Recuerdos de la COE 7 (1988-92)

Coronel José Antonio Vega Mancera

Teniente, Capitán y Teniente Coronel de guerrilleros

La publicación de este número extraordinario de Boina Verde me ofrece la ocasión de recordar momentos vividos durante mi paso por la COE 7 (julio 1988 a abril 1992), que estoy seguro animarán la memoria de algunos guerrilleros que vivieron esa época.

Pero antes de enumerar algunas de estas vivencias, quiero reflejar una circunstancia ligada a mi situación como jefe de la COE y que, posiblemente, pasó desapercibida para muchos miembros de la misma.

A mí, me correspondían las relaciones “hacia fuera” y, en especial, “hacia arriba”; es decir, tratar con los jefes de los que dependía la COE y sus respectivos estados o planas mayores (EM/PLM): los generales Comandantes Generales de Baleares (COMGE) o Jefes de Tropas de Mallorca (según la organización vigente en cada momento), como dependencia operativa, y los coroneles jefes del Regimiento de Infantería “Palma” 47, como dependencia disciplinaria y administrativa. Así como con los jefes de otras unidades y organismos de la guarnición, particularmente el Regimiento de Artillería (RAMIX) 91 (nos apoyábamos mucho en las baterías de costa, sobre todo, en Cabo Pinar para la fase de agua; pero, también, aprovechábamos la disponibilidad de numerosos terrenos pertenecientes a otras baterías de costa), los Batallones de Infantería de Menorca (“Mahón”) e Ibiza (“Teruel”), por el apoyo que nos daban en nuestros despliegues en esas islas, la Armada (patrulleros para cooperaciones; las estaciones de Sóller o Mahón), el Ejército del Aire (la base de Pollensa), la Agrupación Logística 71 (la AALOG, polvorines, luego hablaré de ellos; transporte; equipamiento en los almacenes de Son Banya) o la Jefatura de Intendencia (apoyo económico; transporte comercial a las otras islas). A priori, se podría pensar que en una guarnición como la balear, con una mentalidad muy “de la región”, algo “rutinaria”, y de abrumadora mayoría artillera, la COE sería un desconocido y poco apreciado “grano incómodo”. Pero la realidad que pude vivir fue la contraria: autorización para hacer lo propuesto en los programas de instrucción, por novedoso, raro o arriesgado que pudiera parecer; apoyo en los “líos” con la población civil que pudieran surgir (a condición de intentar arreglarlos); facilidades para uso de instalaciones y apoyos logísticos; y, sobre todo, las puertas abiertas para acudir con nuestros problemas e inquietudes. Recuerdo que al COMGE de 1989-91, el general (artillero) Vázquez Gimeno, que visitaba con frecuencia los ejercicios de la COE y se adaptaba siempre a nuestro estilo austero y rústico, le regalamos al dejar el mando un distintivo de permanencia en OES con las barras verdes equivalentes a dos años, en vez de la típica metopa. Lo que no tenía fácil arreglo era el carácter de Región Militar “pobre” de la propia COMGE Baleares, menos dotada en presupuesto, cupos de munición y explosivos, o dotación de armamento y material, que otras RM peninsulares; así que, aunque trataran a la COE 7 con cariño, no había tanto para repartir.

A lo que iba al principio: ¿qué vivencias me vienen a la mente (y al corazón, que recordarlas me trae emocionada nostalgia de tiempos jóvenes)?

  • La Morería era una urbanización abandona de chalets, camino de Cabo Blanco: allí practicábamos combate y tiro en población, ¡incluso con munición real!, colocando vigías en puntos críticos para evitar la presencia de civiles y posibles accidentes.
  • La supervivencia: en esos cuatro años cambiamos de emplazamiento varias veces: la isla de Cabrera, Coll Baix (al norte de Alcudia), la Tramontana (al pie del monte Tomir), o una finca particular en Artá. Aunque el turismo no había alcanzado en aquellos años la presencia actual, no había lugar recóndito ni mes de invierno, a priori poco propicio a la presencia foránea, que no nos lleváramos la sorpresa de ver atravesar el campamento de supervivencia por algún grupo senderista, casi siempre extranjero.
  • Pasillo de fuego lo hacíamos en una batería de costa, la de Cala Figuera, tirando con las ametralladoras hacia el mar, para lo que colocábamos vigías en los laterales, que nos avisaban si alguna embarcación atravesaba la zona de caída de proyectiles, para que detuviéramos el tiro. A nuestra mentalidad guerrillera le parecía que gestionar permisos oficiales era complicado y de resultado probablemente negativo, así que “nos organizábamos por nuestra cuenta”.
  • Uno de los temas de golpe de mano típico en esos años era el ataque a la batería de Enderrocat, cuatro viejas piezas de 150 mm modelo Muñiz-Argüelles de 1903. ¡La de veces que les pusimos explosivos simulados! En uno de esos golpes de mano, que formaba parte de una evaluación operativa de la COE, la “guarnición enemiga” había instalado minas de salto (de fogueo, por supuesto) que no llegamos a identificar en la vigilancia del objetivo, y que en una acción real hubieran supuesto varias bajas a los atacantes (nosotros), porque activamos sus cables durante el asalto, lógicamente nocturno. Siempre es fundamental realizar un serio análisis crítico post-misión.

  • Otros golpes de mano peculiares los hicimos sobre el polvorín de Porreres (que aún estaba activo) y el del Puig de Sata Magdalena (en Inca, ya desactivado). Se sustituían el cierre de las puertas con llave por cadenas con candados, que rompíamos, y se preparaban determinados almacenes de los túneles con material inerte, para hacer de objetivos. Hay que reconocer las enormes facilidades que nos daba la AALOG, asumiendo que nos adiestráramos dentro de instalaciones tan sensibles.
  • La fortuna de disponer del campo de tiro nº 1 junto a la valla del cuartel. La COE subía corriendo, y en la SEAT Trans cargábamos munición y blancos (de cartón, que se doblaban, muy fáciles de transportar). Podíamos tirar con mucha frecuencia, hasta 200 metros, en cualquier horario, sin perder tiempo en desplazamientos, teniendo siempre al lado el botiquín de la base y a unos minutos del principal hospital de Baleares. El campo de tiro tenía foso en la línea de blancos, por lo que incluíamos ejercicios con blancos móviles, que movían guerrilleros metidos dentro del foso, las siluetas sujetas a unos listones de madera.
  • Fuimos la primera unidad de Baleares en recibir aparatos de visión nocturna, unas gafas de conducción nocturna y los visores (unos aparatos enormes y pesados) de los 18 fusiles CETME 5,56 mm LV de tirador selecto, uno por escuadra. De repente, algunas unidades querían cooperar con nosotros, y acabamos organizando sesiones de instrucción, especialmente con compañías del Palma 47 y baterías del RAMIX-91, en las que un grupo de la COE, haciendo de instructores y sin perder de vista el material, apoyaban algunas noches a dichas unidades. Favores que luego yo me cobraba de otras maneras. Por cierto, los visores llevaban unas baterías raras y caras, y como de costumbre en el sistema logístico español de la época, el suministro de repuestos era difícil y lento, lo que nos obligaba a ser muy cuidadosos con su uso. Como anécdota, recuerdo que una noche vino a ver un ejercicio nocturno de tiro el propio COMGE con su coronel jefe de EM: lo recibimos en el patio del cuartel y subió en el Land-Rover de la COE; cuando este salió del recinto de la base, el conductor apagó las luces, se puso las gafas y recorrió los caminos hasta el campo de tiro a una velocidad que debió parecerles sideral, porque al llegar se bajaron totalmente sorprendidos.

  • Teníamos de dotación un camión REO, lo que nos colocaba en el bando de “los ricos”, porque en esos años a caballo de 1990 lo normal en las compañías y baterías de Baleares era tener un GMC tipo II Guerra Mundial. A finales de 1990 llegaron a las islas camiones Pegaso Comet reacondicionados, excedentes de la Península; los típicos de faros redondos y chapa ondulada que llenaban las carreteras españolas en los años 1960. Muy largos, con una caja de madera y solo 90 CV, nos asignaron dos que, recién pintados y con lonas nuevas, rindieron unos servicios extraordinarios. Los recuerdo subiendo la Sierra de la Tramontana con más de 20 guerrilleros y su equipo, lentísimos pero imparables.
  • En los años de los que hablamos, la mayoría de las antiguas líneas férreas de la isla de Mallorca estaban ya desactivadas. Lo que nos ofrecía interesante infraestructura para organizar temas tácticos (estaciones abandonadas, etc). Recuerdo particularmente el Pont de Ses Boques, del antiguo FF. CC. a Llucmajor, uno de los más altos y largos de la isla. Su ubicación discreta y apartada ofrecía un buen objetivo.
  • Al menos una vez al año teníamos un ejercicio de guerrillas en alguna de las islas. De todos los “enemigos” a los que nos enfrentábamos, la guarnición de Mahón y, en particular, su batallón de Infantería (del mismo nombre “Mahón”, antiguo regimiento 46) era el más correoso. Un año comenzábamos el ejercicio un lunes; la COE había llegado a la isla una semana antes, para familiarizarse con el terreno, preparar depósitos, etc. Desplegamos patrullas de vigilancia sobre todas las rutas de entrada a la zona de operaciones, a partir de la tarde del domingo. Al amanecer el lunes todos los informes radio eran negativos, ninguna patrulla había visto movimientos. ¡Habían desplegado en sus campamentos el domingo por la mañana! Por cierto, en esas guerrilla, junto a dos secciones de guerrilleros de la COE, había otras dos de infantería del BI Mahón, en las que cada jefe llevaba un asesor de la COE, con los de sección iba un sargento guerrillero y con los jefes de pelotón un cabo. Entonces no lo llamábamos aún así, pero era una práctica de Asistencia Militar, una de las misiones actuales típicas de OES; y ambas secciones dieron un rendimiento muy bueno.

  • En una salida a la isla de Ibiza (marchas, tiro, estudio del terreno), organizamos un reconocimiento muy peculiar de la isla de Formentera: el sargento Galiana, jefe de sección en esos momentos, pasó a la isla en el pequeño ferry con su gente, y allí alquiló bicicletas para recorrerla. Fuimos unos adelantados en temas de ecología.
  • Todos esos años nuestro jefe del pelotón de Plana Mayor fue el sargento de Infantería (no diplomado en OES) Antonio Gilabert: trabajador infatigable, muy simpático, una buena persona, ninguna tarea logística le parecía imposible. Lo recuerdo cambiando unos palieres rotos de las ruedas del REO, un domingo por la noche, en la cala de Cabo Pinar; le bastó con las instrucciones que le dio por teléfono un mecánico del Palma 47 y que le enviaran urgentemente los repuestos desde el segundo escalón.
  • Una actividad anual, instituida años antes, era la travesía de la Sierra de la Tramuntana, de norte a sur, en nueve etapas (10 días), aprovechando una salida mensual, comenzando en Cabo Formentor y llegando al cuartel, donde entrabamos al paso ligero, con armamento y mochilas de montaña.
  • Las buenas relaciones con la Jefatura de Intendencia nos facilitaron convencerles de lo inapropiado que era viajar a Menorca en barco de la Transmediterránea; casi todo el año, había solo uno de ida y otro de vuelta los domingos, y tardaban ocho horas, porque salían de Palma y costeaban toda la isla de Mallorca. Acabaron aprobando que viajáramos en vuelo comercial. Enviábamos por barco un par de vehículos cargados de material y el resto de la COE volábamos el día apropiado. Recuerdo que ¡nos dejaban subir a la cabina de pasajeros con pistolas y machetes al cinto! y que entregábamos las armas largas a la Guardia Civil (GC) del aeropuerto de salida, en unas cajas que escoltaban hasta la bodega del avión, y que recogíamos a la GC del aeropuerto de llegada. No todo el mundo cerraba bien las mochilas, y cuando íbamos a recogerlas a la cinta, ésta salía regada de objetos militares, con mi consiguiente cabreo.

  • Para temas de infiltración desde el mar, contábamos con la colaboración de la Armada; casi siempre, a cargo de los patrulleros ligeros Lazaga y Barceló. Nos llevábamos muy bien con sus comandantes y tripulaciones. Cogían una velocidad muy alta en línea recta, pero cuando paraban se balanceaban un montón, y más de un guerrillero daba de comer a los peces vomitando por la borda. Con sus radares, controlábamos de noche la aproximación a la costa o el regreso de los botes neumáticos.
  • Otra de las unidades con la que cooperábamos era el Equipo de Buceadores de la GC, el GEAS. Nos apoyaban con equipo y, sobre todo, con sus conocimientos y experiencia, en las prácticas de agua, especialmente del equipo de buceadores de la COE (un oficial y un sargento -diplomados como Buceador de Combate- y cuatro guerrilleros -diplomados como Buceador de Apoyo-) y también durante la “fase de agua” en Cabo Pinar, casi siempre en el mes de julio. Esta solía acabar con el cruce de la bahía desde cala de Formentor (6,5 km), en natación de combate formando “piñas” de sección o media sección y la carrera de media maratón desde el puerto de Pollensa.

Fuimos actualizando esos años la dotación de armamento y material. Devolvimos las seis pistolas Llama del 9 mm largo (los viejos “puros”), que en plantilla correspondían a los sirvientes de los dos morteros de 60 mm (que nos cambiaron por tres “morteros comando”). Y nos faltaban los tres fusiles de precisión, uno por sección; un día nos asignaron tres viejos Mauser del 7,92 mm, larguísimos y con cantonera metálica en la culata. La AALOG no tenía munición de ese calibre, y dijimos que en esas condiciones no los queríamos; además venían sin alzas telescópicas. Pero mientras esperábamos la orden de entrega descubrimos que la Armada aún tenía los mismos Mauser para hacer guardias en algunas instalaciones; y nos regalaron munición. Inmediatamente quisimos probarlos. Para tirar con ellos, daban ganas de ponerse una toalla o una manta en el hombro. Tal era el retroceso.

Hasta aquí esta lista de pequeñas anécdotas relativas a esos cuatro años, que están grabados a fuego, estoy seguro, en la memoria de todos los que juntos los vivimos. Podría seguir llenando varias hojas más, pero ser breve es característica guerrillera (“parco en palabras”).

Un fuerte abrazo a todos los lectores de esta magnífica iniciativa que es la revista Boina Verde.

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