1º CONCURSO LITERARIO DE RELATO CORTO.

1º PREMIO: HERMANO

Autor: Santiago Ricardo Hernández Sáez

Cabo COE 32 GOE III Remplazo 5º 90

Dos hermanos, los Hernández, Santiago y Carlos, ingresaron en las FAS al mismo tiempo. Desde muy jóvenes la llamada de la milicia se hizo en ellos. Su vocación era inquebrantable, haciendo unos años después, y juntos, el curso de Operaciones Especiales. Convirtiéndose en dos boinas verdes o guerrilleros como se hacen llamar con orgullo. Ambos terminaron destinados en el GOE III, dentro del MOE, acuartelado en Rabasa.

El destino hizo que este lazo de unión, hiciera que ambos fueran destacados en Afganistán al mismo tiempo, en distintos equipos y misma base.

Un horizonte, próximo y lejano al mismo tiempo, iba cubriéndose por cúmulos. Un tímido sol proyectaba sus últimos rayos de presencia a través de un color rojizo y azul entremezclándolos de una extraña manera. El día se iba apagando. El asfixiante calor iba dando una tregua sobre la yerma tierra donde ingleses y rusos fracasaron antaño y donde una esperanzadora coalición tenía la expectativa de dar un halo de certidumbre al pueblo afgano. Se cernía ya la oscuridad que, inevitablemente, precede al ocaso, mientras el helicóptero Super Cougar EC 725, con los emblemas del Ejército del Aire y la leyenda en grande de ISAF, ponía sus turbinas a tope para una nueva misión, esta vez de rescate, elevando el vuelo entre una nube de polvo que las potentes aspas producían. Entre un remolino de polvo afgano, se elevó buscando el ocaso. Santiago iba en él.

La misión consistía en el rescate y extracción de un valioso cooperante de una conocida ONG que los talibanes tenían en su poder en calidad de rehén.

Amparado por la oscuridad, el aparato realizaba una maniobra de acercamiento al punto elegido para hacer descender a los seis boinas verdes elegidos para la misión.

Hernández era el primero. Agarrándose a la maroma para hacer el descenso con la técnica de fast rope, alcanzó el suelo firme en unos instantes. Cuando de repente, desde un lugar cercano, asomó la puntiaguda forma de un lanzagranadas RPG apuntando hacia la aeronave.

Un suboficial, que agarrado ya a la maroma para hacer el siguiente descenso, se dio cuenta.

—¡RPG, RPG! ¡Maniobra de evasión!

No le dio tiempo al piloto ni a procesar aquel mensaje de alarma y, mucho menos, a reaccionar. En la cola del Super Cougar impactó la mortífera granada disparada por los insurgentes, haciendo que éste girase sin control alguno sobre un eje imaginario que parecía diseñado por el mismísimo diablo talibán.

Santiago miraba hacia el aparato desconcertado, viendo como sus compañeros, los pilotos y la misión se iban al carajo.

No pudo dejar de apartar la mirada cuando la aeronave se estrellaba contra el suelo causando una gran explosión e incendiándose.

—¡Joder, joder! —exclamó Hernández en su desesperación.

Se tumbó cuerpo a tierra y empezó a estudiar el terreno. Sabía que el enemigo estaba cerca y lo habrían visto descender. En breve irían a por él. Tenía que salir de allí a la máxima urgencia —o como le gritaba su antiguo instructor, el sargento Vicario: “¡Cagando leches, neno!” —.

«¡Joder, que me la lían estos cabrones!» —pensó Santiago. Impactos de AK47 junto a su posición, rebotando en el suelo y levantando pequeñas nubes de polvo a su alrededor.

No tenía otra: el helicóptero derribado, sus compañeros abatidos, tenía que salir de allí como fuera. Se levantó del suelo medio agazapado, intentando no hacer una diana perfecta, se echó el HK417 a la cadera y se encaminó hacia unas dunas cercanas que le dieran abrigo.

Aparecieron de la nada dos figuras con sendas siluetas inconfundibles, la de unos AK47. No dudó un instante. Hizo fuego sin pensar, haciéndolas caer al instante. Miró en derredor e inició carrera tal, como si el Diablo le persiguiera, para el caso talibanes, que venía a ser lo mismo.

Exhausto llegó y se tiró al suelo, se cubrió apuntando el arma en la dirección del enemigo.

Se hizo el silencio por unos instantes. Nada ni nadie se movía, ni siquiera la poca y seca vegetación autóctona. El único superviviente solo podía alcanzar a ver el Súper Cougar ardiendo, haciendo de improvisada tumba para unos héroes que siempre merecían algo más, provocando una columna de humo negro que delataría la posición para que llegaran más insurgentes a la zona.

De pronto sonó a su espalda un “clack-clack” inconfundible, instintivamente se giró sobre su espalda apuntando con el HK417, que escupió inmisericordes salmos en forma de plomo envainado en cobre.

«Uno más, deberías haber montado ese AK antes de venir por mí, capullo». Acertó a pensar Hernández.

Pero la suerte no estaba del todo de su lado, una muy cercana explosión le alcanzó —una granada—. Gracias a que portaba el chaleco antifragmentos, sino es posible que no lo hubiera contado. Aún en schok y con un chorro de sangre recorriéndole la cara y el brazo con metralla, se incorporó como bien pudo, intentando ponerse en guardia. Con la manga del brazo sano se limpió la sangrante cara, le impedía la visión. Estaba herido.

«Estoy jodido, pero mi cabeza os va a costar cara, cabrones». Afirmaba en su cabeza.

El dolor era insoportable. Le dolía el brazo y el lado izquierdo de la cara, pero tenía claro una cosa: debía salir de allí y sobrevivir. Cambió el cargador y montó el arma.

El sol ya incidía sobre él. El sol afgano salía cada día independientemente de los hombres y sus actos. La sombra no estaba ni se le esperaba. El casco táctico le hacía de improvisado microondas, cosa que no ayudaba. Desfallecía por momentos.

Hasta que una voz lo sacó de su estado.

—¡Santi! —se oyó desde un lugar cercano.

Aquello sí que fue una sorpresa, una voz muy familiar le llamaba.

—¡Aquí, aquí! —gritaba el herido.

Una figura corrió la distancia que los separaba y se echó a tierra junto a Santiago.

—¡Carlos, hermano, ¿qué haces aquí?!

—He venido a salvarte, hermano pequeño. ¿Creías que te iba a dejar solo? —dijo el otro con una sonrisa en la boca — yo te sacaré de este infierno.

En ese preciso instante Santiago se desvaneció.

Su cuerpo —medio muerto— apareció cerca de las inmediaciones de su base. Rápidamente descubierto fue trasladado de urgencia.

Abrió los ojos en una cómoda cama en el hospital de campaña en la base, desconcertado.

Un médico, acompañado de un enfermero que estaba junto a él, dijo alegrándose:

—Hombre, Hernández, otra vez entre nosotros. Me alegro. Has tenido mucha suerte. Algunas horas más y no lo cuentas.

—¿Cómo está mi hermano, doc? Me trajo él, me salvó, estaba perdido y me rescató. Quiero saber cómo se encuentra y cuándo podré verle. Tengo tantas ganas de agradecérselo… —decía Santiago emocionado.

—Mañana hablaremos de eso. Descansa y recupérate pronto —dijo el médico al tiempo que agarraba del brazo al enfermero y dejaban el lugar poniendo cara seria.

Ante la extrañeza del enfermero, preguntó al doctor.

—¿Por qué nos vamos?

El médico contestó tristemente:

—Su hermano Carlos… fue baja el día anterior en una emboscada. Él aún no lo sabía cuando salió de misión. Es imposible que lo trajera hasta la base.

—Entonces, ¿quién lo trajo desde donde derribaron el Súper Cougar?

—Realmente… no lo sé… ¿crees que los guerrilleros son inmortales?

1º CONCURSO LITERARIO DE RELATO CORTO.

2º PREMIO: MI PRIMER MES EN LA COE 52

Autor: José Briones Giménez COE 52

Día 7 de enero, nueve de la mañana, entro para incorporarme por primera vez a la compañía.

-Buenos días.

¡Póngase en fila, coño!

El amable recibimiento lo da un sargento, nuestro futuro brigada. Me pongo en fila y recibo mi equipamiento consistente en mochilas, una sartén, ropa, saco de dormir y otros enseres.

Luego la música cambió.

-¡¡Un, os, eis aro!! ¡¡un, os, eis, aro!! ¡¡Venga, más rápidos!!

Estoy corriendo en dirección al campamento Baldorrias, cargado con mochila, cetme, un viejo máuser y una sartén cuya función militar desconozco. ¿Será una antena parabólica camuflada? Mi estómago rebota por el esfuerzo de la inesperada carrera, los poros de mi piel transpiran los cubatas de las fiestas navideñas, corro hecho polvo.

-¡¡Bigotes!! ¡¡Te atrasas, coño¡¡

“Bigotes” era yo, el que daba el toque otro sargento. Solo yo llevaba bigotillo, los demás reclutas iban afeitados. Me cagué en too, el bigotillo me visibilizaba. Llegamos al campamento donde recuperé el resuello. Hicimos instrucción, comimos, descansamos y más instrucción hasta la hora de cenar. Entonces descubrí la función de la sartén.

-Se les entregará un huevo, una patata y tocino y harán su cena que consistirá en un huevo frito con patatas fritas. Se pasará revista a lo cocinado.

Me quedé con cara de marciano, nunca había cocinado. ¿Un huevo frito? ¿Patatas fritas? ¿Cómo se hacía eso? ¡No te explicaban nada! ¡¡Ni una teórica de cómo hacer un huevo frito!! Un compañero me dio instrucciones y sí, más o menos, aquello se pudo reconocer como una especie de huevo frito desconocido para la ciencia. Llegó la revisión. El capitán con cara impasible, no sabías si iba a darte una hostia o a felicitarte, revisó las sartenes tirando algunas cenas por considerar que estaban mal hechas. A un compañero le tiró la patata por hacerla a la brasa. El compañero insistía: “Está más buena”. El capi no debatía: “He dicho patatas fritas” ¡Zas! Patata al suelo.

Antes que lo preguntéis, responderé a la pregunta que me han hecho muchas veces: ¿Por qué fuiste voluntario a una compañía que no era un sitio de reposo precisamente? Tenía 20 años, lleno de vitalidad, practicaba regularmente pesca submarina, espeleología y escalada así que me pareció razonable enrolarme en un sitio en el que pudiera seguir desarrollando actividades. Había visto un programa televisivo que se llamaba “Por tierra, mar y aire” en el que salía una compañía de guerrilleros haciendo prácticas, llamándome la atención que usaran ballestas para silenciar centinelas.

Llegó la noche, el cuerpo agotado.  Montamos las tiendas de campaña también revisadas y alguna derribada por mal montaje.

Dos de la madrugada, estoy profundamente dormido cuando suena un silbato: En la tienda nadie quiere salir del saco para ver qué pasa. Finalmente, asomo tímidamente mi cabeza por la apertura para mirar, impactando con una mano que me llena la cara de dedos.

-¡¡Bigotes, a formar, coño!!

Era el sargento. Salimos corriendo mal vistiéndonos y formando.        

-¡Estén listos para formar rápidamente en cualquier momento! Cuando suene un silbato o una orden, actúen rápido. Ahora camúflense, píntense la cara de negro.

-¿Con qué? -un valiente se atrevió a preguntar-

-¡Con carbón, con barro, con lo que tengan a mano, coño! ¡El enemigo no traerá las pinturas!

Miré a mi alrededor, carbón no había y aquel suelo estaba más seco que mi cartilla de ahorros. El valiente insistió.

-No hay barro.

-¿Qué no? Ya está poniéndose a mear ahora mismo y con ese barro se pinta la cara.

Automáticamente todos encontramos barro para pintarnos.

Los demás días del campamento fueron parecidos: maniobras de camuflaje, paso ligero, pista americana y ejercicios de tiro empleando

más tiempo en recoger vainas que en disparar. Pensaba: “En las películas, John Wayne nunca recoge vainas”.

Un sargento me bautizó “bigotes”, escuchando yo siempre “bigotes tal, bigotes cual”. Me sentía una diana, así que decidí afeitarme para pasar desapercibido.

-Bigotes, aunque te afeites te reconozco -fue lo primero que dijo cuando me vio.

Llevábamos más de una semana sin afeitarnos y al afeitarme me quedó un “blanco” bajo la nariz, visibilizándome más.

El equipamiento dejaba que desear. Cada mañana, media compañía empujaba nuestro camión para arrancarlo. Decían que era donación de la “colaboración norteamericana”, un recuerdo de la guerra de Corea. Recordé el programa del guerrillero con ballesta: “¡Uf! Muy modernamente equipados no estamos, no”.

Trabé amistad con unos sabañones que me salieron en las orejas por el frío del dormitorio. Barbastro en invierno es frío y húmedo. Recuerdo afrontar las noches vestido con traje hidrofugado, saco de dormir y dos mantas, así y todo, pasaba frío. Por las mañanas iba a los ventanales a rascar la escarcha interior formada por la respiración. No había calefacción.

Llegaron nuestras primeras maniobras, las de esquí. En la compañía sabiendo esquiar no debían haber más de cinco o seis. Yo solo había visto la nieve en 1963 con 9 años en Barcelona.

Los mandos organizaron prácticas de esquí en un suelo con paja. Se nos dotó de esquís marca Sancheski y botas mixtas de escalada y esquí que, como nuestro capitán dijo, “son botas mixtas, para esquí y escalada; es decir, no sirven ni para esquiar ni para escalar”. El capitán autorizó a quien quisiera traer sus propias botas. Pocos lo hicieron.

-Bigotes, recoge tus botas de esquiar qu´estás alelao.

-A la orden, mi sargento.

-Recogí mis botas mixtas, pero al ser de los últimos ya no quedaban mi número. Calzo un 40 y tuve la fortuna de conseguir un 42 para mi pie izquierdo. Para el derecho solo quedó un 45 y del pie izquierdo. Me iba grande. Era cuestión de poner más capas de calcetines.

-¡Aprenderán a dar la “vuelta María”! Levanten el pie derecho, giren hacia ese lado 90º, apoyen el   pie en el suelo y coloquen el izquierdo en paralelo.

-¡Joder! ¡Qué fácil! Eso está chupao.

Chupao quedó el suelo de Rioseta con los morrazos que me di en él. La primera práctica fue en una zona que nunca visitaba el sol, con el suelo helado, en la que sostenerse de pie requería una habilidad extraordinaria para un novato como yo.

Al día siguiente tocó “Tobazo” pista negra de Candanchú, donde logré batir un récord que no sé si, a día de hoy, habrá sido superado: logré bajar tras 3 o 4 horas sin poder levantarme del suelo más que una o dos veces. Empapado hasta los tuétanos llegué.

Las maniobras duraron 20 días. 8 horas diarias esquiando. Caídas constantes y vuelta a levantarse, pero fuimos aprendiendo. El último día hicimos una exhibición; bajamos en formación, con mochila, cetme y saltando un pequeño trampolín de nieve. Formó la compañía, nos felicitaron y rompimos filas gritando ¡¡COE!!

En 30 días había aprendido a mal cocinar, sufrido frío todas las noches, empujado un camión que no arrancaba nunca, aprendido a esquiar con calzado inadecuado… y me sentía orgulloso. Las dificultades me enardecían, las minimizaba. Entendí porque los veteranos gritaban ¡¡COE!! con tanta pasión cuando rompíamos filas.

Desconozco si ya tenía espíritu de lucha latente y allí se acabó de despertar o lo adquirí, pero lo que yo llamo espíritu COE siempre me ha ayudado a enfrentarme a los problemas.

   ENHORABUENA A LOS DOS PREMIADOS

Anunciamos el 2º Concurso con un aumento del nº palabras del relato: entre 500 y 2500.

 

2 comentarios

  1. Me uno a la enhorabuena de cada uno de los dos premiados. Quien escribe es un compañero que sirvió en la la COE 22 de Huelva, reemplazo 1974/75, nacido en Málaga y que reside actualmente en Madrid. Saludos cordiales para todos y Felices Navidades 2021 en compañía de vuestras familias.

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