Carlos Rodríguez Burgos, guerrillero de la COE 12

Extracto de las palabras del guerrillero Carlos Rodríguez Burgos, en el encuentro de veteranos de la COE 12 en lo que hubiera sido su 50 aniversario.

Teníamos 20 años y por ello reclamamos nuestra pequeña parcela de gloria. Decidimos que queríamos portar la boina verde.

Con más ilusión que vocación guerrera, juntos alcanzamos cimas, vadeamos ríos, atravesamos vaguadas, topografiamos mogotes y vértices geográficos, descansamos en cumbres nevadas, recorrimos cresterías. Juntos quemamos cartuchos; trotamos a paso ligero allá donde fuera que quisiéramos ir. Manejamos armamento y sufrimos más con el manejo del plano y la Buchi(1) que atravesando el pasillo de fuego. Descendimos por pistas heladas y dormimos en iglús; aprendimos a descifrar códigos de transmisiones mientras guarnecíamos los peñones. Juntos desfilamos gallardos y juntos pasamos sueño, hambre a veces, y, casi siempre, mucho frío. Juntos compartimos un pitillo, un trago de cantimplora y un plato de filete de hígado surcado de arterias y frío, frío como el monte que llegó a convertirse en nuestro hogar. Juntos también aprendimos a entonar a coro nuestras canciones guerrilleras y a guardar silencio, mientras el resto del mundo dormía y nosotros acechábamos en la oscuridad de cualquier campo de Castilla, esperando la orden de avanzar.

Juntos descubríamos, poco a poco, lo que significaba y costaba optar a nuestro pequeño pedazo de gloria; esa gloria recordada día a día por el orgullo y responsabilidad de llevar nuestra boina verde, con su machete y hojas de roble.

Todos, o casi todos, en algún momento llegamos a pensar que decididamente aquel no era nuestro sitio. Que otro lugar era el nuestro. Que por qué no reconocer que quizá nos habíamos equivocado; que ese pedazo de gloria, el precio que había que pagar, a lo mejor era demasiado alto. A veces llegamos a pensar que estábamos solos; que los nuestros, que el resto de los españoles no tenían ni idea de lo que hacíamos y lo que era peor, que por qué lo hacíamos. Llegamos a imaginar que el cielo no era tan estrellado, que los días eran tan largos como las noches, que la tierra que pisábamos era más hostil. Que el cansancio era derrota y la victoria nunca la conoceríamos.

Afortunadamente, esos presagios fueron diluyéndose en el tiempo, pues descubrimos que nuestros cuerpos eran más fuertes de lo que jamás hubiéramos imaginado, pero nuestras mentes aún lo eran más. Descubrimos que nuestra instrucción nos hacía avanzar cada vez más rápido hacia ese pedazo de gloria que al principio anhelábamos y que más tarde exigíamos como nuestro. Nos dimos cuenta de que, cada día, éramos más dignos de lucir nuestra boina verde. Pero quizá lo más importante y lo que tal vez no advertíamos que estábamos adquiriendo, y que sería lo que realmente marcaría nuestro carácter, fue el sentimiento de compañerismo.

La solidaridad entre camaradas; esa fuerza, unión, que solo puede surgir entre hombres (chavales esos días) que han compartido penurias, alegrías, buenos y tristes momentos. Hombres que han unido experiencias que solo se pueden vivir y adquirir en grupos que hacían de la instrucción del soldado de operaciones especiales, su día a día.

Es ese sentimiento único en su especie y tan poco propagado por la humanidad; algo que el rico nunca podrá pagar, que el cobarde nunca conocerá, que el mezquino y egoísta siempre tendrá vetado. Que ni políticos ni mercados financieros podrán manipular, otorgar o restringir. Desgraciadamente, tan poco conocido por tanta gente. Es por ese compañerismo que hemos sabido crear, guardar y madurar en nuestros corazones y por el que seremos la envidia del resto. Es por ese sentir por lo que mereció verdaderamente la pena el haber servido a España como voluntarios de las compañías de operaciones especiales y por lo que seguimos y seguiremos estando orgullosos de ser veteranos boinas verdes del ejército español.

Es ese sentimiento, actitud, filosofía de compañerismo del que deja constancia solo el hecho de alzar la vista y veros aquí reunidos; es, como decía, nuestro verdadero pedazo de gloria.

Y compañeros aprendimos a ser en la mejor escuela que podía haber, la COE, y lo seguiremos siendo, tanto los que hoy nos encontramos aquí, como los que no están por no haber podido venir o por no haber sido posible localizarles y, sobre todo, los que han fallecido y que allá donde se encuentren seguirán siendo recordados y queridos: “seguirán siempre entre nosotros, con nosotros”.

Colmenar Viejo, Madrid, mayo de 2018

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