José Antonio Vázquez Soler (Jaus) coronel (R)
Quizás, además de alimento, deberíamos añadir «maestra», porque su conducta, dentro de los límites que la naturaleza ha impuesto a los seres pertenecientes al reino vegetal, es un ejemplo a seguir. Crecen en sitios frecuentados por el hombre o el ganado y nada en su apariencia hace presagiar la carga potencial de autodefensa que encierran hasta que, imprudentemente, nos metemos en su terreno. Cuando hemos sufrido esta experiencia una precaución elemental nos hace mirarlas con respeto y mantenernos alejados. Sin embargo, cuando buscamos en ellas un remedio para alguno de los males que nos pueden aquejar o, simplemente, pretendemos mitigar nuestra hambre, no dudan en ofrecerse como un fiel amigo. La comparación, por lo tanto, con el prototipo del guerrillero, es válida. Ambos viven en su territorio, orgullosos de su libertad y sin pretender sojuzgar a sus vecinos; no dudan en ofrecer todo lo que tienen cuando estos buscan su hospitalidad, pero cuando la intromisión es por la fuerza y por la fuerza se pretende arrancar lo que es suyo, hace falta ir muy bien armados para doblegarlos. Mientras quede un tallo, o un guerrillero, habrá peligro, no bastando solo con exterminar a los combatientes, hay que llegar hasta la cepa porque si no esta se encargaría de renovar los tallos todos los años.
Solo conozco otra planta en la flora de nuestra Patria que la supere en su afán de sobrevivir, resistiendo las pruebas más duras: la Siempreviva Mayor (Sempervivum tectorum). Abandonada en un rincón, sin posibilidad de echar sus raíces, la siempreviva irá resistiendo tenazmente, negándose a sucumbir, sacrificando las hojas periféricas para mantener con vida las que forman el cogollo central que goza del privilegio de ser el depositario de la capacidad reproductiva. Si, antes de perder el ultimo soplo de vida, la trasladamos a un sitio que disponga de un mínimo de tierra y, sin molestarnos en enterrar sus raíces, la depositamos encima de ella, la siempreviva se habrá salvado. Su extraordinaria vitalidad la hará resurgir y, en poco tiempo, cubrirá con retoños nuevos su parcela.
Para defender su libertad la ortiga ha evolucionado a lo largo de millones de años, desarrollando armas que le sirven para protegerse tanto de los hombres como de los animales. Antes de pasar a explicar las características de su armamento hay que señalar que este es puramente defensivo, puesto que solo se usa en defensa propia y, aunque existen algunas especies que hacen pagar caro, incluso con su vida, al osado, la inmensa mayoría y entre estas las que habitan en nuestro entorno, se conforman con heridas, dolorosas pero superficiales, pero que suelen ser suficientes para que se las dejen tranquilas. Entre aquellas, podemos citar la Urtica urentissima (del latín uro, quemar), capaz de causar trastornos que llegan a durar hasta un año y, en caso de alergias, hasta producir la muerte; o la Urtica crenulato y la Urtica heterophyllia, cuyas quemaduras recuerdan a la de un hierro al rojo vivo y sus efectos durar varios días.
Su armamento defensivo se compone de innumerables pelos urticantes que vistos al microscopio recuerdan a una jeringuilla con su aguja terminada en una punta afiladísima, hueca y formada por una sola célula, con la pared endurecida por precipitación de ácido silícico y quebradiza como el vidrio. Estas agujas llevan en su extremo una pequeña cabeza, debajo de la cual, como en las ampollas para las inyecciones, figura la línea de ruptura.
El estar esta cabeza ligeramente inclinada hacia un lado hace que se enganche y penetre sin dificultad en la piel. Su fragilidad la hace romperse con facilidad y verter su veneno en la herida. Si el ataque frontal se sustituye por una suave caricia de abajo arriba con la mano, no hay respuesta violenta porque los pelos urticantes quedan cubiertos por la protuberancia verde que constituye la base de cada uno. Así de simple y eficaz, y es que la naturaleza, con su experiencia de millones de años, sabe dotar a sus criaturas de los medios que necesitan para sobrevivir, con unos «controles de calidad» que dejan en pañales los más sofisticados que hayan ideado los hombres.
Aunque se creía que el líquido urticante estaba formado por ácido fórmico, hoy en día se sabe que lo constituye de un 0,2 a un 1% de histamina y un 1% de acetilcolina. Es fácil comprobar este aserto mezclando en estas proporciones la histamina y la acetilcolina e inyectando la mezcla en la piel. La sensación que se experimenta es exactamente la misma que cuando nos ortigamos.
Quizás por ello el mejor antídoto para aliviar los efectos de una toma de contacto con las ortigas, sea su propio zumo. La histamina que contiene complementa la que produce el organismo para contrarrestar las sustancias irritantes. El picor que experimentamos no es más que la prueba de la actividad que nuestras defensas desarrollan para protegernos. Como posiblemente no dispongamos de zumo, más que nada porque si disponemos de él lo lógico es beberlo, como luego veremos, se puede emplear una hoja de lampazo mayor, llamado también bardana, la cual, ligeramente humedecida, se coloca sobre la parte afectada. Como sabemos, el lampazo se ha empleado desde muy antiguo como vulneraria y su calificativo de sanalotodo responde, quizás un poco exageradamente, a su empleo para curar toda clase de heridas. Si no disponemos de ella se pueden utilizar compresas de romaza, tomillo, romero, malva, manzanilla, mejorana, sauco, albahaca o mastranzo (ortiga me quemó, mastranzo me sanó), que proporcionaran un alivio inmediato, sobre todo si, como buenos guerrilleros, sabemos armarnos de paciencia y aguantar la quemazón, que tampoco la cosa es para tanto.
Y creo que ya va siendo hora de pasar a contar sus virtudes medicinales y nutritivas de efectos positivos muy superiores a los inconvenientes que acabamos de citar.
Como lo primero a lo que tiene que atender una cuadrilla o partida es a sus heridos y enfermos, empezaremos por nombrar sus virtudes curativas. Como no creo que, en estos casos, el que figuren entre las plantas hipoglucemiantes, nos sirva de mucho (recuerdo, para los despistados, que hipoglucemia es la disminución de la cantidad normal de azúcar contenida en la sangre), diremos rápidamente que son también hemostáticas constituyendo, según algún entendido, el mejor remedio contra la hemoptisis (hemorragia de la membrana mucosa pulmonar) y toda suerte de hemorragias, por los efectos de su jugo como vasoconstrictor.
Si alguna guerrilla lleva sus acciones ofensivas hasta la costa y para celebrar sus victorias se come una mariscada, quizás le convenga saber que las ortigas pueden contrarrestar las urticarias, producto de la acción alérgica que moluscos y crustáceos marinos pueden producir en algunas personas.
A nuestros Grupos de Operaciones Especiales del Norte, que tienen que sufrir las inclemencias del tiempo y los efectos de la humedad, les aconsejamos (sobre todo a los masoquistas) que, si sufren de dolores reumáticos, utilicen un manojo de ortigas frescas con las que se sacudan (eso sí, sin excesiva violencia que no conviene tomarse estas cosas muy a pecho) los miembros y articulaciones doloridos, varias veces al día. Este remedio se utiliza desde la más remota antigüedad y no me extrañaría que su origen fuera el infligir un castigo a algún prisionero. Con esa imaginación de la que la especie humana hace gala cuando se trata de doblegar a sus semejantes, es posible que, si aquel se encontraba en una húmeda mazmorra y aquejado lógicamente de dolores reumáticos, el ser azotado de esta manera se convirtiera en un alivio para esos dolores y, bien a través de sus verdugos, enterados al final de que el castigo no era tal, o bien por el mismo, si quedaba en libertad, estos efectos beneficiosos pasasen a conocimiento público.
Aunque tampoco sea el caso de que en una guerrilla pueda haber algún miembro de ella inapetente, si puede haber alguno con problemas de diabetes, gotosos o convalecientes, que no puedan comer alimentos más fuertes. Para todos ellos, las ortigas hervidas, sazonadas con aceite y sal, constituyen un alimento de gran importancia, digiriéndose, además, con gran facilidad y, sobre todo, se debe tomar el agua en la que fueron hervidas (como es lógico en estos casos, sin endulzar) y en la cantidad que deseen. También con esta agua se puede preparar un jarabe, para lo cual basta con filtrarla y luego añadirle el doble de su peso de azúcar, removiéndola hasta que se disuelva.
Tampoco viene al caso hablar aquí de su empleo en las afecciones cutáneas, sobre las que logran un notable efecto, ni citar a Dioscórides que las recomendaba para «las desencasaduras de miembros, los tolondrones, las sequillas, los diviesos y cualquier otro apostema» además de advertirnos jojo! que “tomadas con vino paso estimulan a lujuria y desopilan la madre».
Que nuestros antepasados eran más listos de lo que creemos nos lo demuestra el hecho de que, no solamente llevaban las «raciones de precisión» para sus necesidades inmediatas sino, y cito el caso de las legiones romanas, semillas de ortiga, con lo que además de prevenir futuras necesidades, demostraban a los naturales del país que no tenían previsto el marcharse (lo cual se integra dentro de las enseñanzas de la guerra psicológica). Eso es una clara muestra del apego que debían sentir por ellas, porque, aun pensando que lógicamente se las iban a encontrar en estado natural no querían arriesgarse. Cuesta trabajo imaginar a una aguerrida legión romana paralizada por los dolores reumáticos producidos por el húmedo clima del Norte de Europa. Y es que los romanos, aunque latinos, eran previsores; virtud, ¡ay! que no nos transmitieron.
Por cierto que ya que citamos un poco más arriba al famoso Dioscórides no quiero dejar escapar la oportunidad de recordar que este prestaba sus servicios en el ejército romano. Médico y botánico acompañó a las legiones, buscando y estudiando nuevas plantas y sus aplicaciones en la medicina, al mismo tiempo que atendía a los heridos. Su nombre se halla entre los de las grandes figuras de la antigüedad. En cinco volúmenes recogió 500 plantas, descritas minuciosamente y su exactitud era tal que permaneció como libro de consulta, en lo que a plantas medicinales se refiere, hasta nuestros días.
Dicho lo anterior, pasemos al capítulo alimenticio. Como es lógico, la época de recogida es la primavera, prácticamente hasta junio. Se debe cortar con tijeras, nunca arrancar, su parte superior, lo que permitirá que la planta se recupere, recordando que mantiene sus efectos urticantes hasta que se sumerja en agua hirviendo o se cuezan. No hace falta añadir que, como cualquier otra verdura, antes de ser cocidas, deben ser sometidas a un minucioso lavado, para eliminar cualquier vestigio de suciedad. Sobre esto conviene llamar la atención de que una de las ventajas de las plantas silvestres sobre las cultivadas es que las primeras crecen sin ayuda de abonos químicos o de riego con aguas residuales, por lo que su lavado podrá ser más somero.
Si no se van a consumir en el momento se pueden secar, para lo cual conviene extenderlas en algún lugar seco, templado y aireado, protegidas de la acción directa del sol y removiéndolas de vez en cuando. Una vez bien secas, se pueden conservar en bolsas de papel o tarros de vidrio.
Sus excelencias como verdura, que algunos consideran superiores a la espinaca porque teniendo sus mismas virtudes, carecen de algunos de sus inconvenientes, por ser diuréticas y de acción persistente, vienen incrementadas por el hecho de haberse descubierto en ellas la existencia de la secretina, la cual estimula las secreciones estomacales, del páncreas y de la bilis, así como los movimientos peristálticos del intestino.
Se pueden tomar cocidas, como cualquier otra verdura, en tortilla, sopa vegetal, gazpacho, en infusiones, etc. Su zumo fresco es una bebida excelente. También hay quien prepara con ellas cerveza y vino, aunque, la verdad, es que desconozco el procedimiento. Hay recetas para prepararlas formando platos más sofisticados por los ingredientes que requieren y que creo que no son los más apropiados para formar parte de la cocina guerrillera, por lo que solo citamos los más sencillos.
Su riqueza en hierro y vitamina C hace que los efectos de esta mejoren considerablemente, enriqueciendo la sangre y siendo un remedio eficaz para la anemia y debilidad muscular. Su vitamina B, fortalece nuestras fibras nerviosas. Su caroteno es transformado por el hígado, en vitamina A. Su riqueza en clorofila se puede aprovechar tomándola en infusión. Su contenido en sílice sirve para frenar el proceso de envejecimiento de las células. Su calcio fortalece los huesos. Su azufre actúa como desinfectante y ayuda a los nervios y su fósforo a las células cerebrales. Además contiene amoniaco, potasio, cloro, sodio, etc. En fin, que nadie me puede negar que no es una auténtica mina, a pesar de pertenecer al reino vegetal. Para colmo, si alguno es alérgico al salicilato de la aspirina, puede probar con la ortiga. La salicilina que contiene, equivalente natural al salicilato sódico, no produce efectos secundarios.
Por último cabe añadir, sin que ello quiera decir que hayamos terminado de hablar sobre esta fascinante planta, que, hasta mediados del siglo XVIII se empleó como fibra textil.
Confiamos en que este breve apunte sobre la ortiga, sirva para aumentar nuestro respeto hacia ella en particular y hacia la madre naturaleza en general por ser capaz de engendrar semejantes maravillas. Dejemos de mirarla como una «mala hierba». Puestos a buscar «malas hierbas» la mejor forma de encontrarlas rápidamente es hacerlo entre los que constituimos la especie humana.
Bibliografía consultada:
Plantas medicinales, de Pío Font Quer
Las ortigas de Claire Swann






























