Mis vivencias en la COE 91a la memoria del Coronel Cobo

Coronel Miguel Ángel Simón Picapeo

Antiguo teniente de la COE 91

-Mi capitán, ¿podemos subir al Mulhacén?

-Sólo los voluntarios. La primavera de 1970 fue generosa en nieves y el día de descanso amaneció resplandeciente, invitaba a la excursión y la orden se cumplió al instante con la respuesta previsible: Paso al frente en bloque y brillo en las miradas.

Don Pedro Cobo Gámez, añorado fundador de la COE 91, decidió que la salida mensual al campo consistiría en una exigente travesía por Sierra Nevada, que encaraba el verano protegida por un espeso y benéfico manto blanco.

Capitanía aprobó la propuesta, agregó a un soldado médico y nos hizo la curiosa advertencia que sonaba extraña e innecesaria, pero resultó premonitoria: “Si os encontráis con turistas, ya sabéis orientadles y ayudadles en lo que necesiten”.

El capitán Cobo tenía amistad con el jesuita don Manuel Ferrer Muñoz, estudioso y profundo conocedor de la Sierra, quien se prestó a colaborar con entusiasmo juvenil y nos transmitió sus consejos con la modestia de un sabio. Incluso, se animó a embarcar, como cuarto tripulante, en un sencillo Seat 850 para efectuar el reconocimiento previo del campamento base, alejado varios kilómetros de Capileira. Recuperado el coche del calentón a la ida, se portó bien en el regreso y volvió a la vida civil una vez terminada su efímera tarea todoterreno.

El padre Ferrer era hijo predilecto de Padul, donde había nacido en 1920, y falleció en Málaga a la edad de ochenta y ocho años. Dirigió la Congregación Mariana de San Estanislao y fue autor de interesantísimos y pormenorizados libros sobre su querida montaña, que en la actualidad valoran y buscan, cual preciadas joyas, selectos investigadores y coleccionistas bibliófilos nacionales y extranjeros.

De extraordinario prestigio moral e intelectual, formó a muchos jóvenes y eran famosas las misas que oficiaba en Mulhacén y Veleta en honor de su venerada Virgen de las Nieves, cuya festividad se celebra el cinco de agosto.

En aquella época, el equipamiento montañero de la unidad consistía en esquíes de reciente recepción, cuerdas de escalada, mosquetones y una veintena de piolets.

Sin crampones (que se echaban en falta al comienzo de las marchas) ni raquetas (que habrían evitado hundirse hasta las rodillas a partir del mediodía), disponíamos de las polivalentes y resistentes botas de tres hebillas. Lo mismo se aferraban al barro y a la piedra para avanzar y retroceder en el conguito, que daban alas en los trotes de nunca acabar, se deslizaban sigilosas en infiltraciones y exfiltraciones, esperaban con temple el inicio de golpes de mano y emboscadas, desfilaban con marcialidad por el asfalto o emulaban al esquivo sarrio trepando entre las rocas.

Aquí tuvieron que adaptarse al hielo y a la nieve, y lo hicieron sin queja y con gran eficacia; eso sí, cuidadas con el mayor cariño. Es inolvidable la escena que, antes de la frugal cena, se repetía en los atardeceres, cuando la COE, al unísono y motu proprio, las limpiaba y engrasaba a conciencia para la siguiente jornada.

El bellísimo verso del poeta cántabro (Santander, 1831-1902) Amós de Escalante: “No hay a su duro pie risco vedado” desvela, con aguda metáfora, que la dureza se la proporcionan al pie del soldado la determinación, la decisión, el coraje … , y que el calzado es solo un instrumento, aunque valioso y mantenido con esmero.

El médico agregado, alto, delgado, con aspecto introspectivo y serio, se mostró con un talante inmejorable, firme voluntad de vencer y encomiable sentido del humor ante el esfuerzo físico que, sin duda, le supuso el desempeño de su importante misión, atento sin desmayo a las necesidades sanitarias de todos. Probó, si preciso fuera, que la fuente energética del músculo, el fuelle para los pulmones y el desdén por la fatiga son un espíritu recio, un carácter indomable y la mente clara y bien estructurada de un profesional responsable e inteligente.

Por su parte, la COE al completo le acogió desde el principio con cálido y sincero compañerismo, como a uno más en tan escogido y magnífico grupo de intachable comportamiento, y le apoyó con la elegante discreción y caballerosa hospitalidad que siempre han sido esencia distintiva del pueblo español.

Los piolets se empleaban para tallar escalones y como anclaje de circunstancias al montar pasamanos en los abundantes neveros que encontrábamos en el camino, jalonado por inquietantes cruces en tramos con riesgo de avalanchas y peligro de caída por ruta con laderas empinadas.

La actitud ante la montaña debe ser de humildad, ya que es ella la que lleva las riendas y nos clasifica en nuestra humana insignificancia. Las cumbres son un potente imán y están ahí para que las coronemos, mas con técnica depurada, prudencia con tanta y guía adecuada. Prevención, pues, es la norma obligada.

El ascenso al Mulhacén y sus 3482 metros no ofreció dificultad, y después de unos minutos para gozar de las vistas y grabar el momento en la memoria, acariciados por la brisa que curtía los rostros y refrescaba las ideas, el descenso fue agradable y gratificante.

Antes de abandonar el campamento base se presentó, a bordo de su potente Mercedes, un matrimonio alemán de mediana edad. Tenían intención de continuar el viaje programado, pero tras conversar un rato delante de la detallada y precisa cartografía de escala 1:50.000, enseguida comprendieron la imposibilidad de culminar la aventura y prometieron intentarlo de nuevo en fechas más propicias.

La aclimatación se había revelado acertada y sirvió para poder soportar con suficiente capacidad, continuos recorridos por itinerarios de cotas elevadas. Se pasó por la laguna de las Yeguas, abrigada con un cobertor níveo que impedía admirarla en su esplendor estival, y se utilizó algún refugio que, aunque en estado deficiente, nos permitió pernoctar con aceptable y austera comodidad.

Por fortuna, Sierra Nevada dispone hoy de excelentes instalaciones, como son el Albergue General Oñate, adscrito a la red de residencias oficiales, y el Refugio Capitán Cobo, en homenaje al admirado primer jefe de la COE 91, reservado para el alojamiento de tropas que desarrollen actividades de adiestramiento, que es un punto de partida ideal desde sus privilegiados 2550 metros de altitud.

Influyó que el tiempo fuera favorable, ajeno a meteoros adversos, y la travesía finalizó sin novedad en Dúrcal, con ganas de superar futuros desafíos.

Nuestra casa era el acuartelamiento Cervantes del Regimiento de Infantería Córdoba nº 10, pero parábamos poco en ella. Como el potrillo que pugna por levantarse con el primer aliento, la COE ansiaba, desde su creación, moverse sin límites por el extenso territorio asignado, enraizarse y fructificar en él.

Una de las salidas fue por la Sierra de Tejeda en octubre de 1969 y con vivac en los alrededores de Ventas de Zafarraya. Hubo instrucción de combate, tiro nocturno y una marcha de endurecimiento hacia el pico La Maroma, que con 2066 metros es la cima de la Axarquía.

En otra ocasión se marcó como objetivo la Sierra de Baza, con su característico Picón de Gor donde vivimos una anécdota digna de reflexión. En el transcurso de una sesión topográfica, una solitaria anciana se asomó a la puerta de su humilde y aislada vivienda y, en tono entre preocupado, sorprendido y enfadado, preguntó con énfasis a la pacífica patrulla : “¿Estamos en guerra?”.

Y allí al lado el campamento de Padul, que tanto facilitaba la formación básica individual, la fuerte cohesión y el máximo perfeccionamiento del conjunto.

Lo escasos ratos libres eran aprovechados para pasear por Granada la Bella, en expresión de Ángel Ganivet, señorial ciudad reflejada en el Veleta, la eterna torre vigía donde nace el romano Singilis que la baña. Culta recóndita, luminosa, monumental, bulliciosa, racial y misteriosa, atesora y esconde incontables secretos, amenos rincones y trascendentales hechos históricos de la Patria.

Estas líneas son retazos, teselas de un mosaico incompleto y agrietado por más de medio siglo, vivencias personales de un destino muy corto, intenso y feliz en la Compañía de Operaciones Especiales 91. Borrosos recuerdos que se vuelven nítidos al rememorar la figura del capitán Cobo, sereno, amable, ordenado, sensato, imaginativo, audaz y abnegado. Un militar vocacional que, ya coronel, se retiró a pasar los últimos años en Mancha Real, atalaya desde la que disfrutó con el panorama de un inmenso mar de olivos, el color de la boina que lució con orgullo legítimo en su ejemplar entrega como guerrillero al servicio de España.

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