Valentín Río  “Tiningo el Brujo”

Prólogo

Fui médico de la COE 101 y mi sobrenombre “el Brujo”, aunque todos me conocen por mi mote civil: Tiningo, deformación aumentada de Valentín.

Estos relatos recogen recuerdos filtrados y recuperados por mi frágil memoria. Los personajes son reales y algunos de ellos puede que estén insuficientemente tratados o no se reconozcan. No estamos todos los miembros de la compañía a nivel nominal, pero si emocional.

Está escrito con el orgullo y la satisfacción y de haber pertenecido al cuerpo de Operaciones Especiales y, desde el respeto a todos y cada uno  de los que cumplimos con nuestro servicio militar, considero que esa experiencia fue un verdadero privilegio y, como a muchos de nosotros, marcó el futuro de mi vida.

Espinas y barrigazos

Septiembre de 1984, Campos de Mallorca.

En la costa de la isla de Mallorca, la piel de los turistas se tornaba roja al exponer sus cuerpos lácteos al mismo sol y la de los nativos en oscuros morenos en las playas de aquella isla. El destino de una treintena de jóvenes veinteañeros no era tan hedonista. Todo lo contrario. Y yo, accidentalmente por ser médico, era uno de ellos.  Eran chicos rústicos, aunque alguno era culto y bien preparado, vacilones, desvergonzados, inquietos y anhelantes de convertirse en algo. Por eso aceptaron ese trato de dureza espartana. Llegamos como reclutas a principio de julio, y ahora, tras haber jurado bandera y disfrutado de un pequeño permiso, éramos soldados recién llegados a la Compañía de Operaciones Especiales.

Como lagartos nos arrastrábamos por un suelo pedregoso. Los labios hinchados, escupiendo el polvo, relamiendo la sal de nuestro propio sudor, las espaldas húmedas de sudor y sintiendo los rasgones de lajas cizallando nuestros uniformes color verde OTAN como quien dice con seis días de uso y ya parecía que tuviesen seis años. Había perdido el apresto y estaban llenos de abrojos y olían a sudor y a estiércol, propio y ajeno.

Con un sol cenital, escándalo de moscas y chicharras, olor a hinojo y a romero, árbol a árbol, zanja a zanja, debíamos ocupar las terrazas delimitadas por los muros de piedra seca de aquel campo militar que un día fue agrícola.

Llevábamos seis días de calor salvaje. La mirada de aquel período de instrucción. Y todos estábamos arrepentidos, los codos y las rodillas, desolladas, la piel achicharrada, el sudor cuarteando el polvo seco de nuestros rostros, sintiendo las moscas y viéndole la cara a los insectos en cada barrigazo al recibir la orden de cuerpo a tierra.

Nuestras cabezas eran como badajos bajo el peso del casco metálico. De vez en cuando alguno recibía una pedrada certera ¡clonk! que le hacía sentirse una campana.

—¡Agacha la cabeza o estás muerto, capullo!

Los perros mordisqueaban nuestras pantorrillas y avanzábamos con la mochilas de combate bailando en la espalda, atentos a la nueva orden para avanzar corriendo tan solo unos pasos, de árbol en árbol, buscando la cobertura de los muros de piedras y sintiendo como los tocones resecos de barro se desprendían al avanzar reduciendo silueta. Sentíamos la tortura de los cantos golpeando nuestras costillas cada vez que escuchábamos la orden de cuerpo a tierra.

Los escasos segundos de reposo en los que cada uno escuchaba solo sus propios jadeos y el zumbido de los insectos mascullábamos en silencio nuestra rabia. Nos jodía saber que en aquella isla había gente como nosotros que disfrutaban de ser jóvenes y estar vivos. Quizás estaban saciando su sed con cervezas heladas o refrescos, mientras nosotros, deshidratándonos y con un sudor animal mataríamos por poder disfrutar de las tres gotas remanentes de nuestras cantimploras metálicas.

¿Estábamos en guerra? No, pero lo parecía. Vi a mi izquierda al cabo que guiaba nuestro pelotón. Hizo unas señales que entendimos y respondimos todos. Asalto final.

—¡Ahora!

Como demonios envenenados en nuestra propia mala leche, el corazón herniándose por la boca y los cojones por delante asaltamos el montículo desde el que nos hostigaba un nido de ametralladora con balas de fogueo y el grito de triunfo, los brazos en alto y los abrazos rabiosos anestesiamos todo el dolor y la mala leche destilada.

Extenuados, bajo la tenacidad del sol del medio día, nos dejaron descansar diez minutos. Nadie habló. Estábamos hartos de realizar avances y retrocesos, de cubrirnos y de golpearnos con todas las piedras del camino, de tirarnos cuerpo a tierra. Las ropas y los cabellos rapados rebozados de espinas y abrojos. Cerramos los ojos. Los perros, unos pastores alemanes, se pasearon entre nuestros cuerpos olisqueándonos, mientras escuchábamos solo el escándalo de las chicharras y el zumbar de las pegajosas moscas que acudían a libar nuestro sudor. Percibí, mientras sentía fluir mi propio sudor por el rostro y el cuerpo buscar la tierra, la sinfonía de sonidos que nos pasa desapercibidos durante los días de canícula, el mismo que se repite año tras año, desde tiempos inmemoriales. Me abandoné. Solo quise ser consciente de que respiraba, que olía y escuchaba. Los ojos azules de mi novia vinieron a mi encuentro. Imaginé su cuerpo recortándose a contraluz, ofreciéndome sus pechos desnudos y su boca para que bebiera de su saliva. Saltaba sobre mí, pero no para luchar cuerpo a cuerpo, ¿o sí?  Me excité con aquella angelical fantasía. Estaba vivo.

Giré el rostro. Un mundo en miniatura apareció ante mí. Real. De insectos avanzando en fila arrastrando los cadáveres de otros insectos, y el sonido del campo rodeándolo todo. El sonido de la paz, ¿quizás de la muerte? ¿Sería así morir?

—¡A formar!

El grito nos volvió a todos a la realidad. Formamos sacando fuerzas de donde no teníamos. El cabo pasó a la carrera contando la formación y, al mismo paso, se acercó al centro del grupo para darle novedades al sargento. A mi espaldas, un sevillano comentó en voz baja.

Uh, que ganas tengo de comerme, aunque zea unas lentehitas.

No hubo opción ni para una sonrisa. La voz del sargento rugió:

—¡Firmes, ar!

La respuesta habitual del taconazo. La perspectiva de poder comer pareció otorgarnos un poco de energía.

—El capitán ha ordenado que todos estéis a las 14h en el punto de encuentro. Un kilómetro a la derecha del parque de tiro nº4 (PT4)

No tuvimos tiempo de réplica. Siguió las órdenes de tercien armas, altas: ¡De frente, paso ligero! Y el ladrido que iniciaba el trote de la sección levantando una nube de polvo. Tres berridos y dos advertencias dejaron claro que no se perdonaba el claudicar. A los cien metros se permitió correr a discreción y abandonar la formación para conseguir el objetivo. Como cada día, volvíamos a paso ligero a nuestro campamento de maniobras. La diferencia es que ahora teníamos un nuevo reto.

Desunidos, en un pegoteo de almas agotadas, llegamos. Todos destrozados, derrotados, vencidos y, tal como llegábamos, nos tirábamos al suelo. El capitán, reloj en mano, cronometraba que la columna llegase dentro del tiempo exigido. No lo habíamos conseguido. El último hombre llegó dos minutos más tarde de lo que los mandos nos habían fijado.

El sargento cruzó una mirada con el capitán y el teniente y ordenó al cabo que mandase a formar. El bisoño veterano, crecido con sus galones rojos en las hombreras, gritó con voz engolada:

— ¡A formar!

La gente se levantó con parsimonia. Él recriminó la actitud a alguno y se llevó un par de comentarios de dos más gallos que él. Como un perro pastor, rodeo la formación y corrió adelante para gritar:

—¡Atención! ¡Firmes! ¡Auúu!

Respondimos todos con un taconazo con consciente marcialidad pese a estar hechos unas piltrafas y ante la expectativa de comer pronto. El cabo nos miró a todos, temeroso. Se sabía observado. Debía mostrarse duro y de nuevo con el silencio bajo el zumbido de insectos y ahora nuestros propios ruidos internos, el cabo giró sobre sus talones, 90º y con un taconazo y un saludo abierto y rudo dio las novedades al sargento, también sudado, al igual que el teniente que se encontraba un poco más atrás. Oficiales y suboficiales habían estado con nosotros en el campo y habían corrido junto a nosotros.

El sargento dirigió una mirada inquietante al grupo y espero recibir las novedades del cabo:

Un taconazo marcial sacudió el suelo.

––¡A la orden, mi sargento! ¡Forman 32 hombres, sin novedad!

El sargento correspondió con un saludo marcial y un taconazo, dándose por enterado.

—¡Cabo, ordene descanso y pase a la formación!

 —¡A la orden, mi sargento!

Respondió el cabo con un nuevo saludo y taconazo. Se giró y dio la orden con aullido seco.

––¡Descanso! ¡Aúuua!

Un nuevo estruendo de botas pateando el suelo. El cabo pasó a la formación y la cadena de mando transmitió las novedades del sargento al teniente y del teniente al capitán, cada uno repitiendo la misma ceremonia pasando por el firmes y descanso.

Todos intentábamos mantenernos dignos, aunque nuestras gargantas era estropajos. Los taconazos sonaban cada vez más fuertes al descubrir el rictus serio del capitán, con su mirada acechó sobre todos nosotros, con sus labios apretados, contenido, iracundo, intuimos que algo malo iba a suceder. Nos mantuvo en firmes, sin dar la orden de “descanso”. Todos buscamos el cielo para no cruzarnos con sus ojos en llamas. Nos tuvo allí firmes, como estacas, rígidos bajo el sol de mediodía casi diez minutos. Se cortaba el aire y la visión, por momentos, se nos tornaba borrosa.

Con parsimonia y paso firme, en actitud hostil se acercó y recorrió el frente de la formación. Luego, con paso lento, pasó revista por entre las filas mirándonos uno a uno, corrigiendo con brusquedad cualquier postura incorrecta en “sus soldados”. Un casco ladeado, un arma mal sujeta, una mochila mal colocada, una actitud poco firme era reprendida con una sacudida que avergonzó a quien la recibía pero que a todos nos afectaba. Nos buscó los ojos y todos se los evitamos mirando hacia el infinito. Los esfínteres se contrajeron. Sin decir palabra, recorrió toda la primera fila de nuestra maltrecha columna. Luego la segunda. Luego la tercera. Las gotas de sudor fluían como agua de deshielo bajo los cascos de combate cubiertos de tela mimética y mustias hojas de camuflaje, formando lagos de agua salada en nuestros barbuquejos. La cara se nos cuarteó al secarse la tierra en la que estábamos rebozados. Las moscas acudieron y bebían de nuestros labios y arreciaron en su molestia, se multiplicaron, se cebaron en las heridas nuevas y en las costras viejas reabiertas en nuestros codos y nuestras manos. Teníamos la tela de nuestros uniformes de batalla adherida a nuestra piel, recubierta de barro cuarteado y cardos enganchados y olor a urea. Bajo el uniforme, nuestro propio sudor empapaba uniformes y calzoncillos. Nadie se atrevió a abandonar la posición de firmes; el mentón alto, mirando el cielo medio obnubilados; con los oídos zumbando; los corazones latiendo y los pies hirviendo con el fango pestilente que se nos había colado en las botas. Estábamos agotados. Humillados. Éramos una sección “derrotada” en espera de cómo y de qué forma iba a ser diezmada. El capitán se dirigió al hombre que encabezaba la formación, alto como un castillo.

— ¿Cuál fue mi orden?

—¡Estar en el punto de reunión a las 14:00!, mi capitán!

—¿Y a qué hora habéis llegado?

—¡No lo sé, mi capitán!

—¿Nadie sabe a qué hora ha llegado el último?

—¡A las 14:02, mi capitán! — dijo uno tragando saliva.

El silencio presagió una catástrofe. El teniente de la sección y los dos sargentos permanecían en silencio, con el gesto severo, y un rictus que impresionaba, en un segundo plano. Los perros sentados a sus pies, con sus lenguas fuera y jadeando. Desde el anonimato de la tercera fila, alguien suplicó.

—¡No se ha cumplido mi orden!

—¡No podíamos más, mi capitán!  ¡Estamos agotados!

Al detectar la reacción de la pupilas y el rictus de los mandos, los esfínteres se nos constriñeron de golpe.

— ¿He oído que alguien ha dicho que no podéis?

La sangre se nos bajó a los pies y nos pareció que el soleado día se cubría de una negra noche. El cielo podría abrirse en cualquier momento y un rayo nos fulminaría.

—¿He oído bien que alguien que lleva en su hombro el emblema de la COE “no puede”?

Las tripas se revolucionaron y hubiésemos preferido que la tierra nos hubiese tragado. Un nuevo silencio y un mal presagio precedido por una nueva bronca:

––¿Y vosotros queréis llevar una “boina verde”?

La mirada del capitán podía cortar por la mitad a cualquiera como si de un rayo láser se tratase.

— ¡Una boina verde no la lleva cualquiera! ¡Hay que ganarla! ¡con sangre y con sudor!

Cada frase le seguía un silencio, un chorreo que invitaba a orinarse encima.

— ¡Para un COE no hay nada imposible! ¡Y nada es nada! ¡Nunca hay nada imposible! ¿Se entiende?

La última frase fue en un tono mucho más alto para descender a un tono muy penetrante.

— ¡Y ahora vais a demostrármelo!

Estábamos formados en un campo de maniobras militar pedregoso, de cultivos de secano, que tiempo atrás fue un campo de almendros y de trigo. Hoy era un pedregal con zarzas que alcanzaban más de un metro. Detrás nuestro teníamos un terreno enmarañado de unos cien metros preñado de espinos.

El capitán ladró, con voz de trueno:

—¡Media vuelta! “Aúua!”

Todos respondimos como uno, en dos tiempos. Quedamos mirando a un muro de zarzas se nos antojó una impenetrable barrera de alambre de espinos vegetal. Intuimos la orden ante de que la transmitiera la voz del capitán. Nuestros temores empezaron a tomar cuerpo.

—¡Cuerpo a tierra! “¡Auúa!”

Más que estirarnos, caímos “a saco”.

—¡Quiero a toda la sección al otro lado, en dos minutos!

Un silencio denso.

 —¡Se pasará cuerpo a tierra, sin levantar el cuerpo del suelo! ¡A mi orden, empezar! ¡Dos minutos!

“Auúa!”

Nos mordimos los labios y sacando coraje de donde se guarda. Nos convertimos en cocodrilos y, con lágrimas de ídem, atravesamos aquel zarzal dejándonos jirones de piel, de orgullo y fragmentos de tela de nuestros M-67. Avanzamos tragándonos las lágrimas, anestesiados de ira, insensibles al dolor, heridos en nuestro orgullo. Nadie osó quedarse atrás. Todos, absolutamente todos, llegamos, antes de consumirse el tiempo estipulado. Con las nuevas heridas escociendo, permanecimos con las mejillas apoyadas en el polvo durante minutos, jadeando vencidos y a la par vencedores. Aquella sensación se me antojó más próxima al umbral de la muerte que la que había sentido tras tomar la cota de las ametralladoras. Todo se concentraba en aquellos ciento ochenta grados de visión de polvo y piedras que se me antojaron un paraíso terrenal.

Mientras, de nuevo, una fila de hormigas se paseaba indolentes por delante de mi rostro. Llevaban en procesión el cadáver desguazado de una libélula. ¿Sería esa la sensación que sentiría un soldado herido además del profundo dolor de sus entrañas quemadas y destrozadas? Sería alimento de esos pequeños insectos y de los animales carroñeros que, como los perros que nos acompañaban, nos mordían los talones como si fuesen lobos.

En esos instantes aprendí que el dolor puede ser neutralizado. Superado. Estaba quemado. Incinerado. Pero acababa de aprender, con sangre, que no existe la palabra imposible. Miré a mi compañero más próximo. Debía sentirse igual. ¿Podría superar lo que me quedaba por delante? Para ello debía sobreponerme, como todos, renacer de las propias cenizas.

— ¡COE! ¡A formar!

Como si una descarga eléctrica nos hubiese sacudido, como un resorte, nos pusimos en pie convertidos en guerreros. Se nos ordenó cubrir de nuevo la distancia en el tiempo que se nos había ordenado. Y lo conseguimos dejándonos los hígados. Si alguien claudicaba, alguno salía en su socorro y lo cargó a su hombro. Cumplimos la orden. Cinco minutos para recuperar el resuello y regresamos hacia el campamento. Más rotos que antes, pero diferentes.

En esa marcha de regreso, el capitán ordenó cantar el “Bella Ciao”. Era una canción que canté de adolescente pero que recordaba de niño. Era un himno guerrillero. Los que no la conocían la debieron aprender antes de salir de maniobras, mientras limpiábamos y engrasábamos armas:

“Esta mañana, me he levantado, o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao y me he encontrado al invasor…”

Me di cuenta de que cantar estimuló mi propia descarga de adrenalina y que lo mismo sucedía con mis compañeros que unieron sus voces a la mía. Y así, a paso ligero, con el alma henchida y el cuerpo roto, regresamos a nuestras tiendas y a nuestros seis días adicionales de infierno. Pero lo hicimos conscientes de que habíamos cruzado un umbral y que un mundo nuevo de aventura, de coraje y de honor se abría ante nosotros; ahora sabíamos que lucíamos un machete laureado por algo. Y aprendimos que ¡lo que no nos mata, nos hace más fuertes!

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