Un Teniente en la COE 101

Coronel Jesús de Miguel Sebastián

Antiguo teniente de la COE 101

“Ni el mar con su grandeza ni el bosque con su misterio y belleza empequeñecerán el alma del guerrillero”. El comienzo del artículo con esta frase no es baladí, si bien es algo que se acuñó en el GOE III en sus inicios en Alcoy, bien vale para hacer notar un hecho que influyó poderosamente en el devenir de los que tuvimos el honor de formar en las filas de la COE101, no en vano la Isla de Mallorca combina en su pequeña superficie la inmensidad del mar y la hermosura de sus bosques mediterráneos.

Aunque fueron apenas dos los años que permanecí en esta magnífica unidad del Ejército, desde julio de 1979, tras recibir el despacho de teniente, hasta que se produzco mi ascenso a capitán en el mismo mes de 1982, lo que sí fueron unos años intensos e inolvidables. En este breve articulo voy a tratar de recordar a los cuadros de mando de la COE, un ejemplo de abnegación y profesionalidad, a rememorar la admiración que me causaron nuestros soldados de remplazo y, por último, algunas de nuestras actividades de adiestramiento.

A referirme a los mandos de la COE no puedo por menos que mencionar en primer lugar a nuestro capitán -el capitán Montojo-, un ejemplo de liderazgo, siempre arrastrando a sus hombres con el ejemplo y no empujándolos con órdenes carentes de sentido, un modelo de oficial que bien se adaptaría al que Jorge Vigón describe en su obra “Estampa de Capitanes y el Espíritu Militar Español”. Él me recibió en su despacho y me dio algunos consejos que he procurado seguir durante mis 35 años de servicio, 25 de los cuales los pasé en unidades de operaciones especiales. Fueron sus primeras palabras sobre el ejemplo, el sacrificio, la entrega, el respeto y la lealtad debida a los subordinados, y muchas otras condiciones que deben adornar a quien tiene responsabilidades de mando, y de una manera muy especial en unas unidades en las que el nivel de exigencia es máximo.

Días después me di cuenta de las sabias palabras de mi capitán, cuando fui conociendo a los suboficiales que formaban en la compañía. En aquel momento la unidad llevaba más de un año sin ningún teniente y eran ellos los responsables de las dos secciones de la compañía, el sargento 1º Gallego y el sargento Valera, de los que aprendí muchísimas cosas, entre ellas a formar un equipo en el que todos, hasta el más sencillo, tiene un valor irrenunciable. A mí me correspondió relevar en el mando al segundo de ellos, quien inmediatamente se convirtió en mi primer colaborador y un gran maestro, técnicamente un gran “guerrillero”, como decíamos entonces, ahora dirían un “special operator”, y como conductor de hombres, una persona con unas innatas dotes de liderazgo. No puedo dejar de olvidar a nuestro brigada Gutiérrez, quien llevaba más de una década en operaciones especiales, como ha sido una constante entre los suboficiales de nuestras COE y GOE.

Doy paso ahora a la tropa, a los guerrilleros. Podría decir que la primera impresión que esos “rudos soldados” producían en un neófito teniente, como era mi caso, era poner en duda sobre mi capacidad de dirigir a unos hombres cuyo aspecto era recio y severo, y que eran conscientes de su nivel de preparación. Era necesario tragar saliva y no mostrar debilidades, me dije a mí mismo, haciendo buena la conocida máxima guerrillera de “(…) los hechos hablen por ti”. En aquel momento tenía un serio hándicap, derivado del hecho de que todavía no había realizado el Curso de Operaciones Especiales y, por ende, desconocía técnicas propias de operaciones especiales y no contaba con la experiencia requerida. En estas condiciones, el sargento Varela demostró su categoría y se ganó mi incondicional respeto y afecto, pues en la sombra hizo posible que mi acción de mando fuera lo más acertada posible hasta que en septiembre de ese año fuera a la Escuela para realizar el Curso. En esos dos meses pude atisbar lo que luego comprobaría día a día durante los años que permanecí al mando de la segunda sección de la COE 101, y no era otra cosa que teníamos uno soldados que sin ningún incentivo material decidían cumplir su Servicio Militar en las filas de una COE, y que además lo hacían con la entrega y eficacia de un profesional. ¡Qué descubrimiento! Su espíritu de servicio rebasaba todo lo que yo habría podido imaginar durante mi formación en la Academia General Militar.

Indudablemente dirigir una unidad con estos “mimbres” es un privilegio, pero también supone una mayor responsabilidad si cabe, pero, sobre todo representa un nivel de exigencia enorme, pues hay que ser siempre el primero y hay que velar por su seguridad en todo momento. Algo que aprendí en mi COE es que hay que ser exigente en el mando, pero “graciable en lo que pueda”, pues no olvidemos que el que asume todo tipo de riesgos necesita una “tabla de salvación”, y ese salvavidas tienen que ser sus mandos. En consecuencia, en ese año entendí el verdadero sentido de la acción de mando que estudiábamos en la Academia y que se ejemplariza en el Artículo 5 del Cabo en las Reales Ordenanzas de Carlos III: “(…) será firme en el mando, graciable en lo que pueda (…)”.

Empezaba el artículo con una frase que hacía alusión a la naturaleza que rodea al “guerrillero”, no en vano la esencia del guerrillero está en la naturaleza en la que tiene que saber vivir y combatir. Y en esto las Islas Baleares, y en particular la Isla de Mallorca tiene unas condiciones que no imaginaba, una sierra de bosque mediterráneo de sorprendente dureza y un litoral, más allá de su belleza, con unas extraordinarias condiciones para el adiestramiento en el medio acuático. Así durante un mínimo de 120 días al año la presencia de la COE 101 en las montañas, bosques y costas del Archipiélago era constante, y su belleza y dureza no solo no empequeñecían nuestras almas, sino que nos hacían más fuertes y comprometidos.

Abordemos ahora las actividades que realizábamos. Para un teniente, como era mi caso, el día comenzaba poniéndome al frente de mi sección y comenzar con nuestro adiestramiento físico, táctico y técnico, el cual lejos de convertirse en rutina, siempre ofrecía alicientes y retos a conseguir. Recuerdo con nostalgia, cuando al frente de mi sección regresaba al acuartelamiento del Regimiento Palma 47, donde estaba ubicada nuestra COE, y lo orgulloso que me sentía cuando a paso ligero entrábamos en él cantando nuestras canciones guerrilleras y demostrando que nuestra fuerza no estaba en lo físico, sino que ésta residía en nuestro espíritu y compromiso.

Mi sección se nutría del llamamiento que realizaba el Juramento a la Bandera en el CIR en el mes de agosto, por lo que puede decir que nuestro “curso” comenzaba en septiembre. Este mes era especialmente duro para los nuevos guerrilleros, en la medida que durante él se realizaba el adiestramiento básico y para ello durante veinte días de manera ininterrumpida en sesiones diurnas y nocturnas, muchas veces sin transición, formábamos a nuestros nuevos guerrilleros, finalizando con lo que se denominaba “la prueba de la boina”, un ejercicio intensivo de entre sesenta y setenta horas continuadas que culminaba con entrega de la ansiada “boina  verde”. Algo que, como he dicho siempre, un día nos ponemos temporalmente en la cabeza, pero que siempre llevamos en el corazón.

En el mes de octubre nos ponía, a la COE, a prueba, al desarrollarse el ejercicio anual de guerrillas y contraguerrillas en el que la COE era el “enemigo” de las unidades que conformaban la Jefatura de Tropas de Mallorca. Se trataba, sin duda, de una excelente ocasión para poner de manifiesto la iniciativa y preparación de los guerrilleros, y en los que se producían no pocos incidentes entre nosotros y los que “cariñosamente” llamábamos “pistolos”, quienes desde el primer momento “ponían precio” a la cabeza de los principales mandos de la COE. A final todo se saldaba con un juicio crítico y todos nos sentíamos vencedores este duelo anual.

Noviembre era el mes de la supervivencia, y para ello se traslada toda la COE a la Isla de Cabrera, en la que en una de sus remotas calas concentrábamos a nuestros guerrilleros, mientras que los mandos y tropa que ya la había pasado en años anteriores, establecíamos un vivac cerrando la única salida de la Cala de la Olla. En esos años Cabrera era un territorio que administraba la Capitanía General y en el que mantenía un destacamento permanente. También vivían algunos civiles autorizados como el panadero, el farero y, junto a ellos un pescador -Juan el payés- La comunicación con la Isla de Mallorca era por medio de un barco semanal, lo que suponía un cierto riesgo en el caso que fuera preciso evacuar a alguien. Un año, nos avisaron de que a un cabo de la compañía se le estaba muriendo su padre (si mal no recuerdo en Jaén). Había que sacarlo de manera inmediata, Juan no dudo ni un minuto en salir con su barca (un pequeño yaut) con unas condiciones de mar que hacían temer a cualquiera. Siempre recordaré ese gesto de abnegación y el que mucho menos lo olvidó es ese cabo de la COE que durante años lo recordó.

Otra de las actividades que año a año se repetían era la travesía de la Sierra de Tramontana desde Formentor hasta Andratx, diez días de marcha con jornadas superiores a las ocho horas que nos permitía conocer una de las zonas más impresionantes de Mallorca en no pocas ocasiones en unas condiciones climatológicas muy duras.

Algo que sorprendía a quien no conoce la Isla es lo duro que puede llegar a ser el invierno. A algunos les costará creer que en la falda del pico del Masanella, de unos 1200 metros de altitud, se puede construir iglús, pero realmente dormimos en estas construcciones de hielo. Esta práctica de vida y movimiento en montaña, además del innegable esfuerzo físico, tenía el valor de facilitar una mayor convivencia que, al fin y a la postre generaba el necesario sentido de pertenencia.

Como tengo el compromiso de atenerme a una extensión del texto iré finalizando, haciendo referencia a otra de nuestros ejercicios anuales, la “fase de agua”. Unas prácticas de técnicas de vida y combate en el mar, eso sí con muy escasos medios, y que algunos privilegiados podíamos llegar al uso de equipos de buceo autónomo, pero que para la gran mayoría se limitaba a la natación con aletas y boga en embarcaciones neumáticas.      

Esta actividad se desarrollaba en Cabo Pinar en las instalaciones de una batería de costa en la Bahía de Formentor. Para muchos esto era algo inimaginable cuando apenas sabían nadar, pero su extraordinaria voluntad y determinación les hacía superar todos los retos, incluida la travesía de la Bahía, ocho kilómetros de punta a punta que todos y cada uno de los guerrilleros de la COE 101 superaba.

Y en ese lugar se produjo mi despedida de la COE. Recuerdo una mañana, en la que al regreso de las prácticas diarias me llamó el capitán de la compañía, entonces ya el capitán Blanco, para comunicarme mi ascenso a capitán. Por cierto, otro ejemplo de estampa de capitanes, quien tres meses antes se había hecho cargo de la compañía, y con quien años después estamos compartiendo otra interesante aventura. Pensando que ese era mi final en la COE, le pedí que no me lo comunicara hasta que regresáramos al acuartelamiento, a lo cual accedió como corresponde al excelente soldado y mejor persona que es. La última noche de esas prácticas, en julio de 1982, hicimos el tradicional fuego de campamento, y todavía se me pone la piel de gallina cuando la compañía se puso a cantar “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”.

Recuerdo, como si fuera hoy, la enorme tristeza que me suponía pensar que allí se acababa mi vida en las unidades de operaciones especiales. En aquel momento no me imaginaba que solo dos años después sería destinado al GOE III y en él pude mandar las COE 32 y 31, con un breve intervalo de un año como jefe de la Plana Mayor de Mando del Grupo, y que luego, tras finalizar el Curso de Estado Mayor, volvería de comandante a este mismo GOE, y que más tarde, en el año 2000, ya como teniente coronel, sería el primer Jefe de Estado Mayor del MOE a las órdenes del General Pedro Andreu, quien impulsó una profunda transformación de las “unidades de guerrilleros” hacia unas operaciones especiales interoperables con las más avanzadas de la OTAN.

Desde la perspectiva que dan los años, quiero terminar resaltando que más allá de los avances técnicos y de los procedimientos, queda la esencia de lo que fueron esas “viejas coes, esos viejos guerrilleros”, quienes rendían culto a la austeridad, al sacrificio y a la dureza. Imborrables años de mi querida COE 101 y de todos aquellos que juntos servimos en sus filas.

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