¿ Una Boina? No, una cuestión de honor

Valentín Río, “Tiningo el Brujo”  

Hermanos, voy a desvelaros una historia que fue un verdadero secreto. Han pasado más de cuarenta años y el delito ha prescrito, pero no su moraleja. Fui médico de la COE 101 y mi sobrenombre “el Brujo”, aunque todos me conocen por mi mote civil: Tiningo, deformación aumentada de Valentín.

Estábamos en la zona oeste de la isla de Mallorca, próximos a la Sierra de Tramontana la COE-101 contra el resto de unidades de Mallorca en unas maniobras de guerra de guerrillas. Todos esperábamos las mismas con verdadera impaciencia. Mi sección había pasado ya a ser «la veterana» y los miembros de la nueva sección aún no se habían ganado su boina, pero sí podían ya vestir la uniformidad común a los guerrilleros: el uniforme verde OTAN con pantalones chéster para las maniobras de diario y el masacrado “mimeta” (pues daban pena cómo los teníamos de remendados, pero qué cariño le teníamos) que vestíamos, a veces, en maniobras especiales y con especial orgullo.

Bien, pues habíamos llegado a la zona en la que se designó para establecer nuestro campamento y procedimos a instalar las tiendas con diligencia. Esa noche, tras una marcha nocturna, hostigamos a los “pistolos” y, próximos al alba, realizamos una de las primeras incursiones estratégicas, tan “salvajes” y temidas a uno de los campamentos “enemigos” y sin apenas encontrar resistencia. En mi caso, recuerdo que nuestro objetivo era un camión que resultó ser “la panadería” y nos regalaron panes para no llevarse ostias como idems.

Lo cierto es que solíamos realizar incursiones silenciosas, limpias, osadas, rápidas; y nos replegábamos con la misma eficacia y eficiencia. Éramos temidos desde antes de sabernos en la zona, pues esa era la fama que nos precedía a todos los miembros de las COE. Así que al primer grito de alarma todos sentían abrirse sus esfínteres. Yo también los perdí en otra ocasión, pero por razones muy diferentes y si puedo y me da tiempo antes de remitir esta memoria lo explicaré en otro relato. Así que dejo claro que todos éramos buenos soldados, pero nosotros siempre teníamos un plus temerario victorioso.

Una operación no se improvisaba y ante un ataque se respondía con memoria muscular y rutinas aprendidas. Y unas maniobras de ese tipo eran lo mejor para poner negro sobre blanco lo aprendido en los senderos de entrenamiento, en la pista americana y en las lecciones abiertas en el campo.

Preparar un ataque conllevaba horas o días de observación con minuciosas anotaciones de rutinas del enemigo, recursos, recuento de fuerzas, valoración de escenario… pero en aquellas batallas imaginarias quemando pólvora de fogueo y jodiendo el sueño a los contrarios con maniobras distractoras, petardos y señuelos había también espacio para la contemplación y el disfrute de la naturaleza.

Recuerdo los cielos estrellados y el viento salvaje en el Galatzo; el placer de saber orientarse buscando la estrella polar bien proyectando la osa Mayor o buscándola con las cinco estrellas que formaban la W de la constelación de Casiopea. Sentir el olor nocturno que producimos al arrastrarnos y frotar el musgo, el lentisco, el romero, la tierra con su petricor los días de lluvia guerrilleros, con los uniformes empapados, pero siempre dispuestos a pasar desapercibidos y lograr nuestros objetivos. Preparando una emboscada cuerpo a tierra en una zona “a cubierto” nos sorprendimos con una procesión de mini cascos por delante de nuestras narices: una familia de tortugas de tierra autóctonas. Guardo todavía “fetiches” de algunas maniobras: un cráneo de gato montés, algunos huesos de un cetáceo encontrado en una cala inaccesible, y alguna máscara de corcho. Noches de larga y atenta espera escuchando el ulular de un ave nocturna, adivinar los movimientos invisibles de pequeños roedores entre la hojarasca, próximos a tu cara, una sensación de vuelo sutil que parece sobrevolarte, como un fantasma, un chillido de angustia, de nuevo batir sordo de alas alejarse y silencio de nuevo y, a unos treinta metros, casi pudiéndoles tocar, acechar a los guardias que, muertos de miedo, se alteran al mínimo ruido, buscan un sitio próximo a donde te encuentras para mear y estás a punto de saltarle al cuello pero sabes que no lo harás porque esa no es la orden. Lo que debemos hacer es observar.

Tras dos noches de “joderles” las mismas a los “pistolos”, nos dieron la tarde libre para pasear por la población más próxima: Puigpunyent.

Como solía suceder, la gente salía de paseo en grupos de dos, de tres y alguno, quizás, en solitario. Y los objetivos solían ser dejarse caer por los bares y regalarse algún capricho, comprar un complemento o un recuerdo. A veces alguno ligaba, pero resultaba complejo llegar a algo más que un coqueteo con tan poco tiempo. El pueblo tendría unos dos mil habitantes y quizás había más, pero la protagonista fue una señora mayor, que no anciana que tenía una pequeña tienda de abarrotes. Para no extenderme mucho, me voy a evitar vergonzosos detalles, pues a buen entendedor…

Yo posiblemente fui uno de los últimos “guerrilleros” que accedió a aquel negocio para comprar cualquier tontería y cuando fui a pagar me encontré a la mujer llorando.

-Págueme lo que quiera, total, ya me han fastidiado los soldados.

¿Cómo que le han fastidiado?

-Sí, venían, me entretenían y se llevaban botellas, conservas y todo lo que podían…nunca había visto tantos rateros juntos.

Nosotros éramos la unidad más próxima al pueblo, así que no podían ser ni artilleros, ni infantes, ni otras tropas que guerrilleros.

¿Señora, habla usted de soldados con una boina verde y con un emblema con un machete y una corona de roble y una gallina junto al mismo?

-Los de la boina verde pagaban lo que se llevaban; los que llevaban gorra no…

Estuvimos hablando un rato y procuré consolarle. Le dije que se arreglaría el entuerto y la compensaríamos por el disgusto.

-¿Y cómo la va a hacer?

Confíe en mí. Le doy mi palabra de honor que vamos a solucionar este problema. Esta noche volveré y le pido, por favor, que me abra la puerta.

La mujer me miró con ojos de desconfianza, pero también con una pequeño brillo de esperanza.

-¿Por qué tengo que abrirle?

Porque tenemos una deuda de honor con usted y vamos a cancelarla. ¡Somos boinas verdes, no simples soldados: recuérdelo!

Marché indignado. No recuerdo, con quién estaba. Quizás con el gallego Barciela, a quien le suturé un párpado o, a lo mejor, con el cabo Marcial Salcedo, siempre discreto y formal, o, quizás, fue con Francisco Arellano, uno de los nuevos conductores, sevillano, divertido y dicharachero al que le jugué una novatada, a él y a toda la sección cuando se incorporaron y que resumo así: me preparé unas falsas hombreras y estrellas de capitán de “cartón” con rotulador fluorescente y rotrings, pero que daban el pego. Mis compañeros calentaron al personal previniéndole de la mala leche del “capitán médico”, que era VB. Cuando llegó el momento, la nueva sección, viéndome ejercer como falso capitán, temblaba. ¡Los veteranos hicimos una buena puesta en escena! Luego, al pasarlo dentro simulábamos una extraña revisión médica haciéndoles flexiones, sentadillas, tomándoles medidas y como colofón les pesábamos los testículos con una cuchara y con la misma les mirábamos la garganta y con un martillo tipo Mayo de obra, simulábamos que les hacíamos el reflejo rotuliano. Ya sabéis, el golpe en el tendón de la rodilla. ¡Sudaban! Todo fue broma, divertida, consentida y bien articulada. Pero lo que sucedió en Puigpuñent no fue una broma.

Al llegar al campamento, no había ningún mando: el capitán, los tenientes, el brigada, los sargentos se habían ido con el coche “privado” de Joan Carles Montaner, “el compras” a hostigar por su cuenta a la tropa enemiga. Supongo que tenían también ganas de juerga y de jugar al gato y al ratón y eso nos facilitó mucho las cosas.

En ausencia de mandos superiores, localizamos al cabo primero al mando del campamento. Me vais a perdonar, pero no recuerdo quién era en aquel momento. Se organizó una mini reunión de veteranos en la que hubo inmediato consenso y se decidió realizar una formación urgente, explicar lo sucedido, amonestar a todo el conjunto y lavar nuestra imagen. Otra vez me convertí en “capitán virtual”, asumí el papel de arengar y abroncar al personal nuevo, pero en este caso hablaba en nombre y con la voz de todos mis compañeros veteranos ante la chusma que nos había manchado.

El discurso fue intenso y breve y se convino que, tras el reparto de las latas y vituallas de la cena (entonces no existían las raciones individuales de combate) todo el mundo, sin excepción, depositase las mismas en la tienda situada más al extremo del campamento y, por lo tanto, más próxima a las letrinas.

Ha pasado mucho tiempo, casi cuarenta años; pero todos los que llevábamos la boina verde asistimos a aquella catarsis colectiva con las mandíbulas y los puños tensos. Si uno solo de los “nuevos” hubiese hecho un chiste, una burla o se hubiese pavoneado de aquella deleznable suma de hurtos hubiese recibido un correctivo o hubiese habido una batalla campal. Pero todos lo tuvimos claro: el verde musgo de nuestra boina se había manchado y teníamos una oportunidad de limpiar aquella vergüenza colectiva.

Uno de nuestros nuevos compañeros, con el apodo guerrillero de “el Sapo”, era natural de aquel pueblo. Conocía los caminos, la población y a las gentes así que sería una buena garantía de que no erraríamos al bajar. Dio un paso al frente para actuar como guía. No recuerdo quién fue el tercero en completar el trío de mosqueteros. ¿El cabo Varela o, quizás, el desaparecido Escolano? Me duele no recordarlo. Era noche de luna, así que resultó sencillo bajar la colina en dirección al pueblo y caminar en la penumbra.

En la última tienda se fueron recogiendo, de forma ordenada, todos los alimentos. Completamos tres mochilas grandes que estibamos con cuidado y entre las cuales se incluyeron y recuperaron algunos productos hurtados. Se cerró un pacto de silencio que ahora estoy rompiendo.

Todo el mundo se recogió. Al día siguiente daríamos el golpe final y todo el mundo debía descansar. Los tres que salimos “sin armas”, las dejamos bajo custodia con nuestros respectivos binomios pues consideramos que podía ser violento vernos aparecer de esa guisa, armados de noche y sin que ninguna autoridad nos hubiese autorizado. Pactamos con los imaginarias nuestra ruta de retorno: “Volveremos por la zona de letrinas”.

Unos minutos más tarde, quizás unos veinte o treinta, estábamos ante la persiana del negocio saqueado. Dimos tres golpes y salió la mujer y su marido. Se asustaron al ver nuestro inquietante aspecto: la braga en la cabeza, la cara y las manos tintadas y cargados con tres enormes mochilas.

Prometimos saldar nuestra deuda y aquí estamos. Desconocemos el valor de lo que se le ha sustraído, pero esperamos amortizar en parte sus pérdidas, por lo menos con nuestra voluntad. No son los mismos productos que le fueron rapiñados, aunque alguno quizás lo hemos podido recuperar.

Salieron unas sesenta latas de conservas, más otras tantas viandas, frutas y demás.

Es lo que hemos podido reunir, señora. Ya le dije, somos boinas verdes, gentes de honor. No somos rateros y si alguno se nos ha colado, tenga por seguro que haremos lo posible para que no luzca nuestros emblemas.

El hombre, con gesto grave, hizo un gesto de anuencia a su mujer y la mujer nos lo agradeció con un abrazo y los ojos anegados en lágrimas. Miró al “Sapo”. Todos le conocían, así que no solo quedábamos bien delante de aquella tendera y su marido, sino delante de todo el pueblo.

-Moltes gràcies! Lo más bonito no es que lo compenséis; sino el gesto que habéis tenido.

Tras una breve conversación, salimos con la sensación de haber lavado nuestro prestigio y henchidos de orgullo guerrillero.

¿Volvemos?

El “Sapo” propuso algo más interesante:

-¡Hombre, ya que estamos aquí, vamos a tomar unas copas y os presento a mis amigos del pueblo! ¿Total?

Nos miramos y convinimos que, de perdidos al río. Teníamos aún un pequeño margen y, teóricamente, en la retreta nos habían “pasado por alto”.

Así que nos adentramos en el pueblo y en una cantina fuimos “literalmente” agasajados como héroes, no por lo que habíamos hecho, lavar el honor mancillado; sino por la fama que nos precedía: los boinas verdes éramos admirados allá por donde pisábamos y fue muy gratificante vivir aquel subidón de autoestima delegada.

Yo no era mando; nunca quise ejercerlo, pero lo cierto es que ejercía un natural liderazgo. Quizás por la edad o quizás por la autoridad ganada por el estudio.

-¡Es la hora, debemos volver!

El último día de mi estancia en la COE le confesé a mi capitán, Blanco Pasamontes, el incidente. Ese día de despedida  todos lloraban de emoción en la cantina, todo eran abrazos e intercambio de deseos y de voluntades de volver a verse. Yo me puse la misma camiseta color naranja y el mismo espantoso pantalón tejano de la época de los 80 y observé a todos desde el umbral de la puerta.

El capitán se me acercó:

-¿Tú no lloras, médico?

¡No, mi capitán!

-¿Por qué?

Entré aquí “de rebote”; y me encantó, Me gané la boina verde, como todos mis compañeros y, ahora, al recibir la blanca empiezo a vivir “de verdad” mi vida.

-Has entendido y te has hecho al carácter guerrillero.

No tengo ninguna duda, mi capitán, y se lo agradezco a usted y a todos mis mandos y compañeros. Y le aseguro una cosa; sepa que no lloro porque hoy no dejo de ser un guerrillero. Me voy emocionado, sí, porque siempre, siempre, siempre seré un boina verde. Y fue entonces, con una cerveza en la mano cuando le confesé a mi capitán el secreto de aquella noche extraña en Puigpuñent que acabo de compartir con todos vosotros.

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