Recuerdos de la COE 102

Coronel Ángel Miguel Santamaría Sánchez

Antiguo teniente COE 102 (07/1984–01/ 1987)

Introducción

Resultó una gran alegría para mí que el hoy general Vicente Bataller y el comandante Manuel Viózquez me contactaran para darme la oportunidad de escribir unas letras sobre mi período de servicio en la COE 102.

Mucho más que una relación profesional con ambos, su compromiso e implicación con las vicisitudes de la evolución de las Unidades de Operaciones Especiales y, por ende, de la boina verde, me hacen sentir por ambos un reconocimiento y aprecio particular por lo que han representado en diferentes etapas en las UOE en las que han servido.

Me centro pues en el objetivo que ambos me han marcado que es “escribir lo que quiera sobre lo que quiera, de mi paso por la COE 102”. Toda la flexibilidad e iniciativa que un guerrillero puede desear.

Quisiera aclarar que, en julio de 1984, solo quedaban en España tres COE independientes: la de Palma de Mallorca, la de Las Palmas de Gran Canaria y la de Tenerife. Se acababan de constituir los GOE en la península aglutinando las COE de las respectivas Capitanías Generales. La COE de Tenerife tenía su propio acuartelamiento en el lugar que se recuerda como más emblemático: La Mina, en el término de la Esperanza y a poca distancia del aeropuerto de Los Rodeos. En años posteriores se trasladó al acuartelamiento de “Hoya Fría”, más cerca de la capital de Santa Cruz de Tenerife.

La COE de Tenerife era oficialmente la COE del Regimiento Tenerife nº 49, de cuyo coronel jefe dependía en aspectos administrativos, pero lo hacía tácticamente del Capitanía General a través de la Jefatura de Tropas de Tenerife. Fue posteriormente cuando la COE 102 pasó a ser independiente directamente bajo el mando del General Jefe de Tropas.

Comenzaré por comentar, porque podría ser de cierto interés y da una idea del escenario al llegar a la COE, que los tres teniente de la COE (González Hidalgo, Aguado y el que suscribe), llegamos al mismo tiempo, somos de la misma promoción de la AGM (XXXIX), y del mismo Curso de OE (XXVIII). Los tres acabábamos de finalizar el Curso de OE. Era, por tanto, nuestro primer destino.

La primera conclusión que salta a la vista es que no tuvimos a ningún teniente más antiguo como referencia, “ancha es Castilla” y nos habían instruido durante años y especialmente en el Curso de OE para “comernos el mundo”.

Nuestro primer capitán fue D. Pedro Olmedo Ruiz nos sacaba once años de experiencia. Como suele ser habitual para un teniente en su primer destino respecto de su primer capitán, su forma de mandar y carácter, hizo mella en nosotros. Personalmente si tengo que definir su estilo, diría que fue muy riguroso, autoexigente y sobre todo, ejemplar.

Contamos con pocos suboficiales (brigada Sobrino, sargentos Caro, Corral, Dorado), pero que desde el primer momento mostraron su excelente valía y fueron magníficos y leales colaboradores y, obviamente, su apoyo en grado máximo. Con los tres tenientes también se incorporó el sargento Tomás Barbado, del mismo Curso de OE.

Contábamos igualmente con cabos 1º (Armas, Vázquez, Barredo, Juliá), con cierta antigüedad y que conocían bien el oficio.

Posteriormente, llegó el capitán D. Teodoro Baños Alonso, actualmente teniente general retirado que llegó a mandar el Mando de Personal (MAPER) del Ejército, y otros suboficiales (brigada Frade, sargentos Soto, Doval), que conformaron una COE robusta de magnífico ambiente de trabajo.

Con el teniente general Baños he tenido la fortuna de mantener contacto a lo largo de todos estos años. Enorme profesional de compromiso firme, muy cercano y mejor persona.

Pido disculpas porque probablemente se me habrá pasado alguien en este rápido recuerdo.

Tenerife. Las islas Canarias. Campo de instrucción sin igual

Cualquiera, antes de mirar por la ventanilla del avión en la aproximación al aeropuerto de Tenerife, podía pensar, sobre todo en aquellos tiempos, que, a pesar de poseer la cima más alta de España en los 3717 m del volcán del Teide, la isla y las Canarias, en general, se antojaban como extensos paraísos de playas de blanca y fina arena; esa primera mirada, sin duda de asombro a través de la ventanilla, confirmaba irrevocablemente el error de apreciación.

Por supuesto, esas paradisiacas playas existen, más grandes o más pequeñas, en casi todas las islas del archipiélago, pero lo general, es un terreno que con sus diversas connotaciones volcánicas es tremendamente abrupto, escarpado, de profundos valles y barrancos, de desiertos de arena o piedra, de acantilados que se hunden en lo más profundo del mar, de densa y fascinante vegetación, de bosques tupidos y húmedos, de “malpaís” (nombre coloquial con el que se define las enormes extensiones de terreno de lava solidificada que se convierte en verdaderos dientes de sierra en superficie), y de microclimas muy diferentes entre pequeñas distancias en una misma isla, en definitiva, un terreno de instrucción único en el que era posible “experimentar” de todo. No había límite en aquella época en el momento de echarse la mochila al hombro y comenzar a “patear” las islas.

Me viene a la mente con una frescura impropia de los treinta ocho años que han pasado desde entonces, el recuerdo de una salida que puede servir para dar una idea de lo que eran las condiciones de instrucción en Tenerife. La COE se encontraba en las Cañadas del Teide a más de 2000 m de altitud para ejercicios de tiro de morteros, prácticas de explosivos y topografía (ya digo que en aquellos tiempos, todo la isla era campo de instrucción).

Era el mes de febrero, durante el día se alcanzaban los 35º C y el calor en las marchas y recorridos, junto a la menor concentración de oxígeno por la altitud, hacía de factor multiplicador en la dureza de los mismos, mientras que por la noche alcanzamos mínimas de -15ºC con “cierto fresquillo” que el equipo y material de aquella época en poco mitigaba, ¡un gradiente de 50ºC entre el día a la noche!

Evidentemente, después de este tipo de salidas, toda la COE disfrutaba de un óptimo estado de forma físico y psicológico que se hacía patente al regresar a menor altitud. 

Otro sucinto, pero igualmente “muy visual” ejemplo de las condiciones particulares y diversidad de microclimas, lo constituía la instrucción del día a día que desarrollábamos en el acuartelamiento y sus alrededores. Mes de agosto: instrucción nocturna y tiro. Niebla cerrada que humedecía nuestras caras. Uniforme, jersey, chaquetón, gorro de lana… una idea de la temperatura que hacía.

Al terminar y regresar los mandos de madrugada a Santa Cruz de Tenerife, íbamos quitando la ropa en el vehículo conforme descendíamos de la Mina para llegar prácticamente en camiseta. La zona de Los Rodeos/La Esperanza “disfruta” de unas condiciones muy particulares e “impredecibles”.

En las islas puedes estar gozando de un día espectacular y sufrir localmente una enorme tormenta con decenas de litros por m2 en cuestión de minutos.

Cuartel de la Mina

Nuestro “reducto” y “base de patrullas” era un acuartelamiento “privado y particular para la COE”. En lo alto de una colina disponíamos de casi todo lo que en aquellos tiempos se podía desear para una COE; realmente era “independiente”: Cuerpo de Guardia (la guardia la proporcionaba el regimiento cuando nos íbamos de salida), edificio de nave para los guerrilleros y mesón, despacho del capitán, del brigada auxiliar, aulas, locales para material, pequeña biblioteca, edificio para oficina de los tenientes, sala  de suboficiales, cuarto para armamento, depósito/búnker para explosivos, botiquín, campo de deportes tamaño de balonmano, gimnasio, perreras, conguito y unas vistas sobre Santa Cruz de Tenerife y hacia el norte de la isla de verdadero lujo. No obstante, lo que más caracterizó La Mina y aún sigue siendo un “clásico” en los ámbitos veteranos de la boina verde, fue el mural del comedor: el semblante de un guerrillero con su boina verde que emerge del mar (queriendo escenificar el volcán del Teide), y que porta en su mano un pedazo de tierra, centrado sobre una amalgama de diferentes escenarios, el día y la noche, descendiendo un guerrillero en rápel de la roca de día y una sección de guerrilleros encaminándose hacia la luz de la luna en la noche estrellada, al fondo el mar que rodea la isla. Todo guerrillero ha visto ese mural, aunque no sepa su procedencia.

Se accedía al cuartel desde una desviación de la carretera de La Esperanza en firme subida de unos 500 metros que nos ponía a prueba varias veces al día: al regreso de la carrera diaria de la hora de la instrucción física, a la finalización, siempre al paso ligero, de la instrucción táctica y si había alguna otra actividad, también por tercera vez. Esa cuesta formaba parte de la “marca COE 102” y siempre se superó con entusiasmo y al son de los tradicionales cantos guerrilleros.

Los alrededores de La Mina ofrecían igualmente enormes posibilidades de instrucción. Mencionar que el campo de tiro (que también servía para el pasillo de fuego), estaba prácticamente a la vista y en muchas ocasiones y viendo que quedaba libre, aunque no lo tuviera la COE asignado, aprovechábamos para hacer tiro. Recuerdo que bien podíamos realizar dos o tres sesiones de tiro por semana durante el día y al menos una nocturna. Un lujo.

Ciertamente, los guerrilleros que vivimos La Mina sentimos esa colina como algo muy especial.

En La Mina se han celebrado reuniones de Aniversario de la COE. Lamentablemente y tras su abandono, quedó como instalación para instrucción y lógicamente la falta de mantenimiento ha dejado el acuartelamiento en un estado deterioro considerable, aunque el comedor aún se encontraba apto para organizar una comida de veteranos.

Prefiero quedarme con el recuerdo de aquella Mina en su máximo esplendor.

Recuerdos de salidas

La COE de Tenerife contemplaba en su programa de instrucción anual dos fases de agua, que normalmente se realizaban en junio y septiembre, respectivamente. Se desarrollaba en el sur de la isla, en Los Cristianos, al fondo del paseo marítimo y a distancia de la población en una finca platanera privada que tenía salida a una cala donde no solían acudir los turistas. Se montaba todo el campamento sobre la base de tiendas.

La carrera de cada mañana, una rápida ducha y el desayuno, hacía de preámbulo a las prácticas de mañana, tarde y noche.

Quizá el recuerdo más característico de esas fases lo constituyen los recorridos en piña nocturnos. En aquellos tiempos, el neopreno era una camiseta caqui. El Atlántico en Canarias en esas fechas y de noche no resulta especialmente cálido. Con todo, la intensidad con la que dábamos aletas nos hacía sudar durante el recorrido y llegar a playa como de si una carrera mañanera se tratara. Una vez formados en la playa regresábamos a paso ligero por el paseo marítimo donde se encontraban los turistas (en aquella época pocos españoles y sí muchos británicos, alemanes y holandeses), que quedaban atónitos ante nuestro paso al tiempo que gritaban y aplaudían.

Puede que el motivo de tener dos fases de agua fuera porque no teníamos fase de nieve, aunque ciertamente bien disfrutamos en invierno de las nevadas en las alturas de las islas, sobre todo, en Las Cañadas del Teide y la zona de los observatorios de Izaña (hoy siguen siendo noticia cuando se quedan prácticamente aislados por las nevadas). En todo caso, estábamos preparados para socorrer al personal del observatorio o suministrarles comida llegado el caso.

Las salidas por toda la isla eran constantes, llegando a dominar el terreno en diferentes alturas y tener identificados puntos de aguada, canales, potenciales zonas de reducto, etc.

El norte de la isla viene definido por la península de Anaga, inmenso bosque autóctono con un microclima especial que hace que sea anecdótico ver el sol cuando se está en su interior; más bien, los días pasan entre nieblas, brumas y lluvia. Otro lugar impresionante para instruirse.

Destacaría la subida que cada año realizábamos al Teide desde el nivel del mar, normalmente al finalizar una salida en la zona del Poris de Abona, pequeño campo de maniobras en la costa donde se encontraban antiguas instalaciones de un hospital que permitía instrucción de combate en población además de muchas otras prácticas.

Llevábamos todo el equipo y comida para los días de ascensión. De nuevo, hay que tener en cuenta que, aunque fuera normalmente el mes de noviembre, la temperatura a nivel de mar y baja altitud era bastante calurosa. Conforme se ganaba altitud, el sol también incrementaba su acción sobre nosotros para ir desplomándose la temperatura desde el momento en el que se iba perdiendo por el horizonte. El segundo día ya se descrestaban las alturas de Las Cañadas (más de 2200 m), y pernoctábamos en el circo. El tercer día se alcanzaba el refugio de Altavista a 3270 m (el más alto de España).

Resulta obvio imaginar que la falta de aclimatación al ascender desde el nivel del mar y llegar al refugio en solo tres jornadas, nos procuraba unos importantes dolores de cabeza y otras lindezas que, como siempre, se superaban con alegría y excelente espíritu.

Esa misma noche, nos levantábamos para ver amanecer y despuntar el sol en la cima del volcán (hace años prohibieron alcanzar la misma sin un permiso especial). El olor a azufre y los gases humeantes del pequeño cono de la cima intensifican la sensación de encontrarse en lo más alto de España.

A la visión sobre un infinito mar de nubes en la oscuridad, junto a una cruz que debido al frío y al viento algún año llegó a tener bastante hielo pegado en sus brazos, le sucedía en pocos segundos la luz de un sol que emergía con fuerza y que nos calentaba el rostro. La sombra que proyectaba el cono del Teide sobre el mar de nubes por el lado contrario al sol es una experiencia imposible de narrar. Otro privilegio de la COE 102.

Por supuesto, muchos más recuerdos tengo de Tenerife, pero mencionaré las maniobras de guerrillas, que lo eran de toda la Jefatura de Tropas. La COE era el enemigo a batir, lógicamente; el área de actuación, más de un cuarto de isla. Un terreno que conocíamos bien. Nuestro “reducto” a casi 2000 metros de altitud, algunos objetivos a 600 metros.

Descendíamos al anochecer (no teníamos gafas de visión nocturna en aquellos tiempos), por sendas estrechas de “malpaís” en zonas boscosas, se ejecutaba la acción y se volvía a la zona de reducto. Así casi todas las noches. Desniveles espectaculares. La forma física era impecable. Lo exigía el terreno. Ni qué decir tiene que después de una salida por zona de “malpaís”, las botas quedaban destrozadas por los cortes de la lava solidificada. Al final de las guerrillas se organizaba por parte de la Jefatura de Tropas un desfile en una de las poblaciones cercanas. La población tinerfeña siempre nos mostró su aprecio.

Para finalizar con Tenerife, citaré el inmenso orgullo y privilegio que supuso para todos los componentes de la COE 102, desfilar delante de Su Majestad el Rey el Día de la Fuerzas Armadas en el año 1986. La COE además formó parte activa en todas las actividades que se desarrollaron esa semana en la isla, incluido ejercicios propios y con helicópteros que fueron emitidos por la TV canaria.

Tenerife es una provincia a la que pertenecen las islas de La Gomera, La Palma y El Hierro. Eran estas otras islas, por tanto, también nuestra área de responsabilidad. Era fácil, cogíamos varios T-12 (Aviocar) del Ejército del Aire desde la puerta de casa en Los Rodeos y cambiábamos de isla. Días y noches de reconocimientos.

En La Palma, recuerdo la salida de supervivencia en la laguna de Barlovento al norte de la isla, bosque húmedo impresionante. Nos llovió bastante. También otra salida en el mes de julio en el que arrancamos desde el sur en Fuencaliente y ascendiendo por toda la cresta de la isla hacia los famosos observatorios del Roque de los Muchachos, teniendo a nuestros pies las profundas verticalidades de la Caldera de Taburiente.

Descendimos por una muy estrecha y vertiginosa senda (que hacía muchos años no se utilizaba por los lugareños según nos dijeron y que era digna de los autóctonos “percheros” de la isla), hasta llegar al fondo de la caldera donde nos refrescamos en el único río de “agua dulce” que existe en Canarias.

Un río de aguas ocres debido al hierro que portan. Salimos de la caldera por los Llanos de Aridane. Fue una salida dura pero inmensamente gratificante.

De El Hierro, recordar su crestería (cráter de volcán cortado a mitad), donde las sabinas se retuercen sobre sí mismas casi en ángulo de 360º debido a los vientos de los que goza la isla. El Lagarto Gigante tiene su hábitat en esta maravilla de isla.

Y de La Gomera, un pedrusco rocoso con barrancos interminables (de ahí sus famoso “silbido” como medio ancestral de comunicación entre vecinos), recuerdo una salida de escalada y topografía en la que, como en muchas otras ocasiones, nos cayó una tormenta una noche que arrancó todas las tiendas del campamento. El valle de Gran Rey y el Parque de Garajonay son joyas que también hollaron los pies de los guerrilleros de la COE 102.

Pero no solo tuvimos oportunidad de instruirnos en la provincia de Tenerife, también fuimos a Fuerteventura, isla de titularidad de nuestra COE hermana de Las Palmas de Gran Canaria.

Desierto pedregoso en el centro de la isla, desierto de arena en el sur en la península de Jandía. Ideal para prácticas de topografía y marchas mañana, tarde y noche. Para bañarse, carrera de 8 km hasta la playa de El Tarajal, para ducharse una vez, una palangana de agua que regulaba el brigada con absoluta rigurosidad ya que era él mismo el que nos la echaba.

En definitiva y como ya he expresado, no he encontrado a lo largo de mi vida militar mejor y más completo campo de instrucción que el disfrutado en las islas, en los que era posible experimentar prácticamente cualquier tipo de escenario.

Lo más importante: el guerrillero

He dejado para el final, sin duda, lo más importante: los guerrilleros.

Aquellos reclutas del CIR a los que se les cortaba por unos meses las vicisitudes rutinarias y veían interrumpidos proyectos, estudios y trabajos separándoles de la familia, amigos y entorno, se convertían en soldados tras el período de instrucción y la Jura de Bandera.

En las jornadas de captación que se realizaba con los reemplazos que correspondían a la COE, la cara de asombro, incredulidad, desapego y desinterés de los soldados podía ser la más generalizada; sin embargo, siempre había un pequeños grupo de “aventureros, inquietos o simplemente inconscientes” que decidían apuntarse en la lista con el absoluto desconocimiento de lo que vivirían y llegarían a descubrir de sí mismos en los meses posteriores.

El grupo representaba una muestra de la sociedad de aquella época, desde algún Ingeniero de Telecomunicaciones que había solicitado prórrogas hasta finalizar la carrera hasta algún minero que comenzó el oficio ayudando a su padre siendo aún un chaval y que poco pudo asistir al colegio. Entre ellos, todo el espectro social de aquella época.

A pesar de las enormes diferencias de procedencia social y cultural, les unía el interés, ya que debían de hacer el Servicio Militar, de sacar el máximo provecho y rendimiento a ese período. Algunos sin duda, convencidos por otro compañero. Consideraban que la COE, tan solo con lo visto y escuchado en la jornada de captación, podía cubrir sus expectativas. Obviamente, y por ellos confirmado entonces y ahora, “nunca pudieron imaginar lo que representaría para ellos llegar a portar la boina verde y el orgullo que supone haber sido merecedor de ella”.

Estoy seguro de que la gran mayoría, si no todos, se arrepintieron en algún momento de su decisión durante la fase de endurecimiento que se realizaba inmediatamente al incorporarse.

Día a día, semana a semana, mes a mes, llegaron a interiorizar el sufrimiento, a superarse a sí mismos, a automatizar reacciones, a ser más duros, más ágiles, con mayor confianza, en definitiva, a afrontar lo que viniera por delante con determinación y convencimiento y, todo ello y más importante, confiando en el binomio, en la patrulla, en sus compañeros.

La culminación de la prueba de la boina y la imposición de la misma por los veteranos les definía de por vida como GUERRILLEROS.

Con respecto de los mandos, creo que el único mérito que se nos podría adjudicar es el de haber querido ser sumamente ambiciosos en conseguir que nuestros guerrilleros se convirtieran en el combatiente más eficaz, en el de mayor espíritu de sacrificio, el de mayor autosuficiencia, en el más fiable en cualquier circunstancia. Creo que, con independencia de cualquier otra virtud, el no exigir nada que no estuviéramos dispuestos a hacer, el ir siempre delante, el servir de referencia en todo momento, en definitiva, el ejemplo, es lo que impulsaba a nuestros guerrilleros a no desfallecer jamás.

Han pasado casi cuarenta años desde entonces y resulta muy gratificante seguir en contacto con bastante de ellos y que entre ellos se mantenga ese espíritu de compañerismo al fundamentado en la boina verde.

Son ahora, con independencia de su situación y trabajo, comprometidos ciudadanos, buenos españoles que guardan con especial celo y recuerdo imborrable la boina verde en un lugar privilegiado en su hogar, posiblemente oculto, tanto como lo que supone llevarla clavada en lo más profundo de su corazón. Cada uno de ellos, la ganaron por derecho.

Quiero recordar a los que ya nos dejaron y se encuentran esperando en el Punto de Reunión Final al que sin duda acudiremos todos.

Un reconocimiento para mis primeros dos capitanes, mis amigos y compañeros tenientes, mis magníficos y eficaces suboficiales, mis veteranos y entregados cabos 1º y mis “indestructibles” guerrilleros de la COE 102, que ocupan un lugar muy especial en mi “nomadeo” de la vida.

Fue un auténtico orgullo y privilegio SERVIR en la COE 102.

Para finalizar, mi agradecimiento al general Bataller y su equipo por el excelente trabajo y la dedicación con cariño al hacer posible que salgan a la luz las Revistas BOINA VERDE  de nuestras queridas COE. Historia que jamás morirá mientras exista un boina verde en pie.

Un fuerte abrazo guerrillero para todos.

“El roble, nuestra fuerza. La boina verde, nuestra esperanza en la victoria. El cuchillo, nuestro orgullo y nuestra cruz”.

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