Primer Curso de Buceador de Combate para Guerrilleros

Coronel Juan Zato Paadín.    

Antiguo teniente de la COE 41 y 61 y capitán de la COE 52 y 82

Al iniciarse la década de los años 70, existían tres Ministerios militares,  el de  Tierra, Marina y Aire que, en aquel entonces, funcionaban “casi por libre”. Excepto en colaboraciones puntuales y ejercicios combinados, que eran más bien pocos, tenían una autonomía y directrices propias, con cotos cerrados a la hora de permitir el acceso de  oficiales y suboficiales de los otros ejércitos que entraban con cuentagotas a los cursos de especialización. Se hacía imperiosa la necesidad de creación de un Ministerio de Defensa que regulase adecuadamente la Defensa Nacional y la debida conexión entre sus ejércitos, con un funcionamiento común. Tardaría ello unos cuantos años más aún, hasta el advenimiento de la democracia.

El curso de Operaciones Especiales de la Escuela de Jaca (profesores) y las COE del Ejército de Tierra (ET) necesitaban buceadores (mandos) debidamente formados en el tiempo y con los medios adecuados. Ello solo se podía alcanzar en el Centro de Buceo de la Armada (CBA). En el ET únicamente unos poquitos habían efectuado el Curso de Buceador en Cartagena y, generalmente, eran profesores del Curso de OE en Jaca. Era necesario ampliar el número, máxime cuando ya se estaban necesitando urgentemente buceadores en el Arma de Ingenieros y en la Guardia Civil. Los tiempos apretaban y las necesidades se echaban encima.

El Estado Mayor Central (EMC) de entonces atendió, por fin, la solicitud del Curso de OE y COE y se publicó, para tenientes diplomados en OE y destinados en esas unidades, el 1º Curso de Buceadores de Combate, a efectuar en el CBA, en Cartagena.

Componían el curso nueve tenientes, seis del ET: Perote, Albero, Simón, Pinto, Valenzuela y Zato, más dos de Infantería de Marina destinados en el TEAR de Armada y uno de la Guardia Civil, Miranda. Nos sometieron a un reconocimiento médico tremendo. Ninguno de nosotros salió ileso, pues, al parecer, casualmente todos los boinas verdes teníamos algún inconveniente: desvío nasal, dedo torcido, caries, falta de agudeza visual plena, otitis variadas, principio de sinusitis, etc.  Supusimos que podía ser una especie de “venganza” de la Armada a la que no le debió sentar muy bien la imposición del EMC de que personal de otros ejércitos realizasen un curso hasta entonces reservado en exclusiva para los marinos. Afortunadamente todo se solventó tras las debidas aclaraciones posteriores a cargo de la Escuela de Jaca y del Ejército de Tierra.

Nos presentamos en  el CBA el 10 de enero de 1974. Este centro estaba dentro de la Estación Naval de La Algameca, a continuación, y siguiendo la línea de costa, del Arsenal Naval de Cartagena. Se ubicaba allí, dentro del gran recinto de muchas hectáreas de extensión, el Tercio de Levante de Infantería de Marina, la Algameca, la Unidad Especial de Buceadores de Combate (UEBC) de la Armada y el mencionado Centro de Formación: el CBA. Más alejadas, en la carretera auxiliar, se hallaban las instalaciones de recreo y las casas militares, cercadas en su totalidad, heredadas de la Navy Americana que fue quien las proyectó, construyó y habitó en su tiempo.  En aquel entonces todo el conjunto había pasado, en su totalidad, a la Armada Española.

Con un capitán de navío a su mando, D. Alfredo Ríos en aquel entonces, el CBA comprendía la Unidad de Experiencias, Medicina del Buceo, Cursos de Buceador Ayudante, que formaba la tropa de la UEBC, Curso de Buceadores de Combate, Curso de Buceador de Averías y Cursos de Buzo clásico de pequeña y gran profundidad. Los profesores eran oficiales y suboficiales de la Armada e Infantería de Marina, bajo el mando de un capitán de fragata.

Todas las instalaciones eran modernas, funcionales y adecuadas a las distintas labores a desarrollar. Circundaban el protegido puerto interior donde permanecían atracadas toda clase de embarcaciones a utilizar en las diferentes prácticas y necesidades de todos los cursos que se impartían. 

Cada día, a las 08:00 h estábamos los nueve alumnos, con nuestro profesor, formados y dispuestos a la paliza matutina de Cross, subiendo y bajando por las laderas del recordado Monte Roldan, que abrazaba la base. El recorrido acababa, invariablemente, desde enero hasta junio, con chapuzón final directo en el pantalán del muelle. Ducha, desayuno y a las 09:45 h en el aula para empezar las clases. Técnica de buceo, medicina de buceo, equipos y materiales diversos, cámaras de descompresión, problemas y supuestos varios a resolver ocupaban nuestro tiempo lectivo. A continuación, sobre las 11:00 h, equipados con nuestros equipos de inmersión, en un principio de aire comprimido solamente, salíamos a efectuar recorridos e inmersiones diversas en profundidad, sitios y formas. Se comía en el mismo CBA.

Las tardes se dedicaban a recorridos en superficie; empleo y conocimiento de material y medios, iniciación a tácticas y métodos. Dos noches a la semana teníamos inmersiones, recorridos nocturnos y ejercicios varios relacionados con las prácticas recibidas. Los sábados -en aquel entonces se trabajaba también los sábados por las mañanas- teníamos de práctica lo que los marinos llamaban “la milla contra reloj”: dos boyas fondeadas a media milla de distancia una de otra, en la dársena exterior, marcaban el recorrido de superficie, con aletas y equipo de superficie, que debíamos recorrer en un tiempo máximo. El mínimo estaba establecido en los “anales” del CBA. El teniente Jaime Perote (luego estuvo de teniente en la 8ª compañía de guerrilleros del 3º Tercio sahariano, de comandante mandó el GOE III y de teniente coronel fue jefe de la BOEL), un fenómeno en el agua, logró batirlo, lo que causó un ligero pique entre los marinos del CBA.

Los nueve éramos buenos en este medio acuático y teníamos suficiente experiencia en prácticas y enseñanza con nuestros guerrilleros en las COE donde estábamos destinados, pero veíamos claramente que los medios de que disponíamos y que estábamos usando y las enseñanzas teóricas y prácticas que nos impartían en el CBA, podían completar perfectamente los conocimientos que cada uno traía consigo.
Nuestros profesores se dieron cuenta claramente que no éramos novatos, más bien todo lo contrario, así que el nivel de exigencia en nuestra formación se convirtió en francamente duro.

Al finalizar los tres primeros meses te otorgaban el Curso Básico y, tres meses más tarde, el de Buceador de Combate, tras superar una fase, la de combate, que era dura y áspera, pero muy completa e instructiva. Empezamos a usar, manejar y ejercitar con equipos especiales de inmersión de mezclas de gases en diferentes porcentajes, oxigeno, nitrógeno, aire comprimido, etc., según clase de trabajo, tiempo y variables diversas de altura, frialdad, profundidad y tiempo de trabajo.

A la par, nos compenetrábamos con nuestros equipos de buceo de combate, ligeros equipos que se portan en el pecho, de circuito cerrado de oxígeno al 80% y que no emite burbujas al exterior, sino que el gas inhalado se expira por la tráquea derecha desde la boquilla, pasa por un filtro granulado llamado Bacal, se regenera y se vuelve a inspirar por la boquilla izquierda. El oxígeno lo proporciona una pequeña botella lateral, dentro del caparazón del equipo.

Estos equipos son los de incursión a costa u objetivo fijo en mar. Con ellos no puedes sumergirte a más de 10 m de profundidad porque entrarías, fácilmente, en hiperoxia o intoxicación por inhalación de exceso de oxígeno. Yo tuve una mala experiencia una noche con uno de estos equipos, por fallo del depósito de granulado de Bacal. Me puse malísimo y me evacuaron. Afortunadamente me recuperé y nos sirvió a todos los alumnos para ser conscientes de los peligros del buceo.

Una inmersión nocturna con estos equipos, portando explosivos o artefactos diversos de demolición no es ninguna tontería y exige una preparación exhaustiva y una realización perfecta. Reconocimientos de playas de todo tipo, incursiones sobre buques y objetivos fijos, colocación de artefactos, infiltraciones y exfiltraciones en tierra, bogas de combate, limpieza -previa a desembarcos- de obstáculos en fondos de playas por medio de explosivos… formaban nuestras actividades usuales dentro del desarrollo del curso. ¡Vamos, un poquito “pasados por agua” sí estábamos, sí!

 Hubo un día que fue muy especial para nosotros. De mañana temprano en el arsenal de Cartagena embarcamos en el submarino Marsopa. Las prácticas consistían en llevar a cabo una salida de emergencia, mediante “escape libre”, del submarino varado a unos 15/20 metros de profundidad, por la escotilla de escape para, a continuación, efectuar aproximación a tierra mediante balsas neumáticas especiales, incursión en tierra sobre objetivo predeterminado, ataque y voladura y, posteriormente, exfiltración por el mismo medio. 

La salida por la escotilla de escape no era “moco de pavo” e imponía respeto de verdad y atención concentrada. Una escotilla en la parte superior te introducía, ya vestido con el equipo de combate oportuno, en un cilindro en el que apenas te podías mover. Encima de tu cabeza la compuerta de otra escotilla que daba, ya, al espacio exterior, al agua. Se cerraba la escotilla inferior. Se te avisaba, por el interfono, que se iba a proceder a la inundación del cilindro donde tú te encontrabas, al objeto de igualar presiones. ¡Empezaba el acojone!  Te preparabas, veías y notabas como el agua subía e inundaba el espacio cilíndrico en el que te encontrabas. Cuando el agua te sobrepasaba y cubría el habitáculo abrías, ya haciendo apnea y con cuarto de vuelta a la tapa superior, levantabas la compuerta, salías, cerrabas con un golpe, mirabas para arriba y, con escape libre, llegabas a superficie. El ejercicio te “hacía mayor”… ¡bufff! 

Una vez allí, te aproximabas al bote neumático, lastrado al submarino, esperabas a los compañeros, liberábamos el bote, ajustábamos los equipos y…a cumplir la misión planeada. La experiencia era de las que se te quedan en la memoria para después contarla… ¡sin duda!

Pasamos unos días en la Unidad de Experiencias y en la cámara de descompresión al objeto de conocer y manejar los incipientes equipos, en aquellos años, de helio y mezclas: Nitrox y Trimex, con los que se podían alcanzar tiempos de trabajo y profundidades extremas. Se empezaba a experimentar con campanas y narguilés, a gran profundidad. 

El tiempo y los meses pasaban. El curso iba tocando a su fin y notábamos, francamente, que la experiencia y enseñanzas recibidas habían sido completas y satisfactorias. Lo que, en un principio, al llegar al CBA, considerábamos como “territorio hostil”, se convirtió, al final, en un centro de amigos y nuevos conocimientos y experiencias que, a pesar de los muchos años transcurridos, las añoro y las vuelvo a “vivir” con cariño e intensamente.

En la explanada del Centro de Buceo, un día del mes de julio de 1974, el almirante de la Zona nos prendió en los uniformes de los nueve alumnos el ancla, aletas y puñal terciado que conforman el distintivo de Buceador de Combate de la Armada. Todos nosotros partimos a nuestros destinos, plenos y satisfechos con lo efectuado y conseguido en los seis meses que, con dudas y recelos, empezaron en aquel lejano 8 de enero. Éramos los primeros mandos guerrilleros convocados al curso de Buceador de Combate de la Armada.

Como curiosidad os diré que el capitán De la Figuera, del Arma de Ingenieros, intentó que le dejarán hacer este primer curso, pero no lo consiguió (no era diplomado en OE). Incansable luchador, logró realizar el convocado al año siguiente. Su objetivo era crear un centro de buceo en aguas interiores para personal de pontoneros y zapadores de ingenieros. Tras muchas gestiones, dos años más tarde, creo recordar, alcanzó su objetivo. Yo entonces había ascendido a capitán y mandaba la COE 52 de Barbastro. Me vino a ver para que le asesorará en la elección de uno de los pantanos que habitualmente utilizaba la COE para sus prácticas de combate en agua. Le dije que el de El Grado, le presenté al ingeniero que lo tenía a cargo y así empezaron los primeros cursos del Ejército de Tierra, el de Buceador de Asalto y el de Zapador Anfibio para personal de ingenieros y, poco después, también para mandos diplomados en OE e incluso tropa guerrillera. De algún modo, sustituyeron al Curso Básico y al de Combate de la Armada.

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