Entrevista a José Antonio Pinto Muñoz

Antiguo cabo 1º COE 92 (voluntario R-79/4º)

Realizada por José Briones Giménez Vocal Relaciones Externas FEDA VBVE

Hay muchos motivos por lo que nos hemos alistado en una COE y, a veces, rocambolescos. ¿Cuál fue el tuyo?

 

Lo que me motivó a irme como voluntario a una COE fue la rebeldía de un crío de 17 años. Un año antes, me encontraba en el instituto con tres compañeros, dos de ellos fueron mis mejores amigos. Celebrábamos una de tantas fiestas que organizábamos los estudiantes en el instituto y uno de estos compañeros nos sorprendió comentando que iba a dejar el instituto para irse voluntario al ejército, a los boinas verdes, concretamente. En esa etapa de nuestras vidas, la prioridad eran las niñas y las fiestas o viceversa. Como se puso muy pesadito con los boinas verdes nos interesamos en saber más de ellos. Nos habló del entrenamiento, formación, ejercicios, maniobras, etc. Al escuchar todo lo que nos comentaba, las carcajadas nuestras fueron de traca, vamos que lo tomamos por majarón, como decimos aquí en Málaga, precisamente eso fue de los más liviano que le dijimos.

Transcurrió el curso, iniciamos uno nuevo y ni el compañero de clase se marchó voluntario a los boinas verdes ni nosotros volvimos a recordar la historia que nos contó en aquella fiesta. Un día determinado no nos apetecía acudir a las últimas clases. No tuvimos otra idea mejor que excusarnos con los profesores diciéndoles que pretendíamos alistarnos al ejército como voluntarios y teníamos que ir a informarnos de los trámites. El que iba para guerrillero no nos acompañó, así que los tres amigos decidimos continuar con la farsa y, aunque para nada teníamos intención de ingresar en el ejército, pensamos echar el día fuera del instituto y se nos ocurrió ir a la base aérea a preguntar los requisitos para alistarnos como voluntarios porque se encontraba cerca de nuestros respectivos domicilios y allí se tenía que currar poco, así en un futuro podríamos alistarnos allí para hacer la mili.

Nos atendió un cabo 1º y fue muy explícito: “¿Tenéis enchufe? Es que la base aérea de Málaga es muy golosa; pero bueno, no os quiero desilusionar”. Nos llevó a la oficina donde nos informaron y tardamos poco en salir de las instalaciones. Aún era muy temprano, así que decidimos ir a preguntar al gobierno militar para que nos informasen sobre el ejército de tierra ya que también había un campamento, a unos cientos de metros de la base. Nos estuvieron informando y, en un momento dado, recordé lo que nos contó el compañero sobre los boinas verdes. Pregunté y nos informaron detalladamente. Preguntamos dónde se encontraba la compañía más lejana. Nos dijeron que en Jaca. Debió de darnos un aire de levante porque salimos del gobierno militar con una solicitud que tenían que firmar nuestros padres para alistarnos como voluntarios en la COE de la EMMOE de Jaca.

Llego a mi casa tras el instituto y le suelto la bomba a mis padres, que dejaba el instituto junto a Ramón y Eladio parar irnos como voluntarios a la mili, a los boinas verdes a Jaca y me tenían que firmar la solicitud. Mi padre quiero recordar que se lo tomó con cachazas, preguntaría donde estaba Jaca; mi madre, sin embargo, fue la que se preocupó pensando que podría haber hecho para querer quitarme de en medio de esa manera. Sibilinamente llamó a un familiar suyo que era oficial de sanidad y le comentó lo que les había manifestado. Le dijo que ni se les ocurriera firmarme la solicitud, que los boinas verdes estaban locos perdidos. Si quería irme al ejército, podría irme voluntario donde él se encontraba. Ni corta ni perezosa me rompió la solicitud. Ahí entra en acción la rebeldía juvenil, tras varias semanas sin hablarles y amenazarles con marcharme voluntario lo más lejos posible al cumplir los 18 años y no volver, me faltaba solo 7 u 8 meses, accedieron a firmarme la solicitud; pero me impusieron una condición: tenía que irme a la más próxima a mi domicilio. Descubrí que en Ronda había instalada una COE, la nº 92. Así que eché, bueno echamos, definitivamente la solicitud para alistarnos como voluntarios en la COE 92. Me escogieron a mí y, en el reemplazo posterior, a mis otros dos amigos.

Por cierto, el compañero que nos calentaba la cabeza queriendo irse voluntario a los boinas verdes se marchó como voluntario, pero a los boinas negras: acabó siendo paracaidista.

Supongo que, saliendo directamente del instituto con 17 años y en plena “edad del pavo”, el choque con la realidad del cuartel y más en una COE debió ser de película

Los comienzos fueron duros, hay que poner en contexto el tipo de unidad, así como la época. Una vez juramos bandera en el CIR nos incorporamos a la compañía. Era el mes de julio y todo el mundo estaba de vacaciones, así que nosotros nos marchamos también. Jamás se me olvidará la primera noche que llegué a la compañía tras las vacaciones, llegué por la tarde noche, no recuerdo si fui solo a la compañía o lo hice junto con algún otro compañero que se incorporaba ese día. Llevaba la boina caqui encasquetada y el petate sobre el hombro. Bajo el dintel de la puerta de la compañía había un soldado alto y con una larga y poblada barba. Cuando llego a su altura lo saludo y su respuesta fueron 2 o 3 “pechazos” que me dejaron sin habla. Sorprendido le pregunté a qué venía eso y me respondió porque llevaba una boina caqui en lugar de una verde. Empezaba bien mi andadura como guerrillero.

La relación con los veteranos era tensa, aunque fui un privilegiado, primero porque a las pocas semanas ya pude ir a dormir a mi casa que estaba relativamente cerca del acuartelamiento y, segundo, porque una vez los veteranos se repartieron los reclutas, quedamos dos y fuimos binomio durante los primeros 6 meses.

Pasar mentalmente, en plena etapa juvenil de “chicas y fiestas” a otra de esfuerzo físico y mental constante debió ser complejo. ¿Te costó mucho tiempo la adaptación al nuevo medio en el que habías metido?

Creo que tras la fase de endurecimiento que la hicimos por la serranía de Ronda tras la fase de agua, me fui adaptando poco a poco al ritmo que se nos imponía, las carreras matutinas, el orden cerrado, la pista americana, los largos pasos ligeros con el mosquetón, en ocasiones el cetme, terciado. Aunque la fatiga, incluso el agotamiento siempre estaba ahí; pero, poco a poco, el cuerpo se fue adaptando.

¿Qué tal la relación con los nuevos compañeros?

Como mencioné anteriormente, la relación con los veteranos no era lo fluida que debería ser por culpa de las novatadas. Formábamos dos bloques: los veteranos y los reclutas. Como he comentado durante 6 meses fui binomio de otro recluta, el “tripas”, un vasco con el que hice muy buena amistad, quedándose en casa de mis padres en distintas ocasiones. También tuve una gran amistad con otro de los voluntarios de mi reemplazo, un sevillano que, por cierto, era el más joven de la compañía. Creo que cambió bastante la relación entre veteranos y reclutas una vez se licenciaron los del reemplazo anterior al mío. En mi caso concreto, volvimos a reunirnos los tres amigos del instituto, eso sí, el veterano era yo, jajajajaja.

Y una vez licenciado ¿qué tal? ¿Seguiste en contacto con alguno de tus compañeros?

He mantenido la amistad y el contacto con varios de los compañeros que estuvieron conmigo en la COE 92, especialmente con mi amigo Enrique, el voluntario sevillano que tras 43 años nos vemos con frecuencia. A los 35 años o más, contacté con otro compañero de reemplazo vía Facebook. También con compañeros de reemplazos posteriores así como con varios de mis mandos, principalmente los comandantes Cayuela y Ríos (antiguos sargentos).

Se creó un grupo de Facebook de la COE 92 donde somos un nutrido grupo de veteranos de todos los reemplazos y algunos mandos. También fundamos la asociación de veteranos de la COE 92. Todos los años nos reunimos al menos una vez, aunque la pandemia nos privó de esos encuentros que los denominamos “operaciones”; tenemos la operación Tito, operación Madelón, operación Socarrat, operación Trufa, operación Viriato, operación Cebollón, operación Bandolero, etc. El próximo mes de mayo tendremos la operación de este año que se denominará “Estamos”.

Conmemoramos el 50 aniversario de la creación de la COE 92, desfilando e instalando un monolito en el acuartelamiento de Montejaque, Ronda, donde en su día era utilizado por la compañía. Actualmente es el acuartelamiento del Tercio Alejandro Farnesio IV de la Legión.

Conocí a más veteranos como los de la Asociación Boinas Verdes de Andalucía, participando con ellos en desfiles, raids, comidas, etc. Igualmente supe de la comida anual que organiza la Asociación de Guerrilleros de Madrid, estuve yendo durante 6 o 7 años, hasta que la pandemia lo truncó todo. Este año quería retomar los encuentros, pero por un imprevisto no pude desplazarme.

¿Qué tal te pareció la formación que recibiste en tu unidad? ¿Crees que tu experiencia ha influido en tu vida posterior?

En mi caso se me forjó el carácter. Ignoro qué hubiese pasado de no haberme alistado a una COE. De lo que sí soy consciente es que el lema guerrillero Nunca no Puedo lo he tenido muy presente. Cuando me presentaba a unas oposiciones para Policía Nacional y no aprobaba, me animaba a prepararme mejor para la próxima; volvía a suspender, volvía a repetir; si no podía ser en Policía Nacional, en Guardia Civil o en Policías Locales, hasta que hace 33 años aprobé unas oposiciones para vigilantes de playa pertenecientes a la recién creada Policía Local de Torremolinos. A los pocos meses se convocaron plazas para cubrir plazas de policía. Tuve un lamentable fallo a la hora de entender en qué consistía el examen teórico, cultural y psicofísico, y no aprobé; pero, aunque fue doloroso porque me había preparado bastante bien, me sobrepuse y año y medio más tarde volví a examinarme; aprobé las oposiciones y conseguí la plaza de policía local. En todos esos años tuve muy presente ese espíritu guerrillero de sacrificio, de dar siempre un paso más, así hasta el día 30 de junio pasado que fue mi último día como policía en activo a los 61 años. Los últimos 8 o 9 años formé parte de la unidad de seguridad ciudadana nocturna, forzándome para estar a la par que mis compañeros bastante más jóvenes que yo, por supuesto, sin rehuir de cualquier intervención. Esa mentalidad de estar lo mejor preparado me llevó en los últimos años desplazándome a otros municipios para asistir a varios cursos sobre distintos protocolos de actuación ante ataques de distinta índole, lobos solitarios, terrorismo, etc. Recuerdo hace varios años que un subinspector quiso que dejase seguridad ciudadana y que pasara a la sección de atestados, mi contestación literal fue que aún me consideraba un guerrillero y donde quería estar era en la calle y por la noche, evidentemente.

Háblanos de las fases de entrenamiento, ¿cuál es la que recuerdas como más dura? ¿Con cuál disfrutaste más? ¿Recuerdas alguna anécdota de esos tiempos?

Ya comenté que la fase más dura para mí fue la del endurecimiento. Sin estar acostumbrado a esas largas marchas por la serranía de Ronda, con la mochila de combate llena, con el armamento y el frío que hacía por las noches, además en una prueba por binomios, cruzando un riachuelo por una corva, el veterano que iba delante se soltó antes de cruzar y no me avisó, el cimbreo de la cuerda hizo que me cayese de cabeza sobre las piedras del cauce, terminé con varios puntos de sutura en la cabeza.

Otra prueba dura fue el paso por la alcantarilla. En el campamento no teníamos conguito, pero paralelamente a una valla del cuartel había una tubería de aguas pluviales semienterrada, ese fue nuestro particular conguito. Entrabamos por una boca de alcantarilla, de ahí nos introducíamos a cuatro patas en la tubería de hormigón. La mochila de combate rozaba la parte superior de la tubería, tras los primeros metros, la oscuridad era total, además el avanzar se complicaba porque había bastante fango, los brazos se hundían hasta los codos, sacar del fango el mosquetón costaba bastante. Recuerdo perfectamente las risas nerviosas y los charrasquillos propios de la inquietud o quizás miedo a quedarnos allí atascados. Al volver a la compañía, como siempre a paso ligero, tuvimos que coger una manguera y con la presión del agua quitar el fango que teníamos en los uniformes y en las botas.

La fase que más me gustó fue la fase de agua, por lo que también comenté. Me crie a 300 metros de la playa y buceaba mucho, aunque siempre en snorkel. Y, sobre todo, la segunda fase de agua que la hicimos en Las Negras, Almería. Ya tenía la graduación de cabo 1º y me asignaron el “pelotón de los delfines”, se trataba de los compañeros que nadaban o buceaban peor y les intenté enseñar.

La fase de nieve también me gustó mucho a pesar de los esquís Sancheski con fijación de muelle y las botas mixtas de cuero. Pero cuando me compré en la estación unas botas técnicas usadas, cambió bastante la película y pude disfrutar.

Una fase que no hice y me quedé con las ganas de haberla hecho fue la de rápel de helicóptero. Tuve la oportunidad de hacerla dos veces; sin embargo, la primera estuve hospitalizado por una intervención que tuvieron que hacerme y la segunda me encontraba en Tremp, me presenté a las pruebas de ingreso en la academia de suboficiales.

Entre todos los hechos y anécdotas que viví en los dieciocho meses que estuve en la COE 92 me quedo con dos que fueron verdaderamente especiales.

La primera fue a la mañana siguiente de incorporarnos, el puerta avisa de la presencia de un teniente. Nos reúne a todos a la entrada de la compañía y, con voz áspera, nos dijo que ya se habían acabado las tonterías, ya se había acabado el cuento de la captación y desde ese momento pertenecíamos a una compañía de operaciones especiales. Comentó lo duro que sería el entrenamiento, lo mal que lo íbamos a pasar, que alguno se arrepentiría de haberse alistado en la COE, etc. A pesar de todo ello, siempre encontraríamos algo satisfactorio, quizás algo insignificante, pero eso sería lo que una vez licenciado recordaríamos como más significativo de nuestro paso por la compañía. No se equivocó, el sufrimiento, el cansancio, el frío, el hambre, etc. está ahí, pero en cada encuentro, en cada reunión entre veteranos se habla por regla general de momentos agradables vividos.

La segunda anécdota, mejor dicho, un hecho significativo que viví fue aquel 23 de febrero de 1981. Cuando llegué esa tarde a mi casa, como casi todas las tardes que estábamos en el cuartel, lo primero que me preguntó mi madre era que hacía allí. Claro, la pregunta me extrañó y le contesté que había llegado como de costumbre a dormir a casa. Me preguntó si sabía que había pasado. Evidentemente no sabía nada, ni en el autobús comentaron algo al ver a tantos soldados. Me habló de la intentona del golpe de estado. Llamé inmediatamente a la compañía y el sargento que estaba de guardia me dijo que no hacía falta que volviese al cuartel en esos momentos, que me incorporase a diana como hacía normalmente, pero que no saliese de la casa por si me tenían que llamar para incorporarme urgentemente. Sigo recordando los días que estuvimos acuartelados como una película. Recuerdo el nerviosismo de los mandos, sobre todo el teniente que de forma interina mandaba la compañía hasta el ingreso de un nuevo capitán. Pendientes de escuchar un disparo para dispersarnos y reunirnos en el monte próximo.

¿Quieres comentar algo que no te haya preguntado?

Por rebeldía o sin ella, tuve la suerte de vivir unas experiencias gratificantes a pesar de la dureza y el sacrificio. De haberlas vivido en una época que nada tiene que ver con la actual, de haber formado parte de unos soldados especiales, que lo dimos todo a cambio de nada, bueno, de la satisfacción de conseguir y lucir nuestra preciada boina verde y con ese sentimiento y, a pesar de la edad y el tiempo transcurrido, sigo luciendo con orgullo cada vez que tengo ocasión mi boina verde.

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