Mi servicio militar en la COE 92

Cándido Méndez Rodríguez

Antiguo guerrillero de la COE 92 (1974)

Antiguo Secretario General de la UGT de España

Antiguo diputado del Congreso

Mi recorrido por el servicio militar obligatorio así era, se inició el 18 de octubre de 1973, día en el que partí en un tren militar al campamento de Viator en Almería. La tarde noche anterior mis amigos ajustaron cuenta con mi frondosa melena, que recortaron con una tijera que usaban para el pescado y otros menesteres en el bar propiedad de la familia de un amigo de juventud. Después de aquel rapado, que no eludió mi obligada cita con el barbero del campamento, estuve deambulando por las calles de Jaén y, en una pared y pegado con un trozo de celo por el cordón encontré un zapatito blanco de bebé que cogí y lo até posteriormente al petate. Me acompañó durante todo el servicio militar y lo dejé en la taquilla como talismán de poca monta para el recluta que me sustituyó al licenciarme en la COE 92 de Ronda.

Estuve hasta diciembre en la compañía número 10 de Viator, como recluta. En esa etapa hay dos recuerdos que me marcarán para siempre: una, el asesinato por ETA de Carrero Blanco, con la conmoción que provocó en el cuartel, aunque todo transcurrió con serenidad, hasta tal punto que de pasar la cadena por los guardamontes de los Mauser que servían para la instrucción y que no eran operativos, mientras la tele en blanco y negro de la compañía contaba la versión de la explosión de gas, pasamos a poder disfrutar de paseo por la tarde, una vez se reconoció que en realidad había sido un atentado.

El otro recuerdo, muy estimulante y del que guardo cuidadosamente doblado el certificado que me extendieron los mandos del CIR, fue el hecho de haber ejercido como maestro de alfabetización de adultos, para los reclutas, de mí misma edad, que en un porcentaje significativo eran analfabetos y su paso por el ejército les brindó una oportunidad para obtener el certificado de estudios primarios y también aprender un oficio.

Tras la jura de bandera y pasar unos días de permiso en navidad, en los primeros días de enero me incorporé a la COE 92 en Ronda. El viaje lo hicimos en autostop desde Jaén, práctica prohibida para los soldados. Y digo lo hicimos porque un compañero de campamento que se había alistado también a la COE 92, Rivas, pasó la navidad en mi casa, ya que su familia trabajaba y vivía en Francia y no pudo desplazarse a disfrutar del permiso con ella. En el viaje y ya en la última etapa de autostop, creo recordar a la altura de Teba en Málaga, nos cogió una familia muy amable, con dos niños pequeños y nos llevaron a Ronda. Al día siguiente, nuestro primer día en la compañía, se incorporaba también el nuevo capitán de la compañía. Cuando, y tras el grito: “¡Compañía, el capitán!!!, entró nuestro mando directo superior comprobamos, Rivas y yo, con estupefacción que era la misma persona que nos había recogido en autostop, el capitán Alonso.

En la primera noche de estancia en la compañía, los veteranos aplicaron la ceremonia de bienvenida, por llamarla de alguna manera, que tenía entre otros ingredientes el apadrinamiento por parte de un veterano a cada recluta y la imposición de un apodo que, a veces, se heredaba de uno de los licenciados o se creaba sobre la marcha. A mí me apadrinó un tipo estupendo, malagueño de El Palo, Contreras y el apodo que me impusieron fue Mortadelo y a otro recluta que decía la sabiduría veterana que nos parecíamos le impusieron el de Filemón. A mí lo de Mortadelo me tocó no por mi habilidad, como el personaje del tebeo, de disfrazarme sino por tener gafas como el susodicho. Lo de los apodos era, no sé si lo es, una tradición y se heredaban apodos como Marilyn, Diablo, Tiburón, Búho, Pantera Rosa, Pato o Cosas Raras. Este último que me llamó la atención era relativamente reciente y se le adjudicó a un compañero de La Carolina, Jaén, que era cuñado de un veterano ya licenciado que se lo ganó al definir en una teórica sobre armamento a la bocacha apagallamas, complicado de recordar, como una “cosa rara” que tenía el cetme.

Mi tránsito por la COE 92 se materializó en hacer mucho ejercicio, carreras y largas marchas que he calculado, no sé si con acierto, podrían alcanzar los 15 000 km recorridos, andados e incluso reptados, durante el año escaso que estuve en los guerrilleros (nos dieron permiso indefinido en diciembre del 74 y ya no volvimos a la compañía porque nos licenciaron durante el permiso). Creo que esa distancia es superior al diámetro de la tierra, cosa que no está mal. La COE 92 me dio la oportunidad de aprender y practicar defensa personal, descenso en rápel, natación de combate, esquí y experiencias de evasión y supervivencia, así como un mejor conocimiento de todo tipo de armas ligeras.

Salvo en lo relacionado con andar, en lo demás fui bastante mediocre, a pesar del interés que mostraban los mandos por perfeccionar mi discutible técnica. Me enseñaron a conocer y, sobre todo, a respetar las armas. Tuve oportunidad de tener una licencia de arma corta en mi etapa de diputado al Congreso, pero nunca quise sacarla porque siempre me pareció que las armas son algo muy serio como para tener una en un cajón de tu casa.

Una de las cosas que me sorprendió también en aquella etapa de mi vida era el hecho de que en las tablas de combate nos enseñaban la tabla de combate del ejército chino ¡!!, y las tácticas de emboscada denominada minué (creo que es el nombre de un baile) que aplicó el Che Guevara. La sorpresa derivaba de mi convencimiento, bastante ingenuo, de la absoluta incompatibilidad del ejército franquista con el maoísmo o el foquismo revolucionario. La vida siempre es más compleja de lo que se piensa.

Mi etapa en la mili la recuerdo con mucho cariño y es una de las más significativas de mi juventud. A esto ha contribuido el espíritu de compañerismo y solidaridad en la compañía y el trato duro, pero humano, de los grandes profesionales que eran los mandos de la compañía, personas altamente cualificadas en el oficio militar que sabían aplicar y enseñar las técnicas de esta profesión de riesgo, pero imprescindible para garantizar la paz y la libertad. Durante el año de conmemoración del cincuentenario de la compañía, el 2017, tuve la oportunidad de volver a ver y disfrutar de una buena conversación con la mayoría de mis mandos, ya, merecidamente, con notables ascensos en su carrera profesional.

En mi condición de Secretario General de la Unión General de Trabajadores de España he sido invitado en años sucesivos a intervenir en los cursos de Generalato y Estado Mayor en la Escuela Superior del Ejercito y he podido comprobar el salto gigantesco por positivo que se ha producido en el Ejército español, que es una de las instituciones más valoradas por nuestra sociedad. Ese cambio ya se adivinaba en el año 1974 y en la COE 92 a través de las características morales y profesionales de sus mandos.

Por último, yo soy partidario de recuperar el servicio militar obligatorio y lo he defendido públicamente, con unas características inferiores en duración y adecuado a la realidad actual, desde el punto de vista de la orientación que nuestra sociedad que aspira a avanzar en la igualdad entre mujeres y hombres requiere. Soy consciente de que el alto contenido tecnológico del arte de la guerra en la actualidad disuade a la política democrática de distraer recursos de la tecnología para el servicio militar del pueblo español; pero creo, honestamente, que los vínculos de solidaridad entre españoles se reforzarían y contribuiría a despejar muchos malentendidos y diferencias que existe, muchas veces, solo en la imaginación y los discursos y no en la realidad.

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