La COE 51 en la operación «ALAZÁN»

Mariano Bayo de la Fuente

General de División. Antiguo Teniente de la COE 51

A finales de marzo de 1981, la COE 51 se encontraba en el Campo de Maniobras de San Gregorio, participando en un ejercicio de guerrillas y contraguerrillas organizado por la Brigada de Defensa Operativa del Territorio número 5 (BRIDOT V), en la cual estaba integrada. Como era habitual, la COE 51 constituía la guerrilla en ese ejercicio y en la mañana del 28 de marzo, después de haber ejecutado un exitoso golpe de mano y una emboscada durante la noche anterior, sus componentes se estaban recuperando en diversas áreas protegidos por el bosque y por la dificultad del acceso, además del riguroso sistema de seguridad.

A primera hora de esa mañana, el teniente comandante de la COE y su equipo (me cupo el honor de mandar la unidad, ya que nuestro capitán Perera estaba realizando el Curso de Ascenso a Comandante) se sorprendieron al oír en la lejanía una corneta tocando el toque de llamada. La respuesta fue inmediata, sin decir nada, todos ocupamos nuestro puesto para activar la ensayada defensa perimétrica, pues todo apuntaba a que, después de los ataques de la noche anterior, la contraguerrilla estaba batiendo el terreno y podíamos ser descubiertos. Nuestro sistema de seguridad no detectó unidades de la contraguerrilla en los alrededores; sin embargo, la corneta seguía emitiendo el toque de llamada cada dos o tres minutos. Pasado un tiempo prudencial sin ver ninguna unidad y oyendo repetidamente la corneta, destacamos dos binomios para que observaran de cerca lo que sucedía. Al poco tiempo regresó uno de ellos, e informó de que en un camino había un vehículo aislado con su conductor dentro del mismo y un teniente coronel y un corneta fuera, ambos con una cinta blanca en el brazo. Entonces resultó evidente que ese oficial pertenecía al equipo de dirección del ejercicio y, por lo tanto, sabía la zona aproximada en la que se encontraba el mando de la guerrilla.

Algo extraño debía de estar pasando, pues se mantenía un enlace radio horario entre la dirección y el mando de la guerrilla y no se había recibido ninguna comunicación significativa. El mando de la COE se acercó a la zona donde estaba el vehículo y reconoció al teniente coronel que, en efecto, pertenecía a la dirección del ejercicio, no se trataba de ningún engaño de la contraguerrilla. Este oficial me transmitió verbalmente la orden del general jefe de la BRIDOT V, según la cual la COE 51 había terminado su participación en el ejercicio de guerrillas y contraguerrillas, debía reunir a todo su personal y trasladarse a su acuartelamiento de Valdespartera inmediatamente. Allí se darían más instrucciones.

Esa misma mañana, la COE llegó a su acuartelamiento y recibió la orden, también verbal, de prepararse para trasladarse a primera hora del día siguiente al Valle del Baztán, en Navarra, y participar en la operación «Alazán» con la misión de contribuir a la impermeabilización de la frontera con Francia, impidiendo el paso de comandos de ETA a España. Hoy, 41 años después, hay que retrotraerse a aquellos días para entender lo que esta misión suponía para todos los componentes de la COE.

La situación en España era muy delicada, pues según la Fundación de Víctimas del Terrorismo entre 1978 y 1981 ETA asesinó a 277 personas (fueron los llamados años de plomo) y el 23 de febrero había tenido lugar el intento de golpe de estado en el Congreso. En esas condiciones, necesitábamos pocas explicaciones para concienciarnos de la importancia de nuestra misión.

El resto del día lo dedicamos a proveernos de todo lo necesario para ser autosuficientes durante una semana, duro trabajo para nuestro brigada Serapio, preparar el armamento, munición y material, transmitir las instrucciones a todos los niveles para la realización del traslado con las máximas medidas de seguridad y recibir los apoyos de nuestra BRIDOT. A este respecto, quedamos gratamente sorprendidos cuando vimos que en la explanada frente al edificio de la COE llegaban unos 20 Jeep Willys con sus propios conductores, que nos fueron agregados y que nos iban a proporcionar una mayor flexibilidad y movilidad. El sargento Lorente, responsable de nuestros vehículos, se quedó impresionado al observar tantos Jeep Willys juntos.

A las 06:45 del domingo 29 de marzo de 1981, con toda la unidad formada con sus vehículos detrás de mí, daba novedades al teniente coronel Vicente Martín Pérez, jefe accidental del Regimiento Las Navas nº12, que nos despidió y transmitió unas entrañables palabras llenas de patriotismo y de reconocimiento a la especial preparación de los boinas verdes, que nos colmaron de orgullo y nos motivaron todavía más si cabe. A las 07:00 la COE 51 iniciaba su traslado al Baztán para participar, por primera vez, en una operación real, no en unas maniobras, como sucedía habitualmente.

Poco antes del mediodía pasamos por Elizondo, centro neurálgico del Baztán, nos adentramos en el valle, llegamos al puerto de Otxondo y tomamos al este una carretera más estrecha que nos llevó a la zona de Intzulegui, en las inmediaciones del Alto de Gorramendi, donde había unos suelos de cemento, restos de la base americana que allí se ubicó y que se desmanteló en 1974. Al poco tiempo de establecer el sistema de seguridad llegaron varios vehículos con el capitán de la Unidad Antiterrorista Rural (UAR) de la Guardia Civil, que llevaba algún tiempo desplegado cerca de la frontera y con el que debíamos establecer contacto. Nos dijo que éramos los primeros del Ejército de Tierra en desplegar y nos recomendó una buena zona para establecer el «vivac», que previamente había acordado con la autoridad correspondiente.

Trasladados a ese lugar, establecimos la seguridad y montamos las tiendas. A la espera de órdenes más detalladas, el teniente Yago y yo empezamos a dar instrucciones a nuestros suboficiales y a planear las posibles misiones que podíamos asignar a nuestras patrullas. El sargento Cabrero, responsable del armamento, revisaba a fondo su estado y mentalizaba a todo el personal para mitigar los perniciosos efectos de la permanente lluvia y humedad sobre sus armas.

El 30 de marzo lo dedicamos a establecer contacto con las autoridades de las localidades más próximas, a familiarizarnos con el terreno contiguo a nuestro «vivac» y a ensayar las reacciones ante posibles ataques tanto a pie como en vehículo. A lo largo de ese día nos llegaron las órdenes concretas aludiendo a cometidos y zonas de responsabilidad. También desplegaron unidades pertenecientes a la entonces División de Montaña Navarra nº 6, con base en Pamplona, y la Brigada de Alta Montaña de Jaca.

Al día siguiente se dio por concluido el despliegue de todas las unidades y empezamos a cumplir nuestros cometidos que, básicamente, se concretaban en constituir patrullas de reconocimiento y puestos de control en nuestra zona de responsabilidad. Para ello contamos con el inestimable apoyo de la Guardia Civil, que destacó una pareja con cada una de nuestras patrullas para atender las funciones de carácter policial, de las que carecíamos nosotros, y poder detener legalmente a quien correspondiera. Esta colaboración con nuestros beneméritos compañeros fue muy fructífera para unos y otros.

En el ámbito logístico, ese 31 de marzo el brigada Serapio se trasladó a Elizondo a comprar la carne para comer ese día, con toda normalidad. Lo que nos sorprendió es que al día siguiente un periodista publicaba un artículo en el periódico El País en el que decía: «En la mañana de ayer, …, sobre las once, efectivos de las COE se encontraban en Elizondo comprando provisiones …En una carnicería de esta población las COE compraron dieciocho kilos de filetes de cerdo y pagaron en efectivo 5.700 pesetas». Se confirmaba así la evidencia de que no podíamos fiarnos de nadie. Eso sí, el brigada Serapio fue objeto de todo tipo de chistes.

Entramos así en el mes de abril y la niebla matinal, el frío, el viento y la lluvia se convirtieron en nuestros permanentes compañeros de fatigas, haciendo más dura nuestra vida y contribuyendo a completar nuestra forja como soldados. Recuerdo cómo, al acabar su primera patrulla de reconocimiento, los sargentos Quesada y Ferrer, con su alegre juventud e inquebrantable entusiasmo, me enseñaron orgullosos sus botas rebozadas en barro con las que, más que andar, patinaban. Aprendiendo de los lugareños, al día siguiente todos compramos unas botas de lluvia de color negro y caqui para tener los pies secos mientras estábamos acampados. Para nosotros, acostumbrados a la tierra del secano aragonés, aquella fue una nueva experiencia que no olvidaríamos.

Otra curiosidad fue la actitud de los habitantes de Zugarramurdi, el pueblo de las brujas, como lo denominábamos. Durante el día eran amables y se podía intercambiar algunas palabras con ellos, pero cuando nos trasladábamos durante la noche en los vehículos por la carretera podíamos observar que iban encendiendo y apagando las luces según nos acercábamos a sus casas. No pudimos llegar a saber con certeza lo que pretendían, pero lo intuimos.

Así seguimos todos los días, combinando actividades diurnas y nocturnas, recorriendo esas hermosas tierras verdes del Baztán y de la frontera, contactando con las otras unidades vecinas, relacionándonos con la población civil y dispuestos para intervenir si fuera preciso, para eso estábamos allí, pero, salvo un par de falsas alarmas, no hubo mayores contratiempos, no hubo necesidad de poner a prueba todo lo que sabíamos y habíamos practicado sobre este tipo de operaciones.

Aproximadamente a las dos semanas, se nos dio la orden de repliegue a Zaragoza, pues ya estaban en zona otras dos COE, las habituales en ese territorio, la 61 de Burgos y la 62 de Bilbao, que iban a continuar la misión junto a las unidades de la División de Montaña Navarra nº 6. Consecuentemente, recogimos el «vivac», efectuamos las despedidas reglamentarias de nuestros jefes y compañeros, que permanecieron en la operación, así como de las autoridades civiles. Atrás dejábamos esos preciosos paisajes que ya nos resultaban familiares. Dantxarinea, Landíbar, Urdax, Zugarramurdi, Gorramendi, Intzulegui, Otxondo, Anzolakolepoa, Baztán y Elizondo, son algunos de los muchos lugares en los que estuvimos y cuyo recuerdo guardamos en nuestra memoria. Finalmente, el trayecto hasta Zaragoza se realizó sin ninguna novedad, culminando así nuestra operación con la enorme satisfacción del deber cumplido.

A modo de conclusión, quisiera destacar los siguientes asuntos:

La COE 51 demostró una extraordinaria capacidad de reacción y adaptación para pasar, en menos de 24 horas, de un ejercicio de guerrillas y contraguerrillas en San Gregorio a una operación real, con un potencial adversario, en el Valle del Baztán. Ello sin tener ningún tipo de información previa que facilitara los preparativos.

Todo el personal estuvo a la altura de las circunstancias: los cuadros de mando planeando, organizando, coordinando y dirigiendo a sus respectivas unidades; y los guerrilleros, recuerdo que eran de reemplazo, demostrando una enorme preparación, ofreciéndose voluntarios para lo que hiciera falta y exteriorizando el orgullo de participar en esa operación. Aunque ya tenían todo mi respeto desde mucho antes, en esos días lo multiplicaron.

Personalmente, para mí fue un auténtico honor y un gran privilegio poder estar al frente de la COE 51 en la Operación «Alazán» y confirmar el alto grado de adiestramiento de la unidad, fruto de la desinteresada entrega de todos los guerrilleros que allí estuvimos, pero también, no lo olvidemos, del laborioso trabajo del día a día, y ese trabajo estuvo liderado por nuestro capitán Pablo Perera, no presente en esta operación por estar en el Curso de Ascenso a Comandante.

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