Deslizamiento de tierras en Olivares (Granada)

Coronel de Ingenieros (retirado) Rafael Herrero Hernández

Teniente de Ingenieros fundador del GOE II

El día 12 de abril del año 1986 se inició un importante deslizamiento de tierras sobre la pequeña localidad de Olivares (Granada); áridos que se desprendieron del pie de la sierra Moclín en dirección a su base: el cauce del río Frailes o Velillos, que discurre por medio del pueblo.

La lengua de tierra amenazaba con crear una presa natural, potencialmente muy peligrosa. Si la lengua hubiera avanzado lo suficiente como para bloquear el cauce y represar las aguas, estas habrían empapado las tierras formando barro y, con el tiempo, la presa habría cedido, arrasando la avalancha cuanto se encontrara a su paso si el colapso se hubiera demorado (cuanta más demora, más agua embalsada  y más barro). Por tal motivo, se iniciaron de inmediato  los trabajos de drenaje en la zona alta del desprendimiento y del lecho del río, empleándose para ello maquinaria específica de movimiento de tierras.

Ante ese panorama, el Gobernador Civil contactó con todos los organismos que pudieran apoyar, recurriendo también a las Fuerzas Armadas, que siempre han sido rápidas en acudir ante cualquier calamidad. Por vía de mando, la orden llegó a la unidad más dinámica de la zona, el GOE II Santa Fe que, aunque recién creado, bebía de la experiencia de sus COE, acostumbradas estas a actuar con ocasión de frecuentes inundaciones, incendios, rescates en montaña, etc.

La orden se recibió a media mañana del día 18 de abril (viernes), consistente en acudir a Olivares para proceder a la evacuación de personal civil. Sin detalles sobre la gravedad de la incidencia y, al objeto de atender un amplio abanico de posibilidades, se organizó un equipo de voluntarios (1) que, armado con material de escalada y herramienta ligera, llegó al lugar a las 14:45 h, procediendo a evaluar la situación y comprobando que la urgencia no era la prevista inicialmente, puesto que no se encontraba aislada ninguna parte de esa localidad.

Se observó que la lengua de tierra estaba invadiendo el lecho del río, amenazando con anegarlo, y que estaban trabajando en el mismo un par de retroexcavadoras y una pala empujadora para evitar la represa de las aguas. Ahí no podíamos ayudar en nada aunque sí podíamos hacerlo aguas abajo y aguas arriba.

Aguas abajo existía un estrechamiento del cauce, salvado por un puente cuyo único pilar se asentaba en una roca. En el caso de quedar bloqueado el río, la evacuación de la población aguas abajo debería ser inmediata, puesto que la presa accidental generada terminaría por ceder y el empuje de las aguas y los fangos, que habrían creado durante su retención, podrían arrasar la localidad durante su avance. El puente, de no ser volado con anterioridad, facilitaría el desbordamiento de la avalancha y, por tanto, agravaría los daños.

Para la voladura se requería la perforación de una serie de barrenos para disgregar la roca sobre la que se asentaba el pilar del puente, y otros tantos para romper los riñones del mismo. Para ello habría que recabar el apoyo (o ceder la misión) de unidades de Ingenieros que dispusieran de equipos de perforación; o solicitar a alguna empresa civil la preparación y/o ejecución de esa tarea. ¡Gracias a Dios! el desprendimiento empezó a ralentizarse hasta detenerse a los doce días, por lo que esa acción no fue necesaria.

Un bloqueo eventual del cauce (que estimábamos se produciría en uno o dos días), separaría la población quedando, la parte que residía en el costado occidental, aislada del centro neurálgico y, por tanto, con dificultades para recibir socorro en caso necesario.

Las aguas empezarían a embalsarse y pronto cubrirían una serie de troncos por los que en esos momentos estaba cruzando el personal. Se abordó de inmediato lo que estaba al alcance de nuestras posibilidades. En primera instancia se pensó en el montaje (en las inmediaciones de esos troncos), de una pasarela semipermanente, a base de cuerdas y ramas gruesas, desechándose finalmente porque ese tipo de pasos no son aptos para gran parte de los ciudadanos.

Ante esa tesitura, se procedió al reconocimiento del lecho del río aguas arriba, al objeto de localizar posibles puntos de paso. Ganando una altura suficiente se localizó uno que podía cruzarse mediante una pasarela permanente, a base de cables acero y tableros, que, por su mayor firmeza y anchura, permitiría el paso de cualquier persona.

La pasarela salvaría una luz de entre 20 y 25 metros, a una altura sobre el lecho de un máximo de 10 metros. Los anclajes serían: una gruesa roca aislada y un robusto árbol que se encontraba en la otra orilla. Los medios que utilizar fueron los que se venían empleando en la prueba de la boina, en la que, para salvar ciertos pasos de vértigo, se utilizaban cables de acero y equipos de tracción para tensarlos.

Tras calcular el material necesario (2), se mantuvo una reunión con el alcalde de Olivares; se le propuso el proyecto, que aceptó encantado, y se le entregó el pedido para fabricar la pasarela. Al tiempo, se acordó habilitar un lugar de trabajo para el corte de los tableros y la preparación de los tramos para su colocación en obra.

Al día siguiente, un equipo de trabajo (3), organizado para la ocasión, se personó en el lugar para enfrentar el reto. Cuando llegaron, el alcalde tenía allí el material y se pusieron a trabajar de inmediato; mientras unos iban cortando los tableros y taladrando los tramos, el resto prepararon la zona, despejando la roca por un lado, y protegiendo el árbol por otro. 

Acto seguido se inició el tendido de cables a dos niveles; uno inferior (a ras de suelo) para soportar los tableros y la carga futura, y otro superior para reforzar el inferior y para dar seguridad en el momento de cruzar el puente a modo de pasamanos. Una vez los tableros en obra, se procedió al montaje paulatino de los mismos, al tiempo que a la estabilización del cable inferior, atándolo con el superior.

Finalizado el tendido, los ajustes y los aprietes definitivos, se procedió a realizar una prueba de carga (que quedó inmortalizada en la fotografía adjunta), al tiempo que se observaban concienzudamente los anclajes para asegurarnos de que el montaje era seguro.

Aunque en la fotografía se ve que están montados once guerrilleros, en ambos costados de la pasarela se colocó un cartel de chapa en el que se indicaba: “Pasar de uno en uno”. También se recomendó al Sr. alcalde que los tableros y anclajes debían comprobarse continuamente y se le indicó que la pasarela era una solución eventual, que debía desmontarse en cuanto cesara la emergencia.

La misión resultó relativamente sencilla y del todo gratificante. La población expresó su agradecimiento por nuestro apoyo y se volcó con nuestra tropa, dándoles de beber y llevándoles comida. Pasadas unas semanas, nos encontramos con la grata sorpresa de que a los intervinientes nos habían recompensado con la medalla al Mérito de Protección Civil.

(1) Equipo de voluntarios: Comandante D. Ricardo Castillo Algar, jefe del GOE II, diplomado en OE. Capitán D. Ángel Álvarez Jiménez, jefe de la PLMM, diplomado en OE. Teniente de Ingenieros: D. Rafael Herrero Hernández, jefe de la S-3 y S-4, diplomado en OE. Teniente médico: D. César Felíu Zamora, que acudió con botiquín de urgencias y equipo de transfusión. Sargento 1º D. Juan Baena Muñoz, diplomado en OE y en Montaña. Sargento D. José Benítez Jiménez, diplomado en Montaña. 30 soldados pertenecientes al Grupo.

(2) Medios necesarios: 2 equipos de tracción. 200 metros de cable. 70 pernos de doble tuerca. Chapa de acero. 15 tablones de contrachapado de 2,60 x 0,5 x 0,016 m. Herramienta diversa.

(3) Equipo de trabajo: Cte. Castillo. Tte. Herrero. Sgto. 1º Baena. Sgto. Benítez. Cabos: Miguel Gutiérrez Retuerto y Manuel Lamo Maldonado. Soldados: Alberto Acebrón Guiráu, Francisco Badas Fernández, José Enamorado Muñoz, José Fernández Fernández, José Gea Suárez, José Manuel López Mato, Domingo Parra Armenta, José González García, Antonio Teruel García y Carlos Pardo Cánovas.

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