Mis recuerdos de la COE 91

Coronel Lorenzo Fernández Navarro de los Paños y Álvarez de Miranda

Antiguo Teniente COE 91 y 81 y Comandante jefe GOE VI

Mis recuerdos son forzosamente limitados, tanto por el poco tiempo que permanecí en la unidad como por haber pasado cuarenta y siete años. De todas formas, los recuerdos son como sacar cerezas de un cesto, en que unos arrastran a otros. Ello unido a que fue mi primer contacto con el mundo de la boina verde y a la impronta que me dejó el entonces capitán de la COE 91, Máximo Fernández Usero, hacen que me susciten una profunda añoranza. Decir también que Máximo Fernández Usero fue para mí un capitán excepcional, tanto en el plano militar como en el humano. Luego hablaré de ello.

Ahora considero conveniente explicar el motivo de mi escaso -pero intenso- tiempo en la COE 91 donde lamentablemente estuve agregado, no destinado. Fue la razón que al disolverse la Agrupación de Tropas Nómadas -mi anterior destino- por haberse abandonado el Sahara Español, quedé disponible con la opción de ir agregado a la unidad que quisiera a la espera de que se publicaran vacantes en ella. Así pues, yo elegí la COE 91. Finalmente, no pude quedar destinado en esta compañía, ocupando la vacante publicada mi compañero de promoción y amigo, Juan de la Cruz Bernard, más antiguo que yo y salí destinado a la COE 81 en Orense.

No pude quedar destinado en la COE 91 como era mi deseo, pero no lo puedo lamentar. Primero porque me había permitido estar a las órdenes del capitán Usero desde el 7 de febrero de ese año 1976 hasta el 15 de noviembre en que me despedí de la unidad para incorporarme el día 22 a la COE gallega. Con lo cual tuve la experiencia de estar destinado en dos compañías cuyas zonas de actuación -Andalucía y Galicia- debido a sus peculiaridades geográficas y climáticas, las hacía muy diferentes.

“Operación Serranía” mi primer contacto con la boina verde

Al ser agregado a la COE 91 el 4 de febrero de 1976, escribí una carta al que iba a ser mi capitán como es preceptivo. Me contestó a vuelta de correo. Me dio la bienvenida y adelantó el programa de los siguientes meses. Lo que sin duda no es tan habitual. Del 1 al 10 de marzo, ya encuadrado en la COE, tomé parte en el ejercicio de guerrillas y contraguerrillas “Operación Serranía” en la provincia de Málaga, en la zona de Archidona y Villa Nueva del Trabuco. Fue mi primer contacto con la boina verde pues como ya he dicho venía de Tropas Nómadas. En el reconocimiento del terreno, previo a las guerrillas, elegí para vivac de mi sección un auténtico nido de águilas, pero demasiado lejos de los objetivos y de los lugares donde vivaqueaban las compañías del Regimiento Córdoba 10 de la DOT. El resultado era que para dar los golpes de mano salíamos al anochecer y estábamos andando toda la noche para llegar al objetivo que atacábamos entre dos luces, teniendo que regresar con mil precauciones durante el día. Al llegar al refugio, la dirección del ejercicio que pretendía “jugar” con la guerrilla y la contraguerrilla, como si aquello fuera un ajedrez o una operación militar convencional, te daba otra misión.

La primera enseñanza fue que la guerrilla necesita autonomía. Que su “propio honor y espíritu” le deben llevar a no dar tregua al enemigo, a la contraguerrilla, pero dejándole la iniciativa para que pueda aprovechar siempre circunstancias y oportunidades. Aquellas primeras enseñanzas guerrilleras de la COE de Granada, ampliadas luego en la COE de Orense, fueron la causa de que al mando del GOE VI de la Coruña, en el ejercicio GALICIA 91 de guerrillas y contraguerrillas realizado con la BRIPAC en la zona del Barco de Valdeorras, el GOE VI fuera felicitado por escrito por el general de la BRIPAC.

El cipote de Archidona

Me viene ahora al recuerdo “El Boquete de Zafarraya” auténtico tajo en la montaña que evoca el tajo o brecha de Roland en el macizo del Monte Perdido del Pirineo aragonés. También el Puerto de los Alazores y la Venta de Zafarraya son evocadores de los tiempos del bandolerismo. Solitaria venta cuyo llamador era un fémur humano colgando de una cuerda de esparto y que disponía incluso de un calabozo excavado en la roca, cerrado por una fuerte reja que clausuraba un viejo y enorme candado. Antigua casa de postas en la ruta Granada Málaga asaltada más de una vez por partidas de bandoleros. Y cómo olvidar una población de nombre tan evocador como Villanueva del Trabuco en cuyas afueras estuvimos vivaqueando en una salida al campo. Recuerdo que vino la Guardia Civil a cumplimentar al capitán. Yo creo que eran del cercano puesto de Archidona y le trajeron una copia de la famosa narración El Cipote de Archidona. Hecho increíble pero cierto, que ha pasado a la historia como obra del académico Camilo José Cela. En realidad, el origen es una inigualable carta del periodista malagueño Alfonso Canales, en el cual da cuenta a su amigo Cela del bizarro lance protagonizado por una ardiente pareja lugareña. Cela, que enterado del hecho le había pedido información sobre él a Alfonso Canales, le sacó partido con todo tipo de variantes, artículos, comentarios filmaciones, poemas e incluso un libro. Pasados los años el recuerdo de aquella gesta erótico- festiva daría lugar a una letrilla popular que decía: Dos cosas tienen en Málaga que no tiene el mundo entero… el cipote de Archidona y…

Una seta descomunal

El capitán Usero era aficionado a la micología, o por lo menos recuerdo que siempre llevaba en la mochila un pequeño libro sobre las diferentes clases de setas y sus peculiaridades. Una mañana en uno de los recorridos con mi sección, encontré una seta descomunal. Nunca había visto algo tan grande, pesaría varios kilos y tras hacer la conjetura de si sería comestible o venenosa, llevado de la curiosidad, la cogí con la intención de enseñársela al capitán cuando volviéramos al vivac. Encontramos al cabo de un rato a un campesino que trabajaba próximo al sendero. Tras los saludos de rigor le pregunté si aquella seta era comestible respondiéndome que sí. Y como yo mostrara dudas -porque su aspecto y morfología indicaba a las claras que “debía ser” muy venenosa-, sacó la navaja y cortó una buena porción que se comió allí mismo.

Al llegar al vivac se la mostré al capitán Usero, contándole el encuentro con el lugareño y la buena tajada que se había comido. Se dirigió de inmediato a su tienda a buscar el libro de micología, y tras consultarlo, llegamos a la conclusión de que era muy venenosa. Quedamos consternados, e incluso consideramos la posibilidad de subir de nuevo en su búsqueda por si estuviera intoxicado en tan solitarios parajes. No fue preciso, al poco rato lo vimos bajar por el camino cercano al vivac montado en su moto. Y si bien el tal jumento mecánico era bastante destartalado, él mostraba un aspecto muy saludable sin signo alguno de intoxicación. Como alguien que había pasado toda la jornada trabajando en la sierra. A la vista de ello llegamos a la conclusión de que la enorme seta no debía ser venenosa… pero nadie se animó a comerla. Y menos en crudo.

ON… onde funciona

Cambiando de tercio quiero recordar al cabo primero Manzano. Naturalmente no puedo extenderme en hacer referencia a todos los demás componentes de la unidad con los que coincidí, brigada Almagro, sargentos Ripoll, Barranco, Boo, Juez… cuyos nombres están recogidos en el enciclopédico trabajo de recopilación y consulta de Diarios Oficiales realizado por el hoy comandante Fernando Oria. Me ceñiré pues a unas anécdotas del cabo primero Manzano. Alto, rubio, de ojos azules y con una fuerza hercúlea. Podía ser un teutón, el prototipo del alemán, pues era notoriamente braquicéfalo. Solamente su marcado acento andaluz impedía confundirlo con un guiri. Recuerdo que en alguna ocasión le pregunté si sabía que posiblemente fuera descendiente de los alemanes que vinieron para repoblar zonas despobladas tras las Guerra de las Alpujarras. No lo sabía, aunque algo había oído, y me dijo: “En mi cortijá semos todos como yo, hombres y mujeres, altos, rubios y con los ojos azules. En cambio en otras cortijás de los alrededores son más pequeños y morenos”. No pude menos de pensar en el hecho de que hay pueblos o razas en los que está presente el que podríamos llamar “instinto racial”

Un día, en el alto de una marcha, estábamos comiendo en una era donde había el típico “rulo” de piedra que se utiliza para aplanar los haces de mies antes de poder trillarlos. Reté a mi compañero el teniente Sanz Arroitia que era muy fuerte a que levantara el rulo cogiéndolo por sus extremos metálicos. No pudo ni moverlo, yo tampoco. Entonces probamos entre los dos, cogimos cada uno de un extremo y, a duras penas, lo levantamos un centímetro de suelo. ¡Manzano, a ver si lo levantas tú! -le dijimos ambos- Nos miró unos momentos dubitativo y luego, dejando el bocadillo, se fue hasta el rulo lo cogió por los extremos y lo levantó un palmo. Quedamos asombrados de su fuerza. Pero la anécdota que me lo ha traído a la memoria no es de fuerza física, sino de “índole intelectual”.

Ahora no recuerdo la radio que llevábamos montada en el Land Rover, pero sí el hecho de que era preceptivo estar apagada en el momento de arrancar el vehículo y encenderla después. De lo contrario, la intensidad de la corriente en el momento de accionar el motor de arranque quemaba la fuente de alimentación. Avería que obligaba a enviarla al “parque” para ser reparada con el consiguiente trastorno. Por supuesto se ponía un aviso en el aparato indicando lo anteriormente dicho, pero cada dos por tres algún guerrillero la averiaba al quemar la fuente de alimentación… a pesar de las advertencias. ¿Cuál era el problema? Pues que el encendido era “ON” y el apagado “OF”.

Puede parecer trivial ahora, cuando todos los españoles desde pequeños están familiarizados con esto por ser la esencia de todos los aparatos eléctricos y electrónicos. Pero no lo era en 1976 para muchos soldados de origen rural. Yo no me cansaba de reiterar esta prevención en las teóricas, pero aun así no resultaba fácil de entender para algunos. Un día encargué al cabo 1º Manzano que lo recordara a los recién incorporados; quedé asombrado al oír su explicación: ¡¡¡Es muy fácil!!! ON… ONDE FUNCIONA. ¡¡¡Nunca más volvimos a tener problemas con los nuevos guerrilleros y las radios!!!

Carne de presidio

Estando acampados en unos bancales en Huebro, al norte de Níjar (Almería) vino un sargento a decirle al capitán que un soldado -un guerrillero- se negaba a entrar en formación, creo que aduciendo que lo habían humillado. Al levantarme de inmediato para dirigirme a la formación, el capitán me dijo déjalo, no vayas, que lo solucione el sargento. No obstante, fui.

Llegado al lugar ordené al soldado que ocupara su puesto en la formación que estaba en posición de firmes. Se negó por lo que le pedí que me siguiera al bancal inferior situado a espaldas de la formación. Y allí, con dos breves, pero contundentes razonamientos, impensables en estos tiempos, lo convencí de que entrara en formación, cosa que hizo de inmediato. Lo arrestó el capitán a que durante la tarde cavara un buen pozo y luego lo tapara. Le pedí que lo perdonara porque consideraba que ya había purgado su falta de disciplina. Pero mantuvo el castigo, muy legionario, de cavar un pozo para a continuación taparlo, diciendo: no puede ser que solamente te obedezca a ti.

Usero estaba convencido que había querido poner a prueba al “mando” y saber lo que sucedería ante una insubordinación. Así lo creía a la vista de la provincia de la que procedía, así como de su perfil intelectual y psicológico. Recuerdo que tenía un cuaderno que me enseñó en alguna ocasión, donde junto al nombre de algún soldado ya licenciado, había anotado; carne de presidio. Ante mi extrañada sorpresa me mostró algún recorte de periódico que había adjuntado y en el que se le daba la razón a su pronóstico.

Si dejara volar el recuerdo me vendría a la memoria infinidad de momentos, como aquel día que pasamos andando por un      pueblo. Iba el capitán delante, yo a su izquierda como es preceptivo y en animada charla como era habitual.

Ambos con nuestras cargadas y voluminosas mochilas de montaña y seguidos por todos los miembros de la compañía igualmente equipados. Al pasar por la plaza donde se encontraban sentados cierto número de viejos, el capitán saludó al grupo con un cordial “buenos días”. Rebasado el grupo unos metros llegamos a oír que uno de los viejos decía a los otros en tono despectivo: ¡en mis tiempos los capitanes no llevaban mochila!

Luego en un alto Usero me comentaba: “¿Te has dado cuenta? Nosotros convencidos de que hacemos bien al compartir la dureza con nuestros soldados, llevando el mismo equipo, y fíjate con qué desprecio lo han comentado”.

Transporte escolar en burro

En unas maniobras descendía con mi sección por la ladera norte de Sierra Nevada siguiendo senderos de montaña y tuvimos un extraño encuentro que me impactó y ahora acude a mi recuerdo. A media ladera, en aquel sendero por el que avanzábamos en hilera, pude ver a la incipiente luz del alba que se había detenido un burro. Tanto el jumento como nosotros nos detuvimos al ver el sendero ocupado. Se había percatado de ello antes el animal que ya se había detenido cuando yo llegué a divisarlo. Me adelanté hasta él y tuve una enorme sorpresa al ver que iba sentada sobre la albarda una niña de unos diez años -si es que los tenía- cubierta con una manta. En los senos de esparto de las aguaderas, iban dos niños pequeños… también arrebujados bajo sendas mantas y profundamente dormidos. No sé si la niña iba despierta o se despertó al detenerse el jumento. Hablé brevemente con ella, me dijo que iba con sus hermanos a la escuela.

Toda la sección bajamos unos metros por la pendiente para poder cruzarnos con aquel “autobús escolar” en tan angosto sendero, tras advertir a los guerrilleros de la importancia de hacerlo bastante ladera abajo para que no se fuera a espantar el animal.

Entonces, y cuantas veces lo recuerdo, no puedo por menos que pensar ¿a qué hora se levantarían las criaturas? Seguro que el burro, una vez que le enseñaron el camino, lo seguiría con total fidelidad tanto con la niña mayor dormida como despierta, con llegada siempre puntal a la escuela y regreso por igual procedimiento al cortijo. También pensé en aquellos padres, en la confianza depositada en la caballería, sabiendo la seguridad con la que llevaba la preciosa carga por aquellos andurriales tallados a media ladera.

Tanto de noche como de día y en cualquier condición atmosférica. Y, por supuesto, también en su admirable responsabilidad, que venciendo dificultades sin cuento, querían proporcionar a sus hijos un futuro mejor.

La última “machada guerrillera”

Cuando fui destinado a la COE de Orense, la COE 91 tenía las prácticas mensuales de campo en Laujar de Andarax en la Alpujarra de Almería. La salida al campo era entre el 4 y el 13 de noviembre. Le pedí, por favor, al capitán Usero que me permitiera ir con la COE… y me lo concedió. No me puso ninguna “pega” aduciendo el problema que le podía crear en el caso de que tuviera un accidente con su unidad estando ya destinado en la otra punta de España. Hoy, cuando nadie se atreve a asumir una responsabilidad por pequeña que sea, hechos como este resultan inconcebibles. Pero ese era entonces el Ejército. Y aquellos eran auténticos capitanes que decidían y actuaban por “su propio honor y espíritu” cuando la razón y las decisiones no estaban mediatizadas por la política y los medios de comunicación, con su injerencia en el ejercicio del mando.

En la víspera de volvernos a Granada por finalizar la citada salida, le pedí permiso al capitán para hacer un último tema con los guerrilleros de mi sección. Se trataba ¡nada menos! que dar un golpe de mano en la estación del ferrocarril de Fiñana en el trayecto Granada-Almería. Estábamos acampados en la ladera sur de Sierra Nevada, y Fiñana se encuentra al pie de la ladera norte. Saldríamos a la caída de la tarde y tras cruzar la cordillera y descender por la ladera sur, “pondríamos explosivos” en la vía férrea y “atacaríamos” la estación. El capitán Usero, tras mirar detalladamente el plano donde le explicaba mi “idea de maniobra” trató de disuadirme diciéndome que aquello no era posible a la vista de la dificultad por la distancia y los desniveles a salvar. Unido ello al hecho de que debería estar en el vivac al día siguiente a medio día para iniciar el regreso a Granada. Como yo insistiera, con el ruego de que me autorizara, recuerdo que me dijo: “No podrás hacerlo, pero no quiero que te vayas de la compañía con el recuerdo de que te impedí intentarlo”.

¡Cuánta razón tenía! Iniciado el ascenso y ya a la caída de la tarde, pasamos providencialmente por las cercanías de una pequeña casa de labor. Cuando estábamos llegando a la cresta, ya noche cerrada, se levantó un fortísimo y frío viento que materialmente impedía avanzar cuesta arriba. Resultaba materialmente imposible alcanzar y cruzar la cordillera como era lo previsto, por lo que me vi obligado a descender en busca de la “providencial” caseta que habíamos visto en el ascenso. Donde apelotonados, ateridos y sentados en el suelo, pasamos una o dos horas hasta que poco antes de amanecer amainó aquel vendaval que cruzaba la cresta de la sierra. Avanzamos pues sobre ella y al cruzarla comprobamos que había caído, aunque pequeña, la primera nevada del año.

El caso es que llegamos a Fiñana ya de día. Para hacer aquella “machada” tuvimos que cruzar la cordillera de Sierra Nevada por algún collado entre el Pico del Buitre (2465 m) y el Cerro del Rayo (2252 m), datos precisos que obviamente he tenido que consultar para escribir esto porque mi memoria no da para tanto.

Así pues, llegados a Fiñana, ante la imposibilidad de regresar a tiempo al vivac, y luego a Granada, me acerqué al cuartel de la Guardia Civil para que se pusieran en contacto con Laujar de Andarax y transmitieran al capitán de la COE que nos enviara vehículos para recogernos en un punto de la pista que discurre por la falda sur. También -debo reconocerlo- para que supiera que sí habíamos sido capaces de llegar a Fiñana.

Aquella última “machada guerrillera” era motivo suficiente para que el capitán Usero me hubiera dado un más que merecido “chorreo”. Y si digo chorreo y no “arresto” es porque hacía ya diez días que estaba destinado en la COE 81 de Orense. Precisamente esta “salida extra” al campo la había realizado durante los días reglamentarios de permiso establecidos para los cambios de destino. Pero no tuvo conmigo ni un reproche, ni una mala cara, ni siquiera un “ya te dije que no era posible hacerlo”.

El capitán Usero

Y debo finalizar. Cuando recibí el encargo de mi amigo y compañero el general Vicente Bataller, de escribir sobre mis recuerdos de la COE 91, me parecía misión imposible como ya dije al principio. Por el tiempo transcurrido y mi limitada permanencia en la unidad. Pero ni quiero ni puedo terminar estas líneas sin una referencia al que fue mi capitán en la COE de Granada, Máximo Fernández Usero. Y que hoy es mi respetado, admirado y querido general.

El capitán Usero, además de un excelente militar, era un caballero y una bellísima persona. Uno de esos hombres que se gana la lealtad de sus subordinados y, por ello, consigue que le sigan hasta la muerte. Tal es el caso de mi lealtad y cariño.

Empezaré por resaltar el hecho de que solamente militares excepcionales llegan al generalato sin ser diplomados en estado mayor (EM). Pues una norma -ni escrita ni fundamentada- así parece imponerlo. Las excepcionales cualidades militares de quienes alcanzan al generalato sin ser de EM, justifican la excepción que confirma la regla. Sus trayectorias profesionales, el elevado concepto que se ganaron a través de ellas, tanto de superiores como de subordinados, su prestigio en el ejército da lugar a que nadie que los conozca conciba el que no llegaran a generales. Y esa es la razón de sus ascensos. Porque de no haber llegado al generalato, quedaría en entredicho -o incluso desprestigiada- la más alta magistratura de los ejércitos.

Y dicho esto, como para muestra vale un botón, narraré como testigo presencial un hecho que pone en evidencia las virtudes militares y humanas del que siempre será mi capitán, Máximo Fernández Usero.

Me encontraba en Villamanín (León) al pie del puerto de Pajares realizando la fase de nieve del GOE VI del que era comandante jefe. Me llamaron de Capitanía de La Coruña para decirme que el recientemente ascendido general Usero había manifestado su interés por que asistiera en Madrid al acto de imposición de su faja. Y a tal efecto allí me desplacé.

Es sabido que, en tan esenciales momentos de la vida militar, quienes alcanzan el empleo de oficial general, están acompañados por su familia y comparten con ella el honor y la satisfacción de tan emotivo como trascendental acto. Tras la imposición por el “padrino de faja” del elemento

que representa el generalato, el recién ascendido suele pronunciar unas palabras en las que recorre toda su vida militar, dando las gracias a quienes lo han propuesto para llegar a la cúspide de la trayectoria militar y a quien administrativamente le ha otorgado el ascenso.

En el caso del general Usero quiero destacar que recordó con mucha más intensidad de lo habitual, a todos los subordinados que con su lealtad y colaboración le habían permitido alcanzar las diversas etapas de su carrera. Y es preciso decir que, si bien este agradecimiento a los subordinados ciertamente no es excepcional en

una “entrega de faja”, el general Usero superó con mucho ese testimonio de agradecimiento, poniendo en evidencia la sinceridad de su gratitud. Recordó que siendo teniente -creo que en Ifni- su mujer, embarazada de su primer hijo, había estado al borde de la muerte. Y que la donación de sangre de cuatro legionarios había salvado la vida de ambos. Añadiendo: hoy, a Dios gracias y a ellos, mi mujer y mi hijo están aquí presentes y me acompañan…. pero tengo el gran pesar de haber olvidado el nombre de aquellos legionarios.

Aunque sus rostros siguen presentes en mi retina y el agradecimiento en mi corazón.

Este es Máximo Fernández Usero. Mi capitán de la COE 91.

Hoy mi querido y respetado general.

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