Recuerdos de un guerrillero de reemplazo

Rubén Díez Domingo, guerrillero de la UOE 11

Me han comentado que si me apetecía hacer un pequeño artículo para la revista contando cómo vivimos los soldados de reemplazo la mili en una unidad de operaciones especiales.  La verdad es que al principio asusta un poco ponerse delante de un folio en blanco a relatar lo que uno vivió, hace ya casi 30 años. Es emocionante darse cuenta, después de tanto tiempo, cómo un periodo de tiempo, en mi caso 9 meses, que para muchos fue un tiempo tirado o perdido, a regañadientes, en el que aparcas tu vida normal, aún lo sientes como si hubiese sido ayer y el paso del tiempo ha hecho poso en los recuerdos y pesan más en la mochila los buenos momentos y las experiencias ganadas o aprendidas que los malos momentos, que evidentemente en una unidad de este tipo, no creo que haga falta recalcar que fueron muchos.

Todo comienza en la base de San Pedro de Colmenar Viejo, 1º del 1994, entras por la puerta y sabes que todo ha cambiado. Te dan tu nuevo uniforme y pasas a peluquería. Aquí ya se hace la primera distinción… te preguntan a qué unidad vas… GOE I y su respuesta es inmediata: “Rápalo”. “Empezamos bien”. Bajas andando por la cuesta hasta el GOE y ya aparece al fondo, por delante de las 4 compañías de operaciones especiales, su estatua, el Manolito, franqueando el camino hasta tu nueva casa, la COE 11. Mientras vas andando hasta tu compañía, no te da tiempo a ver mucho, ya que, entre los nervios del momento, la incertidumbre y los gritos de los veteranos y los mandos: “A la P… carrera gorrilla. No quiero ver a nadie andando, no vaya a ser que te despistes o te dé por pensar y te des la vuelta.”, comprendes que ya no hay marcha atrás y que la realidad ha llegado de golpe.

Nos hacían subir al primer piso y allí nos esperaban en una pequeña oficina algunos sargentos encargados de darnos la bienvenida. Estuvimos de pie, firmes, o por lo menos lo que en tu momento considerabas que era estar firme, esperando en la entrada de la oficina hasta que gritaban tu nombre. Cuando te tocaba, pasabas como si fueses al matadero, pensando: “La suerte está echada.” “¿Nombre? ¿Por qué vienes aquí?” En mi caso la primera era fácil; la segunda no tanto ya que mi situación era un poco especial, porque mi hermano era mando en el GOE I y mi respuesta, dijese la verdad o no, al final se iba a saber y sería peor ocultarlo al principio, así que… “Hombre, así que eres tú el hermanísimo. Jejeje… Bien, bien, te vas a cag…, lo vas a pasar genial. Venga baja y que te instalen”.

A partir de aquí, asignación de literas, taquillas, presentaciones, compañeros nuevos y carreras, muchas carreras. Aquí empezabas a aprender el sentido del tiempo, que el ya es ahora, no más tarde y que las órdenes se acatan, no se discuten y que se ejecutan antes, incluso, de que se acabe de pronunciar la orden. Durante los primeros meses toda la instrucción se resume en eso y con el paso de los días, comprendes que cuanto antes lo aprendas mejor calidad de vida tendrás en esta etapa.

Algo que sí que aprecias desde el primer momento y que sí que es de agradecer es que los veteranos de la compañía, que están en proceso de licenciarse por ser del reemplazo anterior, más allá de complicarte la vida o hacerte la vida imposible, te enseñan y se convierten en tus hermanos mayores. Recuerdo con especial cariño cómo te enseñaban a atarte los cordones de las botas, a caparlas, para que no te hagan daño al principio, consejos de cómo secar la ropa metiéndola debajo del colchón y un sinfín de cosas más que hacen que, dentro del caos de tu nueva vida, mejore significativamente tu estancia, probablemente porque su tranquilidad y su normalidad dependía de que tú hicieses las cosas bien.

Otra cosa que aprendes, y si no lo aprendes a la primera lo harás a la segunda, es que la compañía es una y que o llegamos todos o no llega nadie y si sale bien sale bien para todos y si uno lo hace mal, lo hacen mal todos y quizá esto consigue que la camaradería, la hermandad, el respeto y ayudarse los unos a los otros, poco a poco, sea la normalidad y que, en este proceso de aprendizaje, no pierdas ni un minuto en cosas que no son realmente importantes y te centres en hacerlo bien, sobre todo, para mantenerte seco la mayor parte del tiempo posible. Seguro que la mayoría sabéis a lo que me refiero.

Desde el primer día en que entras hay 3 etapas en tu tiempo de estancia en una compañía de operaciones especiales. En la primera etapa se trabaja la instrucción necesaria para poder jurar la bandera, primer objetivo cuando llegas y para el cual, aunque muchos no lo crean, echas la mayoría del tiempo aprendiendo las normas básicas de un soldado, cuadrarse, formar, desfilar, una y otra vez, desde que te levantas hasta que te acuestas. Durante ese primer mes, aparte de las teóricas básicas de instrucción de un soldado normal, comienzas a recibir, poco a poco, las instrucciones necesarias para una compañía de este tipo; ahora mismo no sé si en esta época pasamos más tiempo de pie, en formación o tumbados bombeando como locos. La primera noche que pasamos todos juntos en la compañía, para que no nos confundiéramos, estuvimos 2 horas bombeando y haciendo flexiones, planchas, abdominales hasta que el cabo primero encargado de la compañía esa noche, tuvo a bien dejarnos descansar. Fue un sinsentido que, al final, le costó caro ya que cuando llegó a oídos del capitán, no le sentó muy bien la recepción que nos dio; pero bueno, dejémoslo en una mera anécdota que te coloca en donde realmente te has metido, y solo es la primera noche.

Antes comenté el tema de mantenerte seco la mayor parte del tiempo y esto pasaba a ser un objetivo primordial a lo largo de los días de instrucción. Pongámonos en la situación del tiempo y lugar: Colmenar Viejo, mes de febrero y os aseguro que ese mes pasa a ser el mes más frío del año para siempre. Una sana costumbre que tenían los mandos de este grupo era que los fines de semana eran sagrados; es decir, la tropa necesitaba irse a su casa, con lo que, si metías la pata, en vez de quitarte el pase de fin se semana para permanecer arrestado, era mucho más efectivo, y dado que teníamos una pista americana con unos fosos antitanque estupendos, optar por recomendarte unos pequeños baños termales de hielo y barro y, os aseguro, que cumplían perfectamente su cometido, no por el baño en sí que estaba congelada, en muchos casos había que tirar piedras al hielo para poder meterse hasta el cuello, porque el baño debía ser completo. No valía hasta la cintura y si lo intentabas, ten por seguro que te tocaba repetir el baño y, esta vez, con cabeza incluida; así que, rápidamente, aprendes que el nivel del agua va en función de la exigencia de cada mando que te regala el baño. Lo peor no era el baño en sí; lo peor es que ya te quedabas con el uniforme mojado hasta que volvías a la compañía, lo que algunas veces y, sobre todo las que estabas en el campo, se convertía en todo el día.

Una vez que pasa la primera etapa, comienza la segunda y es la más importante y dura de tu etapa en el GOE. Se trata de preparar tu cuerpo y tu mente para poder pasar la prueba final de este entrenamiento que es la prueba de la boina. Horas y horas de entrenamiento físico, correr, bombear, correr, bombear, correr, bombear, reptar era también otro entrenamiento básico en esta época. No se me olvida un compañero al que le dijeron: “¿Ves aquel cerro de allí? Pues vete reptando y vuelves” y así ocurrió. No sé las horas que empleó; pero, al final, el resultado fue: “A la orden. Cumplimentado sin novedad.” Esto es el fin máximo de este periodo de instrucción, si un mando te dice salta, no preguntes a dónde ni porqué, simplemente salta con todas tus fuerzas y, al final, te das cuenta de que va en beneficio tuyo y en beneficio de todos los que forman tu compañía.

Todas las mañanas empezábamos con una pequeña carrera antes de desayunar. La primera mañana nos mandaron correr por el perímetro de la base y, en función del orden de llegada, te asignaban al grupo de un mando u otro, con lo que la intensidad de la carrera se ajustaba al ritmo adecuado del grupo. Después de cada sesión de carrera tenías un premio u otro; es decir, al principio tiendes a correr de manera individual; en las cuestas arriba tiras y tiras y algunos se descuelgan. Eso suponía, muchas veces, que al llegar arriba, te tocaba ponerte el último y volver a bajar y subir, por lo que de una manera súper sencilla aprendes que o llegamos todos juntos o volvemos a empezar y si se te ocurría en algún momento apretar al mando corriendo y hacerle sufrir un poco, porque poco a poco ibas ganando resistencia, el premio al llegar era: “Vosotros dos, a partir de mañana pasáis al siguiente grupo” y de esta manera volvías a aprender y ajustabas tu paso al resto. De todas estas mañanas destacaba, y con especial cariño, la carrera de los viernes que llamábamos “el Dimitri”. Siempre que vuelvo por la zona y veo esa enorme tubería en el campo desde el cauce del manzanares hasta arriba, inevitablemente me lleva a esos días. La verdad es que el jueves por la noche cuando estabas en la litera pensabas: “Pfffff, mañana viernes Dimitri”. Parecía el regalito que nos daban por llegar el fin de semana.

Pasaban los días y, poco a poco, le ibas cogiendo el truquillo a cada mando; como todo aquí, siempre se aprende con la experiencia. Lo normal era que, llegada la hora, la manera de despertar cada mañana seguía un orden: “Compañía, diana” y acto seguido: “A formar la compañía”. Esto era así cada día salvo cuando se quedaba un determinado sargento, que no sé muy bien el motivo, tenía la manía de invertir el orden y primero oías: “A formar la compañía” y una vez formado, oías por la megafonía de la base el toque de diana. Esto, que parece una tontería, suponía que  no te daba tiempo a vestirte y como habías aprendido que con formar con las botas, el cinturón y la gorra, en ese momento, luego boina, era suficiente para entrar en combate, pues en pijama a formar: febrero, nevando y la mitad de la compañía formada en la entrada en pijama y tiritando. Era imposible cuadrarse y no temblar de manera incontrolable. “Firmes” oías y tu cuerpo no paraba de temblar. “¿Tenéis frío? A bombear. Firmes”, así hasta que entras en calor y consigues quedarte quieto. Evidentemente tu problema pasaba a ser el del resto y, sobre todo, de los veteranos de la compañía por lo que la recomendación de ese día era que, cuando se quedaba ese determinado sargento, duermes vestido para que no te vuelva a pasar y aprendes a dejar la ropa preparada de tal manera que en segundos cuando oyes cualquiera de las dos órdenes seas capaz de formar en segundos y correctamente uniformado. Esta es la mejor manera de aprender en base a la experiencia y al esfuerzo que te supone equivocarte, por lo que sueles equivocarte solo una vez por la cuenta que te trae.

Los jueves solíamos ir al Palancar, al campo de tiro de Matalasgrajas y pasábamos el día aprendiendo técnicas de tiro. Lo habitual era ir a pie desde el GOE y luego volver en camión cuando acababa el día. Dos cosas nos marcaron la primera vez que fuimos andando; una que cuando crees que ya no cabe nada más en tu mochila, siempre hay hueco para un par de piedras, piedras que tienen un efecto inmediato en tu voz: es ponerte un par de piedras dentro y se te cierra la garganta de manera inmediata; y otra, que no olvidaré, fue la primera llegada cuando otras compañías más veteranas que ya estaban allí y que a nuestro paso, ya exhaustos de andar con todo el equipo por primera vez, comenzaban a entonar “…Ariusca era una joven rusa que habitaba a orillas del Volkof y una triste mañana de otoño vio pasar….” Era su manera de darnos la bienvenida y la verdad es que es uno de esos momentos en los que el esfuerzo se ve recompensado simplemente entonando una canción de reconocimiento a tu paso.

De esta manera van pasando los días y te van preparando sin pausa para la prueba final: la prueba de la boina. Comenzamos la fase de endurecimiento, topografía y supervivencia. Esta última fue una de las más interesantes de la instrucción ya que lo que ahí aprendes, aún hoy en día lo mantengo en mi memoria. Paulatinamente, en esta etapa, vas incrementando el ejercicio y las carreras pasan de ser en ropa de deporte a terminar corriendo con todo el equipo encima, botas, armamento, casco, mochila, etc. y, cántico tras cántico, vas preparando tu endurecimiento para la prueba final.

Algo que también aprendes de los veteranos son todas esas canciones que, día a día, vas repitiendo mientras corres y parece que ayudan a no pensar en lo que está pasando y que consigue que formes parte de un equipo que se siente orgulloso de hacer lo que está haciendo. Estrofas como:

“Me he apuntado a un club de ocio y diversión, que todos los meses sale de excursión.

Es la 11 un lujoso hotel de cinco tenedores y de postre pastel.

Me voy de marcha, pero no es al bar, dulces paseos al salir el sol.”

“Paseando por el campo, entre flores vi que había una carta ensangrentada de cuarenta años hacía…”

“…Marcha Roja, en el roble, libertad, en la mano un fusil, en la otra un puñal…”

“…Cuesta arriba, cuesta abajo, lo que jode es patear. Los tenientes los sargentos no dejan de putear. Correr saltar, que de p… madre me lo voy a pasar…”

“…Porque somos guerrilleros de la 11, hay mucha gente que no nos camela, como si fuera un delito, llevar la boina guerrillera…”

“…Orgulloso estoy de ser, guerrillero de la 11. Jamás estaré cansado y nunca me rendiré. En mi boina verde llevo el emblema más querido, hojas de roble y  puñal. Eso es lo que yo he elegido…”

“… Eran 4 guerrilleros, eran cuatro boinas verdes, eran cuatro camaradas, formando escuadra…”

“…En el cielo manda Dios; en el mar, los marineros y en los bosques españoles mandamos los guerrilleros…”

“…Virgen pura que me amparas, al compás de viejos lances, hoy tus hijos rinden armas, con gallardía y coraje. Guerrillero me forjé, boina verde con honor…”

“…Guerrillero, boina verde, que caminas por la noche, te guías por las estrellas, tu rumbo es el horizonte…”

Y así innumerables canciones que iban pasando de boca en boca y que hacían marca de compañía y que, cuando se pasaba por delante de alguna otra, siempre se entonaban para anunciar la llegada.

La tónica general de esta fase, una vez recibida la correspondiente instrucción de topografía, era pasar horas y horas poniéndolo en práctica en el campo, formados en binomios y en patrullas. Los mandos marcaban el recorrido que había que realizar por los alrededores de la base y salíamos en patrullas para intentar completar el recorrido. Evidentemente el aliciente de todo esto era dormir al raso en la pista de tenis, así que, una vez probado, ponías los 5 sentidos en talonar correctamente las distancias y en aplicar todos los conocimientos recibidos para intentar dormir en caliente.

Cuando ya parecía que, más o menos, lo controlabas siempre se complicaban las cosas. Alternábamos estas prácticas con nociones básicas de escalada, rápel, tirolinas, nudos y salidas al campo. Prepara el equipo que nos vamos al campo: 3 días de endurecimiento, topografía y supervivencia, prácticas de patrullas, bañito en el agua, salidas al campo y bañito en el río. La verdad es que no sé cómo no nos salieron escamas de las horas que pasábamos mojados.

Al finalizar estos 3 días, nos dijeron: “Os vamos a dejar en esta vía del tren. Seguid andando unos 10 km y os recogemos al final”. La verdad es que ninguno esperábamos lo que iba a pasar y pasó; al cruzar por debajo de un puente de la vía de un tren, nos hicieron prisioneros y comenzó la famosa prueba… Atados de pies y manos con el gorro tapándonos por completo la cabeza, nos metieron en camiones y comenzaron a dar vueltas. Algunos intentábamos adivinar a dónde nos llevaban. Por el tiempo, algunos decían que a Guadalajara; otros, que al norte, pero lo único que estaba claro era que había que numerarse sin parar y, si alguno se dormía, te despertaban cariñosamente.

Así pasó el tiempo hasta que llegamos a nuestro destino: “¡Abajo! ¡Desnudaos!”. Preguntas y manguerazo helado. Cuanto más te quejabas, más tiempo duraba la ducha. “’¡Ponte la ropa y al zulo!”. Horas de escuchar esa voz tratando de doblegar tu aguante, sin dejar que te durmieses. El cansancio empezaba a pasar mella; pero la actividad no te dejaba caer. Pasábamos por el conguito, por la piscina, por el zulo. “¿Tienes sed? Pon las manos”: Vinagre. “¿Tienes hambre?”. “No, gracias”. “Cómo que no. Échale dos veces”. Pones las manos y ¡plof! un engrudo hecho de todo lo que los mandos encontraban a mano. Chorreaba por entre tus dedos mientras simulabas que comías, porque era intragable y así pasamos la noche hasta que llegó la hora del interrogatorio. Te pasaban a una sala; te ponían un casco de boxeo y te hacían preguntas adornadas con unos guantes en unos de los casos, baterías de coche, para simular que te electrocutaban en otro, solo para forzarte a decir lo que no debías decir; te empapaban las piernas, conectaban las pinzas al pantalón, con algún que otro pellizco y hacían saltar las chispas en tu oído, para que supieses lo que venía.

Una vez pasado eso, otra vez conguito, piscina y así hasta que oías el toque de diana y pensabas: “¿Ya se ha pasado la noche?”. Entonces, nos soltaron y nos dijeron: “Corred sin parar”. Simulabas la huida, hasta llegar a la compañía en la que los mandos te esperaban y decían: “¡Enhorabuena! Ducha y vestirse que formamos en la pista americana”. Y allí, uno a uno, nos entregaban la ansiada boina verde que marcaría ya una nueva etapa en tu instrucción.

A partir de aquí, ya solo quedaba disfrutar. Ya habíamos pasado lo peor, quedaban por venir fases de supervivencia, escalada y rápel, tiro y explosivos, combate en población en la academia de Toledo, fase de agua en Portman, descensos de cañones en la sierra de Guara, ejercicios contra los paracaidistas en Fuente de Cantos y un sinfín de aventuras más con unidades internacionales algunas y una muy especial que fue la preparación del XXV aniversario de la fundación de la COE 11, del cual guardo aún este pequeño recuerdo y el recuerdo de las muchas actividades que preparamos para su celebración.

Podría estar contando anécdotas infinitas en cada una de las fases que pasamos y cada una de las experiencias vividas y al final lo que queda es la pregunta de: “¿Volverías a hacer la mili en una unidad como ésta?” Y la respuesta  se resume en una última imagen que quedó para siempre grabada en nuestro recuerdo y es ver, en el momento de la despedida al licenciarnos, caer las lágrimas de pena por el rostro de tus compañeros, en ese momento, para ti, hermanos. Eso resume perfectamente lo que habíamos vivido y responde a esa pregunta.

 

No quiero terminar este artículo sin aprovechar la oportunidad para mandar un cariñoso recuerdo a Guitián, Nieto, Álvarez, Alcalde, Normand, Retamero, Bujeda y Bueno que fueron los artífices de toda esta apasionante aventura.

Mangirón, a 10 de diciembre de 2023

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