La historia de uno de Palma

Carlos Ugidos Altadill

Al hombre que hizo posible lo imposible. Fundador del GOE I y pionero en las UOE, mi comandante en aquel entonces, don Evaristo Muñoz Manero y a todos los mandos que le sucedieron y acompañaron a la Unidad en su gran historia militar.

En una entrevista le preguntaron a un exsoldado qué sentía al haber sido un boina verde. Él respondió: “Se me pone una sonrisa de oreja a oreja”.

Esta historia va por todos aquellos que sienten esa expresión en su cara cuando se lo preguntan y que saben que detrás de todos los guerrilleros hay un gran relato.

Esta historia está inspirada en algunas vivencias, los personajes son ficticios.

El porqué de todo

Cuando eres joven todo te marca y te moldea de una forma u otra.

En esa época trabajaba con su tío en un chiringuito de playa, en una zona donde descansaban mandos de muchos ejércitos, desde alemanes que habían bregado en sus guerras, generales españoles que buscaban la playa y el sol del mediterráneo y, cómo no, gallegos que habían cambiado de continente para dar servicio a algún nuevo ejército. Estos últimos serían los que más le impactaron ya que sirvieron en Sudáfrica y no dejaban de contarle historias sobre el Batallón 32, llamados con el sobrenombre de “Los Terribles”.

Pero fue una entrevista de la revista “Soldiers of Fortune” del año 1982 sobre esta unidad y, en concreto, sobre un miembro de ella, el comandante Peter Williams, el cual reflejaba el espíritu de esos hombres a la hora de infiltrase, conseguir información o realizar golpes de mano al enemigo lo que le hizo desear ser como ellos.

La captación

Era el año 82 cuando se estrenó la película “Oficial y Caballero” que fue el filme que influyó en muchos jóvenes que querían aventuras y disciplina como se reflejaba en esa película. Así que el equipo de captación ya tenía la mitad del trabajo hecho y como ya venía influenciado por las historias escuchadas en la playa le quedó poco o nada para decidirse.

Ya en el CIR, veía a la hora de comer cómo se acercaban los boinas verdes del GOE I a paso ligero con un ruido rítmico y ensordecedor que hacía temblar el suelo. Al frente, normalmente, un sargento que iba dando el paso y el canto guerrillero. Era tal la sincronización que cuando decía “alto”, solo se oían dos zapatazos contra el suelo de cemento y todos parados con una coordinación brutal que sobreponía un silencio abrumador y los allí presentes se quedaban sorprendidos al ver a esos boinas verdes con tal disciplina y orden.

“Quiero ser uno de ellos”, se dijo a sí mismo. Y lo que le llegara después ya vería cómo lo resolvería. Así que se presentó a la captación y vio, junto a todos los allí reunidos que aspiraban a entrar, las imágenes y los vídeos que el capitán Romero y su equipo pusieron con un gran acierto. Sabían bien lo que hacían y lo que buscaban. ¡A ellos!

Fueron pocos los que se apuntaron a la gran aventura de la guerrilla y el oficial al mando no podía permitirse dejar que se le escapara ninguno para las pruebas físicas y culturales. Después llegó la criba de los selectos y elegidos. Fue allí donde dejó atrás a varios amigos del CIR que no pasaron las pruebas requeridas por aquel entonces.

Antes de firmar el contrato del GOE, el capitán se percató de que le habían entrado dudas, así que se levantó sacando el arma reglamentaria y le dijo en voz alta: “Tú te vienes conmigo”. Y, cómo no, le convenció a la primera. Él le había comentado al oficial que quería ser paracaidista y el capitán le dijo: “Tranquilo que aquí también saltamos”. Se quedó con una sonrisa de oreja a oreja que todavía le dura hasta hoy. Lo que no sabía es que estos saltos, ¡serían saltos en la pista americana!

Cierto es que después tendría una gran estima por el capitán y no se arrepintió jamás de haber sucumbido a sus argumentos. Así que, en ese momento, empezaba su gran aventura.

El recibimiento

Bajaron del autobús cerca de El Paraguas, típico bar de militares que había cerca de la entrada del CIR. Allí les esperaban los veteranos que parecía que también habían visto la película “An Officer and a Gentleman”. Ya que empezaron a decirles: “Tú de dónde vienes. ¿De dónde?… Pero si allí solo hay vacas y pueblerinos”. Y se acercaban dando gritos: “Venga, venga”. Al iniciar la marcha, les hicieron poner el petate en tercien y bajar a paso ligero hasta las compañías del grupo. ¡Aquello prometía! y se le puso un mal cuerpo al ver a esos soldados barbudos, aguerridos y que daban miedo solo de verlos.

La aventura empezó adjudicándoles a las diferentes compañías y a él le tocó la UPLM, llamada la plana. Le asignaron un veterano que resultó ser el cabo furriel, al cual más tarde llegó a sustituir. No era su destino preferido, pero le acabó gustando y se sintió orgulloso de servir en esa unidad.

Estuvieron desfilando una semana en la que perdió siete quilos de peso y no durmió, ni él ni nadie, tranquilamente durante muchos meses ya que había que hacerlo con un ojo abierto. O eran los veteranos los que les sorprendían con alguna novatada o era el sargento de guardia al que se le ocurría alguna maniobra nocturna para darles ese carácter de sufridos guerrilleros. Para ellos, lo insufrible se convertía en algo normal. Aquí se hace lo posible y lo imposible también. Era el lema de la compañía.

La prueba

Todos esperaban la ansiada y querida boina verde, aunque todavía llevaban la gorra del CIR, mal llamada de pistolos, y ese mote los veteranos no dejaban de decírselo a cada momento.

Todo empezó con un “Tú ven aquí y entra en la sala de estar de la compañía”. Allí cuatro veteranos fornidos como robles le hicieron sentar en un taburete pequeño que ya tenía mal asiento. Él empezaba a sentir la angustia en su cuerpo y esperaba que algo pasara en algún momento ¡Vaya que si pasó!

Amablemente le pusieron en una mesita una docena de fotografías de sus compañeros reclutas y en tono serio le dijeron: “Sabemos que en esta reclutada hay un infiltrado de la banda terrorista ETA y tú nos vas a decir quién es”. A lo que él contestó: “Yo no conozco a nadie de esa organización. Ni lo soy ni lo seré nunca”. Ahí ya le cayó encima la primera “caricia”. “Venga, dinos quién. Venga, venga” y la cosa se puso más seria.

Inventiva tenían. Le pusieron una bolsa de basura negra en la cabeza con el objetivo de que no viera nada y, por si no fuese suficiente, le encajaron una olla súper grande en la cabeza. “¡Vaya casco!”: pensó, sin entender lo que venía después. ¡Bum!, ¡bum!, eso eran los golpes de un bastón en la olla donde tenía metida su cabeza y sonaba como un pasillo de fuego explotando en su cerebro. “¡Venga, dinos quién es el infiltrado! ¡Venga, venga! Lo sabemos y tú nos lo dirás sí o sí”.

No es que no quisiese decirlo, es que no podía porque no sabía nada de infiltrados y si decía un nombre en vano, pensó, sería un judas y de vuelta al CIR. Y no quería eso, así que decidió que era mejor aguantar el golpeteo incesante a pesar de estar cada vez más desorientado.

Después de dejarle sordo, vino lo típico del poli bueno, aunque en aquella ocasión debería decirse el soldado bueno. Le quitaron la olla y la bolsa de la cabeza y cambiaron el tono a amable y suave. Le ofrecieron un cigarrillo y lo encendieron para terminar poniéndoselo en su boca. Entonces pensó: “Mira qué buenos se han vuelto”. Dio una caladita y por sorpresa, cuando exhalaba el humo, otra “caricia” vino volando del cielo para impactar en su cara. Resultado, el cigarrillo estampado en su rostro y otra vez: “¡Venga, venga! ¡Dínoslo! ¡Lo sabemos!” Su corazón latía a mil y los ojos desprendían rabia por lo que ya vieron que no cantaría ningún nombre al azar. No había otra que aguantar hasta el final y así lo hizo.

Todo quedó en un golpeteo y una desorientación espacial debido a los golpes en la olla, pero, al final, se ganó el respeto y la boina verde que tanto ansiaba. Boina que representa ese espíritu que todo guerrillero lleva desde que la gana hasta el final de su vida. ¡Boina verde por un día, boina verde para siempre!

El paseo

Debía ser las 2 de la madrugada cuando el autobús le dejó en su ciudad. Su casa quedaba cerca, pero tenía que cruzar, por aquel entonces, un avenida solitaria y oscura. Cuando se acercaba a su calle y con la visión periférica que ya había aprendido a manejar observó a cinco o seis quinquis de la época sentados en un portal de un club deportivo. Ellos le miraban como un cazador a su presa y uno de ellos le soltó: “Soldadito, danos todo lo que llevas o te rajamos vivo”. Sin perder los nervios sacó su machete reglamentario, que llevaba para enseñar a unos amigos de su quinta, y se lo enseñó desde la lejanía sin dejar de observarlos. En aquel momento le dijo al que le interpelaba: “Si quieres, ven aquí y hablamos”. Éste, que era quinqui, pero no tonto, se dio cuenta de la boina que llevaba en la cabeza y con un ademán de parar la cosa les dijo a sus compañeros: “¡Es un boina verde, coj…!”. Y con una falsa amabilidad, le espetó un “Buenas noches soldado, que usted lo pase bien” Hasta sabía hablar bien el amigo, así que se fue a dormir a casa que ya lo necesitaba.

Algo parecido le ocurrió yendo con un veterano cabo del servicio de automóviles. Iban caminando por Vallecas los dos, cuando se toparon con un chico con aspecto de delincuente y fumando con despreocupación, sentado en una acera de la calle donde vivía su amigo. El cabo se le acercó, le dio una puntada con el pie y le dijo: “¿No me has visto, chaval? Pues cuando veas a un COE por aquí, te levantas y saludas o te acordarás de mí” El chaval se vio sorprendido y murmuró a regañadientes: “Buenos días, guerrilleros”. El cabo se reía y le comentó: “Lo que hay que hacer para que te respeten. Esto es la jungla”. Así se dio cuenta de lo que significaba esa boina y a la vez aprendió la osadía de cómo llevarla.

Su vida cambió desde el momento en el que entró a servir como voluntario en el GOE I y con lo que aprendió sigue viviendo en paz, respeto y valentía.

Camaradas

Nunca había visto tanta camaradería entre compañeros. Cuando a alguien le sucedía algo en lo personal todos se implicaban a fondo. Siendo cabo, un día, de buena mañana llegó un recluta que se encargaba de un Jeep de servicio y que parecía estar angustiado, por lo que le preguntó: “¿Qué te pasa, soldado?” El hombre tardó en responder y con voz enmudecida por el dolor le comentó que su abuela había muerto y que no tenía dinero para hacer el viaje a casa y despedirla como se merecía. Le dijo: “Tranquilo, déjame a mí”. Con la rapidez que la ocasión requería habló con su teniente que tenía un corazón tan grande como su nombre y, al contárselo, formó a la compañía y sacándose la boina de su cabeza, con un gesto de mando se la dio introduciendo un billete dentro. Después, el cabo fue pasándola por toda la formación y todos contribuyeron, en mayor o menor medida, para hacer posible ese viaje de despedida.

Días más tarde le contaría al teniente que el soldado, agradecido, quería llevárselo de señoritas a la calle Barcos en Madrid y no sabía cómo decirle que no. “Tranquilo cabo, solo quiere agradecértelo. No le des más importancia” y eso hizo. Así que, viendo que él no era de calles de señoritas, se le acercaba cada día antes de acostarse y rezaba a su lado un “Jesusito de mi vida”. El cabo lo miraba con respeto y se quedaba inmóvil a la espera de que terminara. El soldado siempre había sido un hombre rudo y fuerte pero nunca pudo olvidar la ayuda de sus compañeros.

La estratagema

Como en aquella época era muy difícil conseguir uniformes nuevos, había que buscar una forma de conseguirlos. Una mañana su brigada le dio dinero con la consigna de ir al Rastro a comprar uniformes viejos de camuflaje para poder cambiarlos por otro nuevos. Con un Jeep, un conductor de servicio y el sargento Miguel, se dirigieron a visitar un garito conocido como La Cueva. Allí su superior y él entraron en el local que realmente parecía la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones. Un hombre, con aspecto desaliñado y sospechoso, y dos de sus secuaces les invitaron a pasar a ver lo que tenían dentro. El sargento y el cabo se miraron mostrando desconfianza. No parecía un lugar seguro. Sin pensarlo exclamó: “¡Mi sargento, alto!”. “¿Qué pasa, cabo?”: le preguntó. En ese momento no respondió a su pregunta, pero cogió un cargador de la zeta y lo introdujo en el arma quitando el seguro. Los dueños parecían contrariados. “Ahora sí vamos dentro, mi sargento”: dijo el cabo. Así que entraron y se realizó la compra.

Los de Alí Babá se quedaron quietos y ni una palabra. Eran COE. Al salir, el sargento soltó una risa de las más grandes que jamás se habían visto y le dijo: “Me río, pero qué seguro que caminaba por esa cueva a tu lado bien armado. ¡Bravo, cabo!”

En su interior, todavía resuenan algunas de las frases que marcaron esa época: “Nunca un no”, “Por España me atrevo”, “Aquí se hace lo posible y lo imposible”. Éstas y muchas más fraguaron su carácter y le infundieron unos valores que en el ayer, en el hoy y en el futuro seguirán marcando su camino.

¡Hasta siempre, hermanos guerrilleros!

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