Cuando los Rangers, Scouts y guerrilleros filipinos desafiaron lo imposible para salvar a sus camaradas
Redacción Revista Boina Verde
Filipinas, enero de 1945. En plena selva tropical, mientras el sol se apaga sobre los arrozales infestados de enemigos, un puñado de hombres camina en silencio hacia una hazaña que aún hoy se estudia como modelo de precisión, valentía y espíritu de cuerpo. La Misión Cabanatuan fue mucho más que un rescate: fue un acto de justicia, un golpe al terror, y una declaración de que ningún combatiente sería abandonado.
El horror de la rendición y la deuda de honor
Con la caída de las islas Filipinas en 1942, más de 75.000 soldados estadounidenses y filipinos fueron hechos prisioneros por el Ejército Imperial Japonés. Aquella capitulación desembocó en la infame Marcha de la Muerte de Bataan, una travesía forzada de más de 100 kilómetros bajo un calor abrasador, sin agua, ni alimentos, ni piedad. Más de 10.000 hombres murieron por golpes, ejecuciones o simple agotamiento.
Los supervivientes fueron distribuidos en campos de concentración a lo largo del archipiélago. Uno de los más conocidos fue el Campo de Prisioneros de Cabanatuan, situado a unos 160 km al norte de Manila, en la provincia de Nueva Écija. Allí, en condiciones inhumanas, cientos de soldados malvivieron durante más de dos años entre enfermedades, torturas y desnutrición.
En enero de 1945, con las fuerzas de MacArthur recuperando territorio filipino, se supo que los japoneses, ante el avance aliado, habían comenzado a ejecutar masivamente a sus prisioneros, como sucedió en Palawan, donde 139 estadounidenses fueron quemados vivos. La alarma fue inmediata: había que rescatar a los prisioneros de Cabanatuan antes de que fuera demasiado tarde.
La orden
El general Walter Krueger, al mando del 6º Ejército de EE. UU., ordenó una operación de rescate urgente. La misión fue confiada a tres grupos:
El 6º Batallón de Rangers (121 hombres), dirigidos por el teniente coronel Henry Mucci.
Los Alamo Scouts (14 hombres), especialistas en reconocimiento profundo y operaciones encubiertas.
Guerrilleros filipinos (200 combatientes), bajo el mando de los capitanes Juan Pajota y Eduardo Joson, cruciales para la inteligencia local y control de la zona.
El objetivo era claro: infiltrarse tras las líneas enemigas, liberar a más de 500 prisioneros debilitados y sacarlos con vida antes de que los japoneses pudieran reaccionar.
Preparación y marcha hacia el infierno
El 28 de enero, los Alamo Scouts realizaron un reconocimiento a escasos cientos de metros del campo. Constataron que el recinto estaba custodiado por unos 250 soldados japoneses y rodeado de unidades en retirada que podrían responder al menor ruido.
La madrugada del 30 de enero, los Rangers iniciaron una marcha forzada de más de 40 kilómetros a pie, atravesando selvas espesas, arrozales encharcados y senderos vigilados por patrullas enemigas. Muchos hombres sufrieron agotamiento, insolación y fiebre, pero ninguno abandonó. La moral estaba anclada en un principio: no dejar atrás a los suyos.
El avance final fue especialmente tenso. Durante seis horas, los Rangers se arrastraron pecho a tierra por terreno abierto, expuestos al fuego enemigo si eran detectados. Debían cubrir más de 600 metros sin protección, bajo la mirada de las torretas del campo.
El plan maestro de distracción
Aquí emergió la figura del capitán filipino Juan Pajota. Conociendo el terreno, organizó una caravana de carretas y búfalos de agua (carabao) para simular una comitiva campesina y distraer a los centinelas del campo. Además, colocó minas en caminos clave y estableció puntos de bloqueo para frenar posibles refuerzos enemigos.
Gracias a su iniciativa, los Rangers alcanzaron sus posiciones sin ser descubiertos.
El asalto
A las 19:44 horas del 30 de enero de 1945, cuando la oscuridad cubría ya el paisaje tropical, comenzó el asalto nocturno.
Los Rangers, que llevaban horas arrastrándose por arrozales abiertos y fangosos, aprovecharon la cobertura de la noche para ejecutar un ataque fulminante. La sorpresa era fundamental: cualquier alarma podía significar la ejecución inmediata de los prisioneros.
Los centinelas de las torretas fueron los primeros en caer. El fuego de los fusiles M1 Garand y las granadas de mano se combinaron con una precisión letal. En menos de cinco minutos, el perímetro del campo fue neutralizado.
El sargento Theodore Richardson avanzó bajo fuego enemigo para abrir la verja principal. El teniente John Murphy encabezó la incursión directa a los barracones. Dentro, los prisioneros, desnutridos y desorientados, dudaban si aquello era un rescate o una última estratagema japonesa para eliminarlos.
Muchos no podían caminar. Otros estaban ciegos o con miembros amputados. Los Rangers improvisaron camillas, los cargaron a hombros o utilizaron carretas de bueyes requisadas para la extracción.
Durante la retirada, columnas japonesas intentaron responder. Los guerrilleros filipinos y una sección de Rangers emboscaron y contuvieron al enemigo en el puente de Platero. Fue un combate breve pero decisivo.
Resultado y milagro
En menos de 30 minutos, más de 500 prisioneros fueron liberados y puestos en marcha hacia las líneas aliadas. El camino de regreso fue lento, agotador y peligroso. Varios prisioneros murieron de debilidad durante el trayecto, pero la gran mayoría llegó con vida.
Bajas aliadas:
2 Rangers muertos
4 heridos
Varios guerrilleros filipinos fallecidos en combate
Bajas japonesas:
Más de 500 muertos entre la guarnición del campo y fuerzas perseguidoras
Repercusión histórica
La Misión Cabanatuan fue un éxito absoluto en lo táctico, estratégico y moral:
Demostró la capacidad de operar con precisión detrás de líneas enemigas.
Reforzó la confianza entre estadounidenses y guerrilleros filipinos.
Inspiró a futuras generaciones de fuerzas especiales.
Salvó la vida de testigos clave del horror japonés en Filipinas, cuyas declaraciones sirvieron en los juicios de Tokio tras la guerra.
Hoy, la misión se estudia en academias militares de todo el mundo como ejemplo de coordinación, valentía, adaptabilidad y liderazgo. Fue llevada al cine en The Great Raid (2005), basada en los testimonios reales de los protagonistas.
Epílogo: Una promesa cumplida
En palabras del teniente coronel Henry Mucci, comandante de la operación:
“Los dejamos marchar al cautiverio cuando no podíamos impedirlo. Juramos regresar. Aquella noche, lo hicimos. No por gloria. Por honor.”
La Misión Cabanatuan no fue solo un rescate. Fue la afirmación de que la hermandad entre combatientes trasciende la batalla, que la dignidad humana puede alzarse sobre la crueldad, y que la voluntad de unos pocos puede cambiar el destino de muchos.


































