Vivencias de un oficial en el GOE I

Teniente Coronel (R) Antonio Rueda Caballero

Alférez y teniente (1980-1986)

Apenas habían transcurridos unos pocos días desde la entrega de los despachos de oficial en la Academia Especial Militar, en julio de 1980, cuando salió publicado en el Boletín Oficial de Defensa mi destino como alférez de infantería al Grupo de Operaciones Especiales.

Así que, después de unos breves días de descanso, el 1 de agosto efectué mi presentación en el GOE, cuya jefatura la ostentaba el comandante D. Evaristo Muñoz Manero y fui destinado a la Unidad de Operaciones Especiales nº 12, al mando del capitán Carlos Suero. Los otros oficiales eran los tenientes Pedro Dávila y Javier Herrero, que me acogieron desde el primer momento como un compañero, estableciéndose entre los tres una auténtica camaradería. El resto de los mandos de la UOE, eran el brigada Blanch y nueve jóvenes sargentos, unos excelentes profesionales.

Las instalaciones de las unidades eran similares. La UOE 12 tenía en la entrada un escudo esculpido en piedra, recuerdo de la villa extremeña de Granadilla, que quedaría abandonada tras la construcción del embalse de Gabriel y Galán. Un zorro disecado daba la bienvenida desde un estante, colgado en la pared del pasillo, donde se encontraba el dormitorio para el sargento de cuartel, una sala de estar para mandos y los aseos. A continuación el dormitorio colectivo para la tropa. En la planta superior, el despacho del capitán, un cuarto para los oficiales, la oficina del brigada, la furrielería y otros almacenes y al fondo una biblioteca-sala de descanso para los guerrilleros.

El capitán me hizo entrega del mando del 3er Equipo Operativo, donde se encontraban encuadrados los sargentos Jul, Peña y De la Llave, al mando de sus respectivos equipos elementales y que, desde el primer momento, fueron para mí unos perfectos colaboradores en las labores de instrucción y adiestramiento de los hombres del EO. Igual que el sargento Castellanos, que tiempo después sustituiría a Jul. De ellos guardo un grato recuerdo por su disciplina, profesionalidad y buen sentido del deber.

Algún tiempo después, el capitán Suero abandonó el GOE por cambio de destino, fue relevado en el mando de la Unidad por el capitán Vicente Gonzalvo. Con el tiempo, también irían dejando la UOE los tenientes, normalmente por ascenso; llegando a coincidir en distintas fechas con los tenientes Donaire, Ruiz de Pascual y Nieto.

Al igual que todas la COE del Ejército de Tierra, el Programa de Instrucción marcaba salidas mensuales de diez días, no obstante, tanto las prácticas acuáticas como las de vida y movimiento en montaña nevada, se realizaban durante veinte días seguidos, uniendo las salidas de dos meses consecutivos.

Aquella misma semana de agosto, la UOE 12 se desplazó a la localidad de Sacedón (Guadalajara), para llevar a cabo las prácticas acuáticas y subacuáticas en el pantano de Entrepeñas. Durante aquellas jornadas tuve ocasión de conocer mejor a los hombres con los que, a partir de entonces, iba a compartir toda clase de vivencias profesionales. De estos adiestramientos, recuerdo el buceo entre las tumbas del antiguo cementerio, cubierto por las aguas del pantano, o los largos recorridos a nado (siempre de espaldas) hasta el Club “Las Anclas”. A partir del año siguiente la fase de agua se realizó, ya todo el grupo reunido, en Moraira, en la costa alicantina.

Para ejecutar las prácticas de escalada, la Unidad se desplazaba normalmente a la sierra de Gredos, estableciéndose el vivac en un campamento compuesto por cabañas de madera, muy cerca del pueblo de Guisando, en la provincia de Ávila.

Desde el campamento subíamos cada mañana hasta la plataforma donde se levanta el monumento al macho montés; aquí dejábamos los camiones y continuábamos la marcha hasta el roquedal en el que realizábamos la instrucción de ascenso en cordada, anclajes, pasamanos, o descensos en rappel.

Una mañana, se organizó una marcha hasta la cumbre del mítico Pico del Moro Almanzor, de casi 2 600 metros de altitud. Iniciamos el recorrido desde Candeleda, donde se dejaron los vehículos. A partir de aquí, subíamos por una pista forestal que pasaba cerca del castro celta de El Raso para continuar por un sendero, a través de algunos neveros, hasta llegar a la cumbre. La escalada hasta la cruz, una vez encordados, la realizábamos el capitán Suero, el sargento Jul y yo mismo.

El día de la Inmaculada Concepción, Patrona de Infantería, los hombres del GOE celebraban la festividad con gran entusiasmo, tomando parte en un apretado programa de actividades. Los miembros de cada unidad se esforzaban en montar casetas, rivalizando en ofrecer los mejores pinchos morunos; también se construían unas carrozas, que ese día desfilaban por las inmediaciones de nuestro acuartelamiento. Culminaban los actos con un desfile a paso ligero de todo el GOE, en la explanada de la base.

Para ejercitarnos en la vida y movimiento en montaña nevada, nos desplazábamos al puerto de Los Cotos durante veinte días. Allí explotaba los recursos mecánicos en las pistas la ya desaparecida compañía TRAMONSA, que nos permitía utilizar los medios de remonte, facilitándonos sobremanera las prácticas del esquí.

El 23 de febrero de 1981, transcurrió como un día más, siguiendo las vicisitudes propias de la vida en la unidad, con la carrera matinal campo a través por el campo de maniobras y la instrucción marcada en el programa. Finalizada la jornada, ya en mi domicilio, me enteré de los acontecimientos que estaban sucediendo en el Congreso de los Diputados. Intenté ponerme en contacto con mi capitán para recibir instrucciones, pero me fue imposible, de modo que pensé en trasladarme al acuartelamiento; sin embargo, recibí la llamada del oficial de servicio, informándome de la orden del jefe del GOE de no salir de casa hasta el día siguiente.

En junio del 81, cumpliendo órdenes de la superioridad, el GOE se traslada al País Vasco para tomar parte en las misiones de impermeabilización de fronteras. Con tal fin, se realiza una operación de contraguerrillas, que se materializó en recorrer la zona encomendada al grupo, mediante batidas en varios sentidos, finalizando con una operación de cerco. A pesar de las duras marchas y de la tensión mantenida durante los primeros días de la operación, pudimos disfrutar de los maravillosos paisajes de la campiña vasca.

En una de las salidas mensuales, en las proximidades de la Villa de Mombeltrán (Toledo), el último día se realizó una pequeña exhibición en las murallas del castillo, ante los vecinos de la villa y después fueron invitados a un refresco y frutos secos en unas mesas improvisadas. Recuerdo la charla con una joven maestra que, desde sus preconcebidas ideas antimilitaristas, estaba asombrada al comprobar que debajo de nuestros uniformes se había encontrado con personas “normales”, como otros ciudadanos cualesquiera.

En febrero de 1982, el GOE, fue designado por parte del Gobierno para proporcionar seguridad a los procesados en la Causa 2/81 por su participación en el Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y cuya fase oral tendría lugar en las instalaciones del Centro Geográfico del Ejército, en la madrileña barriada de Campamento. Durante los más de tres meses que duró el Consejo de Guerra, las tres unidades del grupo fueron alternando, cada diez días, la misión encomendada.

Con cierta frecuencia, el GOE recibía la visita de determinadas autoridades militares, tanto nacionales como extranjeras. Con tal ocasión, se solía preparar una exhibición en el campo de maniobras de Matalasgrajas, donde se mostraba un abanico de las diversas actividades propias del Programa de Instrucción del grupo; con la ayuda del sargento Trujillo, me solía encargar de la preparación de trampas explosivas de circunstancias.

Habitualmente, las unidades del GOE participaban en los diversos ejercicios de guerrillas y contraguerrillas que marcaban el Plan General de Instrucción de la BRIDOT I (Brigada de Defensa Operativa del Territorio), en la cual estaba encuadrado el mismo. Multitud de anécdotas de diversa índole se podrían contar en relación con aquel tipo de maniobras que harían interminable esta reseña y que, probablemente, serían motivo de otra crónica.

A principios de 1983, se recibieron en el GOE nueve vehículos BMR (Blindado Medio de Ruedas), como dotación permanente. Se me encomendó la misión de trasladarme a bordo de los mismos, con mi EO al campo de maniobras de El Palancar para que, durante diez días, realizara toda clase de prácticas y ejercicios, tanto en campo abierto como en población, con el fin de redactar un manual sobre su utilización en las unidades de operaciones especiales.

Este mismo año, se llevaría a cabo la Operación Cabrera-83: un ejercicio táctico de infiltración y supervivencia, consistente en el despliegue del GOE en la isla de Cabrera, mediante el helitransporte de sus unidades. Mi misión fue la de constituir el equipo de señaladores-guía.

En el mes de julio de este año 1983, la UOE 12 se encontraba en las proximidades del pantano de Buendía, en la provincia de Guadalajara, realizando prácticas topográficas con los soldados recientemente incorporados. En uno de los recorridos, dos de ellos se sintieron indispuestos, siendo atendidos por el médico de la Unidad que les diagnosticó “golpe de calor”. El capitán me ordenó que, embarcados en un camión, los trasladara con la máxima urgencia al hospital de Guadalajara, donde quedaron ingresados. Unos días más tarde el soldado Bascuñana fallecería, lo que produjo una enorme consternación en todos los miembros de la Unidad. Para mi disgusto, se me comisionó, acompañado del sargento Peña, para el traslado del cadáver a la ciudad de Barcelona, donde residía la familia. Una triste y desagradable experiencia.

Transcurrido el verano, fui designado para participar en un grupo de trabajo que estudiaba el proyecto del nuevo Reglamento de Uniformidad para el ejército, en el Centro Técnico de Intendencia. Estaba compuesto por oficiales destinados en distintas unidades con uniformidad específica, como operaciones especiales, legión, brigada paracaidista, regulares, etc. además de la guardia civil. Mi modesta aportación fue la propuesta de recuperar como prenda de cabeza el uso del chambergo y la sustitución de las botas de tres hebillas por otras similares solo con cordones.

En junio del año 84, en respuesta a la invitación cursada por el ejército belga, el GOE participó en un ejercicio internacional de Patrullas de Reconocimiento en Profundidad, denominado Pegasus-84. La unidad española, estaba integrada por cuatro patrullas, compuestas por un teniente, un sargento y dos guerrilleros, además de una estación radio; otra estación de retransmisión se establecería en Alemania. Tuve el privilegio de ser designado como uno de los jefes de patrulla. Durante el entrenamiento previo, debimos de memorizar los diversos tipos de vehículos y material del Pacto de Varsovia y ejercitarnos en el empleo del sistema Morse para enviar y recibir mensajes. Fue una interesante experiencia a pesar de las duras pruebas a las que fuimos sometidos. Un detalle curioso, fue la ocasión de obtener el título de paracaidista belga tras los reglamentarios lanzamientos desde globo.

Otra comisión, realmente interesante, fue la realizada acompañado del brigada Asensio, de la UOE 11. Durante la última semana del mes de junio, participamos en unas jornadas de convivencia con el Regimiento de Comandos del Ejército portugués, en las instalaciones de su acuartelamiento en Amadora, cerca de Lisboa; allí tuvimos ocasión de asistir en la tribuna de invitados al acto de la celebración del Día de los Comandos.

Fruto de las buenas relaciones establecidas con el Regimiento de Comandos portugueses, comenzaron a realizarse con carácter anual un ejercicio denominado Comangoe que, supuestamente, “enfrentaba” a ambas unidades y que se desarrollaba alternativamente a un lado u otro de la frontera entre España y Portugal. En uno de estos ejercicios, mi equipo operativo se integró en una compañía portuguesa, que a su vez destacó una de sus secciones en la UOE 12. Este intercambio me supuso una enriquecedora vivencia, permitiéndome conocer mejor a los comandos portugueses y ser testigo de su gran preparación en la lucha de guerrillas, fruto de su experiencia en Angola y Mozambique.

Durante el verano del año 1984, una serie de amenazas por parte de la banda terrorista ETA, detectadas por el Gobierno, aconsejaron al mando incrementar la seguridad de determinadas instalaciones de interés nacional. Como consecuencia de ello, recibí la orden de trasladarme con mi equipo operativo, reforzado con algunos elementos de apoyo, a la Fábrica Nacional de La Marañosa, situada en las proximidades de San Martín de la Vega. La misión que se me encomendó fue la de acampar en los terrenos de la fábrica y realizar toda clase de movimientos tanto diurnos como nocturnos que hiciera especialmente ostensible la presencia militar.

Otro cometido que se me confió, esta vez más lúdico, fue la de recibir al teniente Popineu, perteneciente a una unidad paracaidista del ejército francés. Entre otras actividades en las que participaría, se programaron una serie de visitas a monumentos y museos más importantes de la capital, así como al Valle de los Caídos y al Monasterio del Escorial, en las que le acompañé como improvisado guía, durante la semana de convivencia que permaneció en el GOE.

En distintas ocasiones, fui comisionado para acudir, acompañado de un sargento y varios guerrilleros, a los diferentes Centros de Instrucción de Reclutas de la 1ª R.M. en misión de “captación” de futuros guerrilleros que quisieran servir en el GOE. No es fácil de explicar, cómo aquellos jóvenes que podían esperar a realizar el servicio militar en unidades menos exigentes, acababan solicitando venirse con nosotros, a pesar de haberles expuesto, (o tal vez por eso) las duras condiciones que les aguardaban en las unidades de operaciones especiales; quizás el orgullo de lucir la boina verde les compensaba todo lo demás.

El día anterior a la despedida de mi promoción, de la Bandera de la Academia de Infantería, recuerdo que, en una conversación informal, le comenté a uno de los profesores del curso, el capitán Serafín Mateo: “Mi capitán, estoy convencido de que nos han instruidos como auténticos combatientes; pero ¿nos han formado como oficiales?” El capitán se me quedó mirando, y con su voz ronca, me respondió: “Rueda, esa lección empieza mañana”. Y, efectivamente, durante mi permanencia en el GOE, recibí las mejores lecciones que un oficial puede tomar durante el ejercicio de su profesión.

Muchas y variadas fueron las vivencias a lo largo de aquellos lejanos años, y que he pretendido resumir en estas líneas, como sencillo homenaje a todos los guerrilleros, mandos y tropa que, desde su creación en el año 1979 hasta su disolución en 1996, sirvieron con la mayor dedicación en el GOE I, luciendo con orgullo la BOINA VERDE.

Madrid, a 04 de enero de 2024

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