Entrevista al Coronel Benito Álvarez Pérez

Antiguo Teniente y Capitán de la COE 102

Realizada por el Teniente Coronel A. Luis Vicente Canela

De sus palabras, de la forma de narrar su vida, se desprende una profunda vocación militar que el paso de los años no ha debilitado; un acendrado amor a España y una pasión que no oculta por la «boina verde». Canario, hijo y esposo de canaria, es padre (como él mismo los denomina) de dos «guanchitos».

Entrevistamos hoy al coronel Benito Álvarez Pérez.

Mi coronel, nació usted chicharrero y en un lugar que, más allá de la tradición familiar, parecía predestinarlo a la carrera de las armas.

Efectivamente. Nací en Tenerife, en Los Realejos, el veinte de febrero de 1940, donde mi padre, que era de Huelva, estaba destinado y donde conoció a mi madre, que era tinerfeña.

Podría decirse que su vida ha estado profesionalmente ligada a las Islas Afortunadas, pues, tras su paso por la Academia General, casi todos sus destinos han sido en las Canarias.

Pues sí; ingresé en la Academia de Zaragoza en el año 1962, con la XXI Promoción, en la que, como no podía ser de otra manera, pasé a ser «el guanche», y ya mi primer destino como teniente de Infantería en 1966, fue el CIR 15, en Hoya Fría, en Santa Cruz de Tenerife.

Al año siguiente se casa con Elda, chicharrera e hija y nieta de militares canarios, y toca cambiar de destino.

Me destinaron al Regimiento «Fuerteventura 56». Una vez allí, mi mujer y yo, decidimos «saltar el charco» e iniciar una nueva aventura, y recalé en el Grupo de Regulares de Ceuta nº 3, donde me prometieron que, con el tiempo, podría optar al curso que yo ansiaba: el Curso de Operaciones Especiales.

Y, efectivamente, el curso llegó.

Llegó en el año 1970, y me incorporé como alumno del XV Curso de Mando de Unidades de OE, «arrastrando» a mi mujer y a mis dos «guanchitos» que tuvieron que soportar durante un año el frío de Jaca.

Pero la suerte estaba de su lado y, al acabar el curso, regresan a Canarias.

Tuve suerte: ¡mucha suerte! Y ya con el diploma en el bolsillo, salí destinado a la COE 102, en Tenerife, que estaba al mando del capitán Evaristo Muñoz Manero, fundador de la unidad, junto a los tenientes González Navarro (a quien yo sucedería posteriormente en el mando de la COE), y Parra Cuadros; todos grandes profesionales con los que hoy comparto muchos recuerdos y que siempre fueron modelos a seguir.

¿Cómo recuerda su incorporación a la COE y las primeras salidas al campo con su sección?

El día que me presenté, la COE regresaba de unas maniobras en el Sáhara frente a La Legión y Tropas Nómadas, en la que fueron felicitados por su rápida adaptación al combate en el desierto y el éxito en las acciones realizadas.  Entonces me percaté del alto nivel de exigencia que me esperaba en mi añorado nuevo destino.

Mis primeras maniobras fueron unas guerrillas en la isla de Fuerteventura frente al Regimiento Tenerife 49 y los paracaidistas. La zona que le correspondió a mi sección carecía de cualquier tipo de refugio y terminamos enterrándonos individualmente en una vaguada, camuflados por algún matojo, y al anochecer nos reuníamos para distribuir cometidos y actuar. El último día de las maniobras estaba previsto un ataque nocturno de toda la guerrilla sobre el cuartel general de la «Contra». En la precipitada huida que siguió, mi sección (y yo al frente), entró inadvertidamente en la cuadra de unos dromedarios a los que despertamos. El alboroto y confusión que se produjo fue tremendo, y yo comencé a gritar: «dispersión, dispersión». El resultado fue que nuestros uniformes estuvieron varios días oliendo a camello.

Llega el acenso a capitán, acompañado de una suerte, como dirían los africanistas, «mulana».

No lo puedo negar. De nuevo tuve muchísima suerte. Al ascender a capitán pedí destino a Cazadores de Montaña, en Lérida, pero en su lugar me asignan el mando de la COE 102. Por cierto, que asumí el puesto en vísperas de la «Marcha Verde», cuando estábamos a punto de acudir al Sáhara. Finalmente, como es conocido, hubo contraorden.

¿Cómo eran las instalaciones de aquella COE 102?

Cuando se funda la COE en 1969, se ubica, inicialmente, en San Carlos, en el cuartel de Santa Cruz, y posteriormente se traslada a Los Rodeos, que es donde está ubicada cuando yo me incorporo. Pero en septiembre de 1972, una iniciativa, apoyada por el Capitán General de Canarias, Gómez de Castrillón, la trasladó al nuevo cuartel de La Mina. El tener cuartel propio tenía sus ventajas, como la independencia, la buena situación en una zona rural variada, cercana al campo de tiro y bien comunicada, y, aunque teníamos el apoyo logístico y económico del «Tenerife 49», estaban los inconvenientes, al tener que acondicionar el terreno, muros y jardines, y mantener los edificios, además de darnos la seguridad.

¿Qué aspectos resaltaría de los programas de instrucción de la COE 102?

Yo destacaría como la principal característica la versatilidad de sus programas de instrucción y la variedad y complejidad de sus posibles misiones ya que, cuando me incorporé a la COE 102 en 1971, y luego, durante mis primeros años como capitán de la misma, el ámbito de la unidad abarcaba a todas las islas Canarias. Teníamos que adaptarnos a los distintos microclimas y ambientes, con un extenso y diverso litoral, donde realizábamos todo tipo de actividades; desde supervivencia en mar o en zonas desérticas, como Fuerteventura, sin refugios, hasta los profundos barrancos y escarpados roques basálticos que había que escalar por los escasos y peligrosos senderos rurales donde abundaban las zonas de terrenos volcánicos, lavas y escorias (llamadas malpaíses), muy difíciles de transitar, y con los tubos volcánicos subterráneos como únicos refugios, hasta los densos bosques húmedos de la laurisilva autóctona, producto de los vientos alisios del NE, o los bosques de pinos canarios de la Corona Forestal. Amén de que, cuando llegaba el invierno, la nieve descendía hasta los 2000 metros. Y mis guerrilleros tenían que ser capaces de adaptarse a toda esa diversidad para tener ventaja en caso de lucha. En definitiva: un clima muy variable, con influencia africana, aunque predomine la primavera eterna…para los turistas.

Los capitanes de las COE eran queridos u «odiados» en los acuartelamientos en los que se alojaban. ¿De qué tenía fama el capitán Benito?

De voraz. Recuerdo unas maniobras de guerrillas en el sur, en las que, tras varios días escondido en la cumbre de un monte con mi plana mayor, comiendo a base de raciones de campaña, recibo la orden de ir a Dirección, neutralizado, para comer con los otros mandos y con el capitán general que estaba de visita. El comedor era una larga fila de mesas bajo tiendas párquer. De pronto, en mitad de la comida, se hizo el silencio, y yo me percato de que todos observan cómo devoro mi plato de comida caliente. Hubo un aplauso general y muchas risas, y yo regresé a mi refugio contento y con nuevas fuerzas.

¿Cuál fue su mayor satisfacción como jefe de la COE 102?

Sin duda compartir durante esos once años el servicio a España con unos magníficos mandos y unos excepcionales guerrilleros, y poder hacerlo destinado en mi isla y llevando la boina verde. Por otra parte, y en un ámbito más personal, la COE determinó mis aficiones: senderismo, natación, tenis y… bailes de salón, en especial el tango, que, moderadamente, sigo practicando.

En aquella época, era frecuente que las autoridades civiles solicitaran el apoyo de las COE para intervenir en situaciones complicadas: búsquedas de personas, catástrofes o calamidades. ¿Recuerda alguna en especial?

Bueno, la más conocida, por la enorme tragedia que supuso y la cantidad de víctimas, fue el accidente de los «Jumbos» en el aeropuerto de Los Rodeos, en 1977. Aunque hubo muchas otras, como el rescate de unos montañeros accidentados en la cara norte del Teide, donde hubo un fallecido y dos heridos graves. O la recuperación de los restos de un helicóptero militar accidentado en una ladera de muy difícil acceso en la isla de La Palma, y que tuvimos que realizar empleando el material de escalada.

También recuerdo la extinción de un incendio forestal en la cumbre de la dorsal hacia el Teide. La evolución del incendio se volvió muy peligrosa y advertí a los mandos que nos retirábamos. Pero algunos guerrilleros me rogaron que les diera diez minutos más. Accedí y ellos, empleando como apagafuegos ramas de los árboles y con una gran dosis de valor y coraje, ante mi asombro, lograron detener el fuego y evitar que penetrara en el valle de Güimar.

Y las hubo con final feliz. En una ocasión, estando la COE cerca de Las Cañadas, nos enteramos del extravío de un niño que era el hijo de un conocido médico de Santa Cruz. Inmediatamente desplegamos en su búsqueda y, finalmente, lo encontramos sano y salvo. Días después se presentó su padre en nuestro cuartel con la intención de darnos las gracias y los guerrilleros se empeñaron en «obsequiarle» con una «Tabla de Combate». Yo accedí y el buen doctor, se fue encantado.

Una acción menos conocida fue la intervención, vigilando las desembocaduras de determinados barrancos en el mar, en las islas menores: Gomera y Hierro. Se trataba de evitar un desembarco, con fines propagandísticos, de miembros del grupo independentista canario MPAIAC, que querían aprovechar la comparecencia de su líder, Cubillo, ante la Asamblea Africana de la OUA.

Al ascender a comandante deja usted la COE, pero no Tenerife.

Ya ves: continúa la suerte y me asignan el mando del batallón «Albuera», del «Tenerife 49».

 

Como buen canario, tiene lo que podríamos llamar «vocación americana» y eso lo lleva a formar parte la misión ONUCA, en Centro América.

Fue una etapa de la que estoy especialmente orgulloso. Fui teniente coronel jefe de un Grupo de Observadores Internacionales al mando del general español Agustín Quesada, ya fallecido, y que, finalmente, llevaría la paz a los cinco países que abarcaba la Misión: Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador.

Mi coronel, usted forma parte de la asociación que agrupa a los veteranos de la COE 102 y la 81: La «AVECOE 102/81», y es miembro de su junta directiva. ¿Qué me puede contar de su reunión anual?

Se realiza en el cuartel de La Mina (que está hoy abandonado y en ruinas), en el mes de octubre, y celebramos una comida de hermandad a la que acuden veteranos de todas las islas y de la Península, con sus familias. El lugar, plagado de recuerdos, se acondiciona para el evento, contando con la autorización y apoyo de la Capitanía General de Canarias. Nunca falta el izado y arriado de bandera, ni el recuerdo cariñoso a nuestros caídos. Como miembro de la Junta Directiva, en ese encuentro me gusta recordarles a mis compañeros veteranos, mandos y tropa, los dos símbolos que más aprecio: la «boina verde» y la «mochila de combate», que representan el orgullo de haber servido a España en una unidad de élite, y el esfuerzo y la firme voluntad de superar los obstáculos que la vida nos presenta.

Mi coronel, ¿no sé si quiere usted añadir alguna cosa más? 

Sí. Me gustaría expresar mi agradecimiento a la Asociación Nacional y al General Bataller por contar con nosotros —físicamente tan lejos—, acercarnos a las asociaciones hermanas y darnos a conocer. También a los responsables de la revista Boina Verde, en especial a ti, por tu labor como entrevistador. Realizáis una gran labor divulgativa y de mantenimiento de la memoria y espíritu guerrillero, aquel que nos llevó, con orgullo y sencillez, a servir a España en la élite de su Ejército. A mis guerrilleros veteranos por crear la asociación y acudir a los encuentros anuales como una gran familia. Y, finalmente, al equipo que con la Junta Directiva de la AVECOE102/81, realiza el difícil trabajo de recopilación histórica de la COE. Estamos en un momento clave en nuestra asociación, por tener que elegir nueva junta directiva y abordar temas importantes pendientes.

Termino con un fuerte abrazo a todos, por permitir a este veterano boina verde disfrutar de una intensa vida profesional.   

Pues, mi coronel, no me queda más que darle las gracias en nombre de la Revista Boina Verde por dedicarnos parte de su tiempo y permitirnos publicar sus recuerdos.

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