Inicio de la forja Guerrillera

Juan Rodríguez Bancalero

Antiguo guerrillero de la COE 92

En la oscura tarde noche de aquel frío y húmedo 13 de diciembre, en el andén de aquella estación ennegrecida por decenas de años de humos ferroviarios, testigo de tantas lágrimas vertidas por emigrantes de piel requemada y manos agrietadas y encallecidas, ocupadas ahora por escasos bártulos familiares, forzados a abandonar su tierra en búsqueda de una supervivencia digna, nos encontrábamos los reclutas procedentes de Viator, recién apeados de un tren cascarrioso y maloliente, cuyo ruidoso y molesto tran-tran sobre caminos de hierro bruñidos por el paso de millones de ruedas, había acabado casi por taladrarme la sien.

Con un poco de desorden, la “reclutada”, con cara de pardillo, gorra de “pistolo” y vestida con tres cuartos que en vez de un setenta y cinco por cien de su altura cubría un noventa (siempre me ha parecido un derroche gastar tanta tela en hacer esas prendas tan largas para lo que era la talla media del español), esperaba el devenir de los acontecimientos prestando oreja a los inevitables chismes de Radio Macuto: que si iban a ponerla a desfilar; que si no iban a darle de cenar; que si la devolvían a Viator por problemas burocráticos… Estaba entremezclada: los soldados que iban a prestar servicio militar en un regimiento estándar y luego los aventureros, que lo harían en una compañía de boinas verdes.

De pronto se hizo el silencio entre los reclutas: un capitán “pistolo” malencarado, con bigote pulcro y modelo al uso en la época, prorrumpió con aspereza en la zona donde nos encontrábamos. Le acompañaban un sargento, un cabo y un par de soldados rasos. El sargento gritó: ¡Silencio…! El chitón se impuso como una advertencia letal. Seguidamente el capitán no se molestó en ordenar a su subordinado las consignas de formación, él, directamente, con voz que retumbó en el techado del andén bramó: ¡Firmes…Ar! ¡A cubrirse…Ar! ¡Izquierda…Ar! Ya nos tenía a todos encarados. Ahora comenzó una perorata sobre nuestro porvenir más inmediato y lo que el Ejército esperaba de nuestro paso por él. La verdad es que me pareció un pasaje sobreactuado, no por el contenido del discurso o lo incorrecto del mismo, sino por la manera de proferirlo; no concebía yo que pudiera albergar tanta exacerbación en su cuerpo ni siquiera durante un día: las venas del cuello asomaban por debajo de su piel como taimadas culebras bastardas; en las de la cabeza, los que estábamos más cerca, podíamos ver los latidos de su corazón, y la comisura de los labios se le impregnó de una pizca de sustancia blanca pastosa.

No me asusté, entendí que era una pose, porque se debía de dejar claro que ahora el límite de tolerancia y comprensión iba a ser más estrecho que en el campamento: habíamos entrado a formar parte integral de las Fuerzas Armadas españolas. Con todas sus consecuencias.

A paso de maniobra nos llevaron hasta el cuartel del Regimiento Ceuta-54, al que todos pertenecíamos ya, y una vez allí nos sirvieron una cena frugal de la que solo recuerdo que no me apeteció probar bocado.

No me gustan las fotografías, siempre he pensado que el cerebro del ser humano, en un ejercicio de autodefensa o inmunización, elimina las experiencias y situaciones negativas, cuando no sean excesivamente traumáticas, o dicho de forma más gráfica: lo mejor de la memoria es que permite olvidar. Al cabo de los años me he interrogado mil veces acerca de qué itinerario seguí para llegar inapetente a aquella ingesta, y cómo se me había ocurrido ingresar en una compañía de Operaciones Especiales; los retazos de recuerdo que perduran colgando como jirones no son en absoluto desagradables o indeseados, en cualquier caso, anecdóticos.

Me veo esperando un tren en la tarde del dos de octubre anterior en otra estación de ferrocarril pestilente, la de Córdoba, en un ocaso de día de cielo gris eléctrico que erizaba el vello de mi nuca, mirando embebido las palomas blancas de buche sucio arrastrado por el suelo, que picoteaban diminutos pizcos de Dios sabe qué. Este tren nos llevó hasta Almería, donde arribamos tras un viaje de unas catorce horas, y desde allí fuimos caminando hasta el Centro de Instrucción de Reclutas, en Viator. En los dos meses en que estuve en el campamento me dio tiempo a ver y concluir varias cosas: la primera era que trataría de no quedarme allí o ir a un regimiento de tropa común: lo de la lavandería, la cocina, el escaqueo…no iba conmigo, me abrumaba, me aburría. Solo el pensar en estar un año más buscando un rincón para esconderme me producía pavor. Ya había oído que llegarían, en captación, militares de diferentes unidades especiales del Ejército, y así ocurrió. Primero llegaron los legionarios, pulcra y elegantemente vestidos, repartiendo por “doquier” sonoros y exagerados taconazos. Después los “paracas”, compitiendo en elegancia y marcialidad con los anteriores. No me parecieron convincentes, el tiempo de “mili” se prolongaría hasta los veinte meses (puede ser que veinticuatro, no recuerdo); una cosa era sentirme digno y aprovechar un tiempo que de otra forma sería malgastado, cumpliendo con mi deber en el Ejército, y otra dar propina para aquello que, guste o no, era de obligatorio cumplimiento.

Justo cuando casi había perdido las esperanzas de encontrar algo atrayente, aparecieron los guerrilleros, concretamente un teniente: José Castillo Rocha; un subteniente: Agustín Cayuela y tres o cuatro soldados. Todos ellos con uniforme mimetizado y llamativas boinas verdes, que los tres o cuatro básicos llevaban encasquetadas de forma tan excesivamente ladeada a su izquierda que parecían colgadas de sus orejas. El teniente, un hombre alto, nervudo y con pronunciación de eses sibilantes, nos expuso los cometidos y funciones de la unidad de Operaciones Especiales a la que pertenecía, la C.O.E-92; la ubicación del acuartelamiento en Ronda, Málaga; los servicios que habríamos de prestar, exentos de cocina y guardias, y nuestras salidas mensuales de diez días de duración a maniobras campestres. También firmaríamos como voluntarios por veinte meses, pero como mera formalidad, porque nos mandarían a casa en reserva cuando se cumpliera el periodo normal de servicio. Los que nos alistamos fuimos sometidos a unas pruebas físicas, pasar la pista americana, y el soldado que llevaba la boina más grotescamente torcida, que resultó ser el “cacerolo” en vigor en la compañía, hizo una especie de indagación expurgo entre los aspirantes, en búsqueda de algún cocinero profesional que pudiera ser su heredero culinario.

Reconozco que hasta la balda histórica donde debo de tener archivada esta memorización no he logrado llegar, por lo que me temo que no seré capaz, jamás, de desempolvar el estante alimenticio de mis evocaciones.

Ya habíamos terminado la cena y ahora nos separaron: los “pistolos” se quedan aquí, en el Ceuta-54; los guerrilleros al Fuerte, que eran unas instalaciones adscritas al mismo regimiento a unos cinco minutos de las de él. Entrando por el acceso principal, donde estaba uno de los centinelas de guardia, se veía la puerta de la compañía “boina verde”, con el logotipo guerrillero: la corona de roble y el machete, ambos en acero, sobre el dintel de su acceso; bajo él, también en letras grandes y aceradas, el acrónimo de Compañía de Operaciones Especiales y su número distintivo: C.O.E-92.

Nos recibió el sargento de semana, “S”, que previas órdenes de formación nos situó frente a la puerta de la compañía. Los soldados veteranos nos esperaban ansiosos, amontonaban sus caras curtidas y ojos enfebrecidos en el zaguán de la nave. Otra breve arenga por parte del suboficial receptor y después nos conminó a entrar para la asignación de camastros en litera y taquillas. Los veteranos murmuraban entre dientes, como depredadores acorralando a su presa; el mando los acallaba bajo amenaza y al poco se repetían, alternativamente, el murmullo y su silenciamiento.

Se terminó el reparto…El sargento se marchó a su habitación, apagó la luz…y se desató por parte de los autodenominados “padres” una auténtica berrea de ciervos barbudos encelados.

Fue una noche muy, muy larga… seguidas de otras de igual porte, de las que no pienso aportar datos a no ser que alguien ponga en duda mis palabras.

Muy lejos de influir en mi ánimo toda aquella situación, lo que provocó fue una exacerbación de mi espíritu; nadie de forma alguna iba a influir, determinar o “acogotar” la decisión que había tomado de ingresar en aquella unidad de boinas verdes, no iba a consentirlo. Ni todos los vientos huracanados del mundo, ni todas las plagas, ni todas las carencias, ni ninguna imposición humana o divina me harían cambiar de parecer; luciría con orgullo y honra los distintivos propios de la C.O.E-92 y procuraría entregarle lo mejor de mí, que, seguramente, no sería más de lo que otros pudieran darle, pero sí todo lo que pudiera dar yo. Así sucedió…

Después de tantos años, tras de haber prestado servicios muy prolongados en otros cuerpos oficiales, el marchamo de la C.O.E-92 sigue luciendo indeleble en mí, con una presencia infinitamente más acentuada que otras insignias y emblemas que prendieron en mi pecho durante mucho más tiempo que aquel inolvidable año guerrillero de mi vida. El mando ejercido sobre aquella compañía por su capitán, don Manuel Alonso Alonso, un modelo de caballerosidad, templanza y coraje, ha sido un paradigma en mi vida, y verlo y saludarlo recientemente en dos ocasiones, un auténtico honor, como también lo ha sido departir y revivir recuerdos con otros mandos con los que coincidí allí.

Soy y me siento español, orgulloso de mi tierra, mi gente y mis costumbres. Mi bandera me representa sin necesidad de llevarla en una pulsera y me emociono cuando oigo el Himno Nacional. No sé qué porción de culpa de ello tendrá mi paso por la C.O.E-92, pero sí sé que, nuevamente, en las mismas circunstancias y después de todo lo vivido o sufrido, volvería, sin dudar, a alistarme en una unidad de Operaciones Especiales.

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