Recuerdos de un Teniente de la COE 81

Coronel Arcadio Grandal García  

Antiguo Teniente de la COE 81

Antes de nada, quiero expresar mi gratitud a todos aquellos que, con su esfuerzo y tesón, continúan manteniendo vivo el espíritu de las Unidades de Operaciones Especiales y que han hecho que busque en mi memoria y viejos documentos material para escribir este pequeño artículo en el que he tratado de plasmar los recuerdos que han quedado de mi paso por la COE 81. Trataré de expresarlo desde el punto de vista más objetivo posible sin dejarme llevar por la añoranza o la morriña propias de un viejo soldado y de esas mágicas tierras.

Los hombres

La clase de tropa, procedentes en su mayoría de Galicia, aunque también de otras regiones de España, eran soldados buenos y duros. Habían sido seleccionados durante las campañas de captación en los Centros de Instrucción y Reclutamiento pertenecientes a la Capitanía General de La Coruña. El número de voluntarios siempre superaba las plazas disponibles y sabían que se alistaban en una unidad donde se trabajaba y mucho, aunque es normal que sufrieran la dureza en el día a día de la COE, todos manifestaban que se sentían orgullosos de las experiencias vividas y compartidas, de las amistades logradas y de los conocimientos adquiridos.

Quiero también destacar a la población gallega en general y, aunque durante nuestras salidas tratábamos de pasar desapercibidos, aun así, era frecuente que si se enteraban de que estábamos en la zona vinieran al campamento a ofrecerse por si necesitábamos cualquier cosa. También nosotros en algunas ocasiones dedicábamos el domingo a hacer las delicias de los pequeños y no tan pequeños de las localidades cercanas, montando pasos semipermanentes y otras actividades, así como algún partido amistoso entre la compañía y los locales.

Un ambiente especial

Orense y, en general, la tierra gallega es especial, de tal forma que tanto en nuestra vida diaria como en los ejercicios casi siempre nos acompañaba “el general lluvia” que te calaba desde primera hora de la mañana y que no te abandonaba hasta la noche. Y qué decir de la niebla, siempre presente y que te metía la humedad hasta el tuétano de los huesos. Pero, aun así, soportábamos la lluvia y la niebla considerándolas nuestras aliadas en la lucha frente a nuestros oponentes de la contraguerrilla, seguro que ellos lo pasaban peor o, al menos, eso pensábamos.

“O toxo” esto es el tojal, característico del monte gallego, pobre del que callera en uno de ellos, el equipo acababa hecho trizas y, por descontado, el individuo lacerado. Nuevamente convertíamos el tojo en nuestro aliado, ya que construíamos refugios en su interior que constituían nuestros santuarios en los que poder estar seguros, nadie en su sano juicio se atrevía a entrar en ellos.

Tras lo narrado, es evidente que, en poco tiempo, mucho antes que nuestros trajes de agua llegaran al fin de su vida útil ya estaban hechos jirones. Afortunadamente, el capitán de la compañía, de cuando en cuando hacia un viaje a La Coruña y regresaba con equipo nuevo.

Las instalaciones de la compañía

Situado a unos 8 kilómetros de Orense, aún hoy en día, tras muchos años en la milicia, considero que “O Cumial”, nombre de nuestro acuartelamiento, era una instalación modélica.

Además de residencia para el personal profesional y dormitorios para la tropa, contaba para la instrucción, dentro del propio recinto, de amplios espacios con zonas boscosas, campo de tiro de unos 100 metros, pista de aplicación militar, un conguito nada desdeñable y campo de explosivos. Una piscina de 25 metros, dotada con acceso lateral a los ojos de buey que permitía ver las actividades subacuáticas. Asimismo, disponía de naves para el almacenamiento de material, secado y otras sin uso específico. Y monte, mucho monte, nada más salir del acuartelamiento. Era, en definitiva, una situación cuando menos de ensueño.

Hay que añadir que la única unidad en el acuartelamiento era la nuestra (con la excepción del personal de guardia que, diariamente, lo proporcionaba el Regimiento de Infantería Zamora nº 8, sito en Orense capital) lo que añadía un plus muy significativo, tanto en obtener la capacidad operativa de toda la COE, como de mantener el halo de misterio que rodea a las unidades de operaciones especiales y que potencia su capacidad de combate frente al adversario. No fuimos realmente conscientes de lo afortunados que éramos al contar con dichas condiciones hasta que la compañía fue trasladada a La Coruña.

Momentos y situaciones especiales

Durante los ejercicios y salidas, dentro o al margen de ellos, teníamos oportunidad de conocer lugares insólitos. Prueba de ello eran los restos celtas como el altar en el monte del Pindo y los numerosos castros como el de Santa Trega. Pero no eran los únicos, la Ribeira Sacra, las minas romanas de Las Médulas, los numerosos monasterios y otros muchos paisajes y espacios singulares por los que realizamos los ejercicios quedaron en mi memoria.

Guardo, también, con especial atención las bajadas con las embarcaciones neumáticas por el río Miño; primero, de reconocimiento para, después, realizar ejercicios de doble acción; o la prueba de paso de la rompiente de la playa de la Lanzada, al final de fase de agua. Incluso en días normales era una hazaña. Si había un poco de marejada, como ocurría en la mayoría de los días, aquello era para titanes. Hablando de la fase de agua, era normal que acabáramos con los cuerpos entumecidos del frío tras los recorridos en aquellas gélidas aguas, pero tras tomar nuestra “pócima mágica”; esto es, un buen caldo gallego, nos encontrábamos preparados para la siguiente actividad. El caldo gallego nunca figuraba en el menú de la orden del día, ya que siempre había y podías tomarlo en cualquiera de las comidas.

Otra experiencia inusual para la compañía fue la guarnición de las Islas Chafarinas y, en mi caso, al mando de mi sección, en el Peñón de Vélez de la Gomera. En la época en que desarrollamos la comisión, las relaciones con Marruecos no eran del todo cordiales; de hecho, mientras aterrizaban en el Peñón los helicópteros Chinook, en los que fuimos transportados desde Málaga, aviones marroquíes nos sobrevolaron, lo que causó cierta inquietud inicial. Sin embargo, durante el resto de la comisión no tuvimos ningún incidente reseñable, dedicándonos, por entero, a la instrucción en aquel paraje tan exótico para nosotros.

El jabalí figuraba en el escudo de la COE 81; además, disponíamos de un par de ejemplares bastante creciditos. Por descontado, estaban cuidados y enjaulados y no desfilaban ni participaban en ninguna actividad de la compañía. No obstante, en ocasiones y de forma excepcional, durante la fase de instrucción con los nuevos incorporados, los jabalíes se “escapaban” de las jaulas causando el pánico de los novatos que corrían a refugiarse o, al menos, subirse a los árboles. Había que llamar al veterinario para que, con dardos tranquilizantes, los jabalíes volvieran a su jaula.

Otra excepcional y afortunada situación inusual respecto a nuestra plantilla, y que vivimos durante mi estancia en la compañía, es que tras el destino de un brigada como auxiliar de la compañía, se produjo una reclamación por parte de otro que consideraba reunir más requisitos que el recién destinado. La Dirección de Personal del Ejército tomó una decisión salomónica al respecto, los dos brigadas estarían destinados en la COE. Un caso único en el historial de las compañías.

El traslado a La Coruña y cambio de numeración

Como consecuencia del Plan de Reorganización del Ejército (I.G. 3/87 del EME), en el mes de enero de 1988, la COE nº 81 de Orense se trasladó a La Coruña para formar parte del recién constituido GOE VI “La Victoria”, fruto de la integración en dicha unidad del personal de las COE de Lugo, Orense, Oviedo y Gijón, (aunque de estas dos últimas solo se trasladó el personal de tropa), teniendo su sede en el acuartelamiento de Atocha. La COE 81 pasó a denominarse COE 61.

Aquellas amplias y excelentes instalaciones de El Cumial se convirtieron en estrecheces en nuestra nueva ubicación, pero nos adaptamos. Únicamente, tal vez y desde un punto de vista personal, nuestros soldados pasaron de ser los fieros y anónimos combatientes de operaciones especiales que, con sus caras desfiguradas por la pintura de camuflaje, realizaban una instrucción y técnicas desconocidas para el resto, a tener sus rostros identificados por todos los soldados del acuartelamiento, que convivían con ellos y que juntos se tomaban cervezas en la cantina. Como consecuencia de ello perdieron esa imprescindible aureola de misterio que rodea a las unidades de élite y que constituye una de sus mayores valías.

Eso sí, la ciudad de La Coruña pronto conoció de nuestra presencia, las exhibiciones anuales del día de las FAS, los pasos ligeros por el centro de la ciudad y los uniformes mimetizados, entre otras cosas, nos delataban.

Desde el punto de vista de cultura de la Defensa no teníamos precio, pero echábamos de menos Orense.

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