Relatos de Guerrilleros de la COE 91

La revista Boina Verde agradece al comandante Francisco Javier Casas Ripoll, antiguo sargento de la COE 91, el que haya tomado contacto con algunos antiguos guerrilleros de su época animándoles a que contaran sus vivencias.

Un cabo de explosivos

José Paz. Antiguo cabo de la COE 91 (76/1º)

A los de nuestra “quinta”, nos supuso casi año y medio de nuestras vidas hacer la “mili” … Me refiero a los años 1976/77. Me apunté a la COE 91 de Granada porque estaba a más de 1000 km de mi casa y ofrecían diez días de permiso cada dos meses. Me aseguré de concretar ese punto con el soldado que me entregó los folios para hacer las pruebas de admisión, – recelaba de los que llevaban de galones para arriba- y le advertí que tuviera cuidado de sus partes, si aquel punto no se cumplía y nos estaban embaucando. Me admitieron y nos hicimos buenos camaradas, porque ¡el ejército cumplió! Y, además, nos añadieron el permiso de Jura de Bandera, porque había fallecido el general Franco, cuatro meses antes.

¡No sé qué vieron en mí… que me nombraron cabo! Porque yo, la verdad, rambo no era; para eso ya había un “mi primero”, que era mejor que él…pero rubio y andaluz (y no doy más pistas). Y, “pá más inri”, me adjudican el control de explosivos y transmisiones. Del tema de dar novedades, en formación, del “batido a cero” de los aparatos, mejor lo pasamos por alto. Del apartado de explosivos, para mí supuso una experiencia fundamental, de responsabilidad y formación personal porque, sin haberlo pensado, me sirvió al incorporarme a la vida civil, para labrarme el futuro laboral.

Puedo afirmar que, para todo guerrillero, fue una formación impactante el familiarizarse con el mundo de los explosivos. Nos entrenaban para controlar las reacciones ante explosiones; mantener la serenidad ante contratiempos; a la hora de introducir la mecha lenta en un detonador; apretarlo con la tenacilla y, con el “escariador”,

hacer el orificio para introducirlo en un petardo cebo, una carga o adosarlo al cordón detonante. Esa carga de adrenalina, que no podríamos explicar, cuando había que arrimar el “chisquero” o poner la cabeza de una cerilla en el ánima de pólvora de la mecha lenta para iniciar el tren de fuego aplicando el lateral rayado del tapón de aquel pequeño cilindro negro de los multiplicadores de granadas -aún hoy en día conservo uno como recuerdo-. Esto solo lo pueden experimentar muy pocas personas. Nosotros hemos sido algunos de esos afortunados.

Y, para finalizar, quiero comentar que otra función como cabo de explosivos -la labor más “acongojante”- era la de tener que hacer explosionar las granadas de mano o de mortero que habían fallado cuando se realizaban prácticas en el polígono de tiro. ¡Ay, ay, ay! Ahí descubrí yo que el lugar que habían dejado las amígdalas que me extirparon de pequeño ¡eran ocupadas por las gónadas! Una a una, a esas “piñas negras” o cosas similares había que adosarles un petardo cero / doble cero o, directamente, un detonador con 50 cm de mecha lenta y… ¡a cooorreeeerrr! ¡Si Dios existe, estuvo allí… en el Padul! Y mi sargento Paco (para los amigos) y “er menda”, ¿nos hemos ganado el cielo, ..u lo que sea!-

Inconcreta

José Paz (Paziílo). Antíguo cabo de la COE 91 (76/1º)

Silencio: ¿oración? Tumbado y esperando:

¿que pase el tiempo, que surja algo?

Noche, quietud: ¿oración? Lona, saco y fusil.

Caminos en la sierra, calor, sudor y cansancio. Sino de esta existencia. Cerillas, tabaco y vino.

¿Alcohol que ahoga penas o da fuerza a la esperanza?

Lo imborrable de estas horas: compañeros y mili, ¡personas! Níjar, 10 noviembre 1976.

COEDADA

Juan Torrecillas. Antiguo guerrillero de la COE 91 (76/77)

Hola, compañeros. Me han pedido que envíe un escrito sobre mi periodo en la COE para la revista Boina Verde, una etapa que, aunque corta, consiguió impregnarme de camaradería y una gran amistad que, con el paso de los años, he valorado más. Me vais a permitir que, en lugar de anécdotas o situaciones vividas en ese periodo, os hable de la COEDADA.

Pues bien, os cuento. Estando en la COE, no sabría deciros por qué, pero fui anotando datos de mis compañeros, tanto de mis “padres, los veteranos, como de mis hermanos del mismo reemplazo”: un teléfono de la casa de los padres, del trabajo, una dirección, una población, un apellido… En ese momento no era consciente de lo importante que sería ya que, cuando cumplí los 58 años, decidí intentar saber qué era de aquellos guerris que con 20 años creamos un lazo invisible que nos uniría pasase el tiempo que pasase.

Era consciente de la dificultad que tendría, después de 40 años, localizar a estos guerris, la mayoría casados, con cambios de domicilio y de trabajo. Con todos los datos que guardé (decir que, con 4 o 5, sí que seguía manteniendo contacto), empecé a mirar las redes sociales, las páginas blancas (mirando todas las provincias); llamando a los teléfonos que tenía que o ya no pertenecía a nadie o, si era el del trabajo, ya no trabajaba allí; pero les pedía me dijeran sí sabían dónde habían ido.

También recurrí a Facebook donde, si detectaba por el nombre que quizás podía tratarse del compañero a quien buscaba, y llevaba tiempo sin usarlo, le escribía a alguno de los amigos que tenía en la red. Si era de una población pequeña, llamaba a algún comercio/tienda y algún dato me daban, por lo que podía seguir tirando del hilo. Intenté utilizar todos los medios que se me ocurrían, llamé incluso a ayuntamientos, comisarias (algunos al salir de la COE, se metieron a policías).

Mi sorpresa fue que cuando conseguía encontrar a algún guerri se alegraba tanto o más que yo. Siempre hay excepciones ya que después de 40 años, las personas cambiamos y algunos no le dan valor a lo vivido en tiempos remotos.

Tras unos dos años buscando, tenemos un grupo de WhatsApp con 37 miembros, y otros 10 que, por un motivo u otro, no han querido estar en el grupo, aunque les informo de todo lo que les pueda interesar.

Después de la gran alegría que produjo el volver a saber de los compañeros, se decidió hacer cada año una COEDADA a la que solemos asistir entre 20-25 guerris con nuestras mujeres, pero sobre todo con nuestras boinas.

Pasamos un fin de semana en el que lo que más destacaría es la alegría de volver a recordar nuestras vivencias. Bueno, ahora también hablamos de los nietos que tenemos.

Para acabar, os digo que cuando se quiere y se busca se encuentra y más, si te une una boina verde.

Maniobras en Cabo de Gata

Rosendo Cabrerizo. Antiguo guerrillero COE 91 (76/77)

En el campamento que instalamos en Huebro (Almería) durante unas maniobras en Cabo de Gata reflexioné sobre mi etapa en la COE. Hacer el servicio militar fue bonito, más aún el pertenecer a la COE. Un plus de orgullo que te acompaña toda la vida. Es una etapa apasionante, aunque aquellos días se hicieran largos, pero con el tiempo, si echas la vista atrás, te das cuenta que solo fue un suspiro en el tiempo; eso sí, lleno de emociones de toda clase, a cuál más inolvidables. “Dejemos el entierro de la sardina aparte”.

La lluvia, el sol, el agua, el viento, la nieve, la noche, las estrellas, el calor de tu binomio fueron inseparables en el día a día para ir superando las etapas que tus mandos te marcaban. El llegar todos los días a la meta con el deber cumplido te iban forjando el cuerpo, la mente, la ilusión de ver tu superación personal. Era bonito lucir el uniforme, el pañuelo, la boina verde, el machete en el cinto y tu inseparable mochila de combate; prendas que te distinguían con orgullo de cualquier otro soldado. Sabías qué tú eras especial.

Pero había otros uniformes que no brillaban tanto, el de los cocineros. Estaban llenos de grasas, aceites, humos y algún que otro sofrito pegado. Pero su cometido no era menos satisfactorio como el realizar bien el trabajo diario de una marcha o cualquier otra actividad guerrillera ordenada por los mandos. Cuando veías llegar a la compañía, sección, pelotón, etc. a paso ligero, cantando, las miradas pérdidas en el frente y sus rostros expresando muecas de cansancio; pero orgullosos de saber que el esfuerzo había valido la pena. Y si bien los que se habían quedado preparando la comida no habían disfrutado de esa aventura junto a ellos, la misión a cumplir estaba también realizada y pronto sería devorada por aquellos guerrilleros sedientos y hambrientos. Esa sería su recompensa. Verlos reponer fuerzas, ver que la compañía estaba de nuevo preparada. Con las fuerzas cargadas y asomando el alba, les esperaba otra odisea.

Un fuerte abrazo a la familia guerrillera y en especial a la COE 91.

Cocinero de la COE 91

Juan José Cid. Antiguo guerrillero COE 91 (1977- 78)

He recibido una grata llamada del que fue mi sargento en la COE 91 Francisco Casas Ripoll.

¡¡Qué grandeza de hombre como militar, como compañero y persona!! Solo tengo muy buenos recuerdos de él. Me pregunta si quiero escribir algún artículo en la revista de los boinas verdes, lo que me ha hecho mucha ilusión ya que tenía ganas de hablar de mi experiencia en la COE desde el punto de vista de los cocineros, que también tenemos mucho que contar.

En el cuartel éramos todos iguales a la hora de currar: marchas, desfiles, correr, mucho ejercicio físico. A la hora de ir al comedor, a los de la COE siempre se nos daba de comer después de los pistolos. Recuerdo esas entradas al comedor recogiendo mendrugos sobrantes de pan y todo lo que pilláramos por las mesas pues, para la comida, éramos como lobos, por lo menos yo. Éramos jóvenes y lo necesitaba el cuerpo, ¡ja, ja!

Recuerdo cuando íbamos de maniobras al campamento del Padul (Ganada) cargados de trastos, pucheros, herramientas de cocina y, sobre todo, la comida en especie. Los de cocina nos librábamos de alguna marcha; pero, por lo demás, teníamos que hacer lo que el resto de los guerrilleros: las marchas nocturnas, rapelar, guardias en polvorín, etc. Y no sé cómo lo hacíamos, pero a la hora del papeo todo estaba listo.

Un día llevó el brigada Chinchilla 12 gallinas para prepararlas en pepitoria. Yo no sabía cómo matarlas, así que decidí cortarles la cabeza y lo curioso es que salían corriendo sin cabeza. Que carreras hasta que las pillábamos. Otro día preparé unos conejos para los mandos. Esto fue en Orcera (Jaén). Y los dejé guisados para la cena en la cocina que habíamos habilitado en una casa vieja y, ¡sorpresa!, cuando fui a por la cena solo había huesos y es que había habido una incursión guerrillera. Nos tocó comprar al día siguiente otros conejos y repetir la operación. Lo único que esta vez le pillamos y lo curioso fue la excusa que puso el artista: ¡¡Que tenía hambre y pensaba que era pollo!! La que se armo fue buena. Y, a la tercera, por fin, tras una férrea vigilancia guerrillera, pudieron dar cuenta de aquel manjar, conejo al ajillo con salsa con reducción de vino blanco.

En la fase de nieve, el tema de la comida era fácil para los cocineros pues nos la daban ya preparada en el cuartel y nosotros solo teníamos que repartirla en unos comedores en Sierra Nevada.

Mi fase de agua fue espectacular en Torremolinos. Allí nos libramos del guisoteo. Nos la daban en un bufé libre. ¡Qué maravilla! El cuartel se llamaba Campamento Benítez.

En fin, tantos recuerdos buenos se me vienen a la cabeza que habrá que irlos contando en más capítulos. Un abrazo a todos.

!!Guerrilleros boinas verdes!!

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