerrase. Dentro del iglú, al ser las paredes lisas completamente, no había goteos, en el suelo se ponía la capa de plástico y sobre ella, el saco de dormir. Curiosamente en el saco de dormir se entraba sin ropa alguna, ya que el cuerpo calentaba el saco, cosa que costó bastante de que lo comprendieran los guerrilleros. Lo cierto es que después de aquella experiencia, la mayoría quisieron repetir.

También se hacía refugios de circunstancias en la nieve con esquís contra la ventisca, zanjas en una pared que fuera consistente para meter el saco y dormir una noche, etc.

Una vez me dijo el capitán que venía el Excmo. Sr. Capitán General de la 9ª Región Militar y que si el grupo de rebajados podían construir un iglú, aparte de los que ya estaban, de mayores dimensiones al objeto de que pudiera penetrar en el mismo sin demasiada dificultad la catada autoridad militar. Se le hizo uno de dos metros y medio de alto por cinco de diámetro. Fue muy bien acogido por todos los que lo visitaron.

Como anécdota que sirve para testificar la fortaleza de un iglú, tras pasar una noche a varios grados bajo cero, ocurrió que, en una ocasión, al día siguiente, cuando los guerrilleros se encontraban trabajando en su interior, escucharon un ruido enorme y salieron en estampida. Una máquina quitanieves, acababa de pasar por encima. El maquinista se llevó un susto de muerte, se quedó “helado” el ver tanta gente salir debajo de la maquina.

En fin, guardo un grato recuerdo de los guerrilleros de la COE 91. De hecho, tras licenciarse los diferentes reemplazos he tenido muchos vínculos con mis soldados. Uno de ellos, Juan Torrecillas Navarro, a base de teléfono y esfuerzo, reunió a sus veteranos y a los reclutas de su reemplazo, cerca de 60 guerrilleros, para hacer “coedadas”, que significa que cada año programan una reunión en diferentes provincias, llevando la boina siempre a muy buen término. La vez que tuvieron la reunión en Granada, me invitaron y estuvimos unos 90 (algunas esposas incluidas) dos días recordando aquellos tiempos inolvidables.

Fase acuática en el campamento Benítez

La fase de agua era una de las fases tan importante como cualquiera de las demás. Era una forma de adaptar a los guerrilleros a un medio al que no siempre estaban acostumbrados, pues cada año nos llegaban algunos chavales que nunca habían visto el mar y era impactante el verles el rostro en ese momento.

El primer año en el que estuve, dormíamos en tiendas de campaña en una explanada que había entre el cuartel y la playa. Al sufrir plagas de mosquitos, el capitán habló con el mando del acuartelamiento (Campamento Benítez, Málaga) y nos permitieron alojarnos en la 5ª compañía; cosa que, por lo menos, hizo que pudiéramos descansar mejor.

Dicho esto, en esta fase se pretendía:

-Que todo el mundo supiera mantenerse en el agua y, poco a poco, se acostumbrasen a manejarse con aletas, gafas, tubos para respirar con la cabeza debajo de agua (esto solía costar mucho), intentar hacer inmersiones, ir en columna de a dos con aletas, en marcha de combate, etc.

-Realizar recorridos de combate en los que la distancia a recorrer no se sabía, pero sí el tiempo. Siempre superábamos la hora; se salía a tierra y, después de coger un poquito de calor y descansar, se volvía a hacer otro recorrido mar adentro o bien paralelo a la playa, a unos 150 o 200 metros aproximadamente. Una vez, el capitán Usero nos ordenó al primer grupo (el mío) nadar en columna de combate desde el lugar donde estábamos hasta un embarcadero que había en la playa para ver el tiempo que hacíamos. No me acuerdo del tiempo que tardamos solo que, cuando llegamos, el capitán nos esperaba en la playa y felicitó al grupo cosa que, después del esfuerzo, los chavales lo agradecieron.

-Efectuar inmersiones tras enseñar a los guerrilleros a cómo coger aire. Lo primero era costoso, pues la mayoría creía que se estaban ahogando. Se seguía practicando hasta conseguir inmersiones que no produjeran espuma. Luego, debían mantenerse a flote y que solo se viera la parte de las gafas y la nariz para respirar. Una vez conseguido eso, las inmersiones se efectuaban de cinco a diez metros de profundidad que se indicaba con una cuerda y, en medio, un lazo con una marca. La mayoría, y principalmente los dos primeros grupos, lo conseguían con éxito.

Lo bueno de la preparación física de los guerrilleros es que no se producía ningún accidente en ninguna de las fases; tan solo destacar un incidente que se produjo al hacer inmersiones y tocar tierra. Un chaval tocó un pez araña (que suele estar debajo de la arena). El pez, que tiene tres espinas bastante venenosas, le atacó pinchándole en el gemelo de la pierna y le produjo una inflamación tremenda. Fue tratado en el botiquín del acuartelamiento y después trasladado al hospital de Granada.

Marchas por la Sierra de Cazorla

En marzo de 1973, nos dirigimos a la sierra de Cazorla (Jaén). Pasamos por los pueblos de Beas de Segura, La Puerta de Segura, Orcera y el pueblo de Segura de la Sierra donde instalamos el vivac. Tierra estupenda, parajes inolvidables; aunque, a la vez, un terreno es muy abrupto, el suelo rocoso y cansino para recorridos topográficos, pero nada imposible para los pies de un guerrillero. La anécdota principal de estas prácticas de campo se produjo el primer día cuando los mandos, encabezado por el capitán D. Máximo Fernández Usero, en compañía del alcalde, hicimos un recorrido por el pueblo hasta llegar a lo alto, donde su ubicaba el castillo de Sierra de Segura con unas vistas preciosas. En las mentes de los mandos grabamos todos los paisajes y pueblos que nos serían beneficiosos para los previstos recorridos topográficos a realizar por esos parajes. Tanto nos quisimos asomar para ver la máxima extensión, que una de las veces se desprendió una gran piedra de la muralla que cayó rodando al pueblo y atravesó una casa. Con espanto corrimos hacia la casa donde había caído para ver lo sucedido y, gracias a Dios, no hubo que lamentar ninguna desgracia humana si bien, los inquilinos se llevaron un buen susto. El capitán se dirigió al alcalde y a los dueños de la casa y les comunicó que la COE se haría cargo de los desperfectos, pero el alcalde no lo consistió y dijo que todo lo asumiría el consistorio, hecho que quedó bien grabado en nuestra mente.

El 8 de septiembre del 77, volvimos a la sierra de Cazorla, pero esta vez pusimos el vivac a las afueras de Orcera, a unos 3 km, completamente debajo del pueblo Segura de la Sierra. El sitio era ideal pues albergaba una piscina natural que nos permitía, después de las largas marchas, bañarnos y relajarnos. En esta ocasión era el teniente De la Cruz quien ejercía de jefe accidental de la compañía. Se hicieron recorridos topográficos diferentes a los de la anterior salida al campo. Una de las marchas más dura fue desde el vivac hasta Santiago la Espada, en el límite con la provincia de Murcia, donde se reunía la compañía para comer la ración de previsión. Esta marcha topográfica consistió en pasar por puntos obligatorios donde esperaban los mandos para constatar el nivel de conocimientos del personal sobre la brújula y el plano. La marcha fue satisfactoria y, una vez de vuelta, sobre las 18:00 h un buen baño en la piscina, relajamiento y cena. Hasta el día siguiente, nueva incursión.

Estas marchas y recorridos topográficos por la sierra de Cazorla eran fatigosas pero muy provechosas para la instrucción de los guerrilleros que, además de aprender topografía, ponían a prueba su espíritu de sacrificio y dureza.

Voladura de la presa del Tranco

Con motivo de una anunciada visita del Excmo. Sr. General de la BRIDOT, el capitán de la compañía planteó un ejercicio que consistía en la voladura de la presa del Tranco (Jaén). Previamente, se llevaría a cabo una incursión en helicóptero hasta un lugar próximo a la presa, ya que el general lo estaría viendo desde lo alto de ella.

Estuvimos unos dos días preparando el ejercicio con un equipo de inmersión mínimo (gafas y aletas). El ensayo del salto de helicóptero se simulaba desde lo alta de la presa. Antes de todo, por motivos de seguridad, establecimos contacto con el ingeniero de la presa para saber si existían árboles debajo del agua en la zona de salto, confirmando que no los había. Un día antes de día “D” estuvimos saltando desde el helicóptero sin ningún problema y cogimos una buena experiencia.

Preparamos el armamento y el equipo (subfusil, botes de humo y candelas) envueltos en chalecos salvavidas bien atados para que cuando se efectuara el salto y tuviéramos contacto con el agua, en un descuido no se fueran al fondo, ya que se saltaba desde unos tres metros de altura y en movimiento.

Llegó el día “D”. Mi equipo de cuatro guerrilleros y yo estábamos confiados y con muchas ganas de intervenir; embarcamos en el helicóptero con todo el material; despegamos hacia el punto de salto y, al llegar, saltaron los cuatro guerrilleros. Luego lancé los dos paquetes con el material, para que los recogieran los que ya se encontraban en el agua y, a continuación, salté yo. Me situé en cabeza y en posición de combate nadamos hasta llegar a la presa.

Pegado a ella, por la parte de fuera, se colocaron dos botes de humo y yo, jefe de la patrulla, con dos candelas me sumergí a unos 8 o 10 metros y las coloqué, simulando explosivos. Luego salimos nadando hasta tierra e hicimos una perimétrica. Ahí finalizó el tema.

Fuimos felicitados por nuestro capitán y la patrulla salió orgullosa de una misión bien ejecutada.

Guerrillas en la Sierra de Antequera (1977)

Nos desplazamos hacia la zona de maniobras. La compañía se dividió en cuatro grupos para participar en unas maniobras de guerrillas y contraguerrillas de pequeñas unidades mandadas por la BRIDOT. La zona que designaron a mi grupo fue la del Torcal de Antequera. Buena sierra para incursiones, emboscadas y poder manejarnos a nuestro gusto. La finalidad, para nosotros, era demostrar el nivel alcanzado en este tipo de ejercicios, tanto por los mandos como por la tropa. El vivac se puso entre la maleza y el camión lo escondimos entre los matorrales, ya que eran bastantes altos y lo tapamos con ramaje que se cambiaba cada dos días. Llevamos comida en latas y dos raciones de emergencia.

Por radio, nos ordenaban las incursiones a realizar a las que se debían añadir los objetivos enemigos que descubriéramos por el camino. Nos tocó también la voladura de la vía férrea en los llanos de Antequera. Al estar presentes los mandos de la BRIDOT para observar el golpe de mano desde la Peña de los Enamorados, se marcó que la voladura ficticia tenía que llevarse a cabo a las 7 de la mañana. Nos tiramos cuatro horas de infiltración de madrugada hasta llegar al punto. Tuvimos que esperar 30 minutos a que dieran las 7. Estuvimos reptando cerca de 200 metros, ya que había un pelotón de soldados custodiando la zona; aun así, llegamos a la hora señalada. Se pusieron los dos botes de humo y… a correr como nos habían enseñado para despistar a los contrarios. En aquellas guerrillas, dimos 23 golpes de mano a compañías, enclaves,

destacamentos, etc. Fue provechosa y recuerdo que la patrulla fue felicitada, cosa que me alegró por los chavales que supieron poner en práctica con eficacia los conocimientos adquiridos.

¡Siempre guerrillero!

Un rayo tira a una patrulla por el suelo

En septiembre de 1974, nos trasladamos a la sierra de María, donde se ubican los pueblos de los Vélez (Vélez Blanco, Vélez Rubio y María). Es un terreno abrupto, pedregoso y, en la parte de abajo, con huertas y arboledas. Se hicieron varias marchas topográficas, tiro nocturno, etc. La primera incursión fue hacia el vértice de María.

Para ello, nos dieron a seguir por varias rutas; la mía fue la zona más al sur, con muchas rocas sueltas y con bastante desnivel. Pero para los guerrilleros no había nada imposible. Llegamos a la cima (los últimos); se reunió la compañía y el capitán ordenó el descenso hacia el vivac; todo sin novedad.

Continuaron las marchas con normalidad hasta que en una de ellas, en la zona de los Vélez, nos ocurrió unas de las cosas más raras y sorprendentes que nos pudiéramos imaginar. Nos empezó a llover mientras la patrulla caminaba y, al pasar cerca de Vélez Blanco, de repente, cayó un impresionante rayo a unos 100 m, aproximadamente, con tal potencia que nos vimos toda la patrulla tirada por el suelo como si nos hubiera barrido. No sé el tiempo que transcurrió, si fueron segundos o minutos; pero sí recuerdo que, cuando me pude poner en pie, vi cómo mi gente empezaba a desprenderse de todo lo que tuviera metal: armas, radio, etc. Me costó tiempo recomponer la patrulla ya que se negaron a coger algo de metal después de recibir un calambrazo como ellos decían. Una vez restituida la patrulla, continuamos la marcha y, al terminar la jornada, al llegar al vivac di novedades de lo ocurrido al capitán que no se lo acababa de creer, por lo que los guerrilleros de mi patrulla dieron fe de lo sucedido. Han pasado muchos años y algunos de ellos todavía me lo comentan.

Ejercicios con helicópteros

En febrero de 1977 nos dirigimos con la COE a la sierra de Parapanda (Granada) para colaborar con la Unidad de Helicópteros (UHEL) nº II de Sevilla y algún Chinook agregado. La emoción se veía en las caras de los guerrilleros del último reemplazo ya que los veteranos ya habían experimentado el montarse en helicópteros en un ejercicio anterior.

Las prácticas se repitieron durante varios días; consistían en bajar de un helicóptero en rápel volado a 60 m de altura y saltar a unos metros del suelo con el helicóptero en marcha y estacionado. Fueron situaciones impactantes para ellos, pero satisfactorias ya que ese recuerdo no se les olvidaría. Durante toda su vida ya podían decir: “Yo me he montado en helicóptero y he saltado desde él”. Son situaciones únicas por eso de ser guerrillero.

En mayo del mismo año, pero esta vez en sierra Morena, tuvimos las mismas maniobras con la citada unidad de helicópteros y, dado que los guerrilleros de mi sección ya eran más veteranos, lo disfrutaron aún más.

De los errores se aprende y se paga

El 6 de noviembre de 1976, nos levantamos a diana como siempre. Nos pusimos a desayunar y, a continuación, preparamos el equipo y la ración de previsión para una realizar una marcha larga de reconocimiento topográfico y combate en la zona de Níjar (Almería).

Salimos por grupos sobre la 9:15 h, cada grupo por un itinerario distinto. La finalidad era emboscar en cualquier momento al otro grupo. La marcha era de maniobra, pero siempre con la precaución de no ser sorprendido. Puse a mis dos cabos con brújulas y plano y les di un itinerario a seguir, siempre con dos binomios a derecha e izquierda a vanguardia. Pasada una hora, me llegó uno de los binomios y me informó que había descubierto una especie de mina abandonada. Observamos el plano y, efectivamente, se trataba de una mina de plata. Reuní al grupo y di un descanso. Por suerte teníamos a un guerrillero minero y nos metimos para investigar; efectivamente, estaba abandonada. Pero cual fue nuestra sorpresa al descubrir que, en unos de los habitáculos, a más de 100 m de profundidad, se encontraban dos manojos con 100 cebos eléctricos con retardo de 8 segundos y dos cajas de dinamita. Abrí con cuidado una de las cajas y comprobé que no estaban en condiciones. Las escondimos y me llevé los detonadores en mi mochila.

Salimos de allí y seguimos con el ejercicio. No hubo intervenciones ni emboscadas. Llegamos al destino sobre las 14 h donde se reunieron el resto de patrullas y el teniente jefe de la sección. Le di las novedades ocurridas, comimos y nos pusimos en marcha en formación de sección y paso maniobra. Después de casi dos horas, nos miramos el sargento Barranco y yo (Ripoll) y nos preguntamos si habíamos visto un mismo monolito varias veces y ambos coincidimos en que era la tercera vez que pasábamos por allí. Informamos al teniente y nos comunicó que cómo era posible eso, qué quién llevaba los planos. Le dijimos, que creíamos que era él, mientras que el oficial estaba confiado en que cada jefe de grupo era el responsable del itinerario y que teníamos que seguir lo mismo que cuando se empezó, tanto en la ida como en la vuelta, que era lo ordenado.

A continuación, al tener pocas referencias en el terreno, nos dirigimos a una zona alta y allí trazamos en el plano una alidada para saber el punto dónde nos encontrábamos. Resultó que estábamos bastante alejados del campamento. Era invierno; se hizo de noche; bajo mucho la temperatura. Habiendo oscurecido, subimos a un alto y, a lo lejos, vimos una pequeña luz, que era la mina. Nos dirigimos a ella y, a una hora de bajada, estaba nuestro campamento al que llegamos sobre las cuatro de la madrugada sin agua, cansados y con hambre. Se dio novedades de lo ocurrido y de lo que se había encontrado en la mina dando parte, al día siguiente, a la Guardia Civil.

Que verdad tienen los proverbios: de los errores (en este caso no seguir la orden del mando) se aprende y se paga.

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