Carta a mi Capitán, Pensando en la operatividad de nuestras unidades

Coronel retirado Luis García Ena 

Teniente fundador del GOE II y antiguo Teniente en COE 21 (Tarifa)

Muchas veces he pensado en el Ejército que hemos conocido y en que cambió mucho en nuestra época. Cuando ingresamos en él, a mediados de los años 1970 era masivo, con unos 300 000 hombres. El equipo no era bueno, pero se mantenía en aceptables condiciones, cuidando con celo lo que no se podía suplir. 

Aquel Ejército entrañable tenía más que ver con los de tiempos de Napoleón que con los que vemos hoy en día. Muy cuidadoso con la liturgia militar y con los valores necesarios al buen soldado. Los actos de la vida cuartelera en las guarniciones estaban teñidos de formalidades acumuladas y mantenidas durante siglos con reglas claras y eficaces. 

El relevo de la guardia, casi de noche en invierno, en el patio de armas con los cornetas tocando marcha a tambor batiente y los oficiales saludando sable en mano. 

A España, aquel Ejército le costaba el impagable servicio de sus soldados y “barato” de hacer que funcionase mínimamente con ínfimos recursos económicos, pero a costa de su operatividad.

Cuando éramos cadetes, y bastante después, muchos de los equipos reglamentarios eran de la Primera Guerra Mundial, como la tienda CIMA, la mochila (tenía las correas más de cartón que de cuero) y, en los años 80 de ese siglo, seguían de dotación de muchas unidades.

Con el paso de los años la evolución del Ejército, de la que fuimos testigos, siempre fue constante. En ella, nos tocó participar y, cuando he hecho examen de conciencia, me he dado cuenta de detalles que cuando sucedieron, por su inmediatez o porque escapaban a tu influencia no pude o no supe mejorar.

Cuántos de nuestros compañeros de empleo apenas daban un palo al agua, porque se “adaptaban”, reconozcámoslo, al sistema altamente jerárquico, con muchos mandos incompetentes (por falta de preparación), y eso influía notablemente en la eficacia de las unidades. 

Había otros muchos compañeros excelentes, pero a los que la jerarquía, reglamento y falta de recursos dejaban poco por hacer.

A nosotros, que hemos tenido el privilegio de servir en OE, nos fue más fácil pues nuestro margen de iniciativa era extraordinario. Las unidades que fueron un revulsivo en muchos aspectos para todo el Ejército eran  individualistas, echadas “pa’lante” y su mando exigente pero estimulante. Un factor decisivo fue el que mandos superiores vieron su necesidad y nos apoyaron. Las COE se ganaron su respeto y su apoyo. Sin más y, a modo de ejemplo, uno de ellos fue nuestro capitán general de la II Región Militar, el teniente general D. Ricardo Rivas Nadal. 

Y aquí intercalo una anécdota. 

El antecitado general fue de visita a la guarnición de Tarifa, pudiera ser que después de su toma de mando en la Capitanía de Sevilla. Yo estaba al mando accidental de la compañía (el capitán Fernando Sancho de Sopranis estaba haciendo el Curso de Ascenso a Comandante) así que, gracias a la impagable experiencia del veteranísimo Rafa (Rafael Rojas Esparza, el otro teniente de la COE 21), preparamos la visita, sin dedicarle más tiempo del necesario, pero con todos los detalles precisos. En todas nuestros garitos e instalaciones, el día de marras había un soldado guerrillero en perfecto estado de revista y si la autoridad pasaba por allí y se interesaba, nuestro hombre le contestaba con una autoridad solvencia iniciativa y disciplina que llamaba la atención del mando (por contraste a los pistolos). Hubo algún punto concreto al que se sabía que se inspeccionaría como fue nuestro polvorín que gestionábamos independiente del Regimiento. Allí, nuestro cabo tenía un libro de Revistas e Inspección, que era como todos los administrativos tamaño folio apaisado con tapas de cartón duro, pero que en nuestro caso estaba forrado con fieltro verde y el emblema de la compañía. Ni qué decir que el capitán general le firmo al cabo el libro de Visitas.

En la formación toda la compañía lucía impecable con nuestros uniformes mimetizados, pero entre ellos y por la parte trasera había alguno con uniforme mimetizado modelo sahariano. Esta triquiñuela de Rafa (más sabe el diablo por viejo…) la hacíamos porque si el mando se percataba de ese fallo y preguntaba, nosotros cuan plañideras compungidas le decíamos que estábamos escasos de uniformes de combate a la espera de una orden que solucionara el problema.

Cuando pasó por la compañía tras las voces de rigor y novedades correspondientes pasó por las instalaciones y recuerdo que, al salir, me preguntó: “Mi teniente, en un ataque real con su unidad se considerarían las proporciones de 3 a 1 (3 atacantes por 1 defensor, factor de combate general en los ejércitos de todo el mundo durante siglos)”. 

Yo, muy lacónicamente, le respondí que en nuestro caso ese factor no tenía en absoluto aplicación pues con el factor sorpresa, por la noche y atacando con potencia el centro o corazón del objetivo se podía atacar en muy inferiores proporciones.

Este tema, en sí, sería objeto de larguísimas disquisiciones, pero el hecho es que, en una visita que estaba haciendo el todopoderoso capitán general por las unidades de su Región, estaba pensando en factores de combate. 

Ni qué decir tiene que nuestro buen general sabía muy bien la respuesta, no en vano era veterano de la Guerra Civil, de la División Azul y de la Guerra de Ifni Sáhara.

Esto me lleva a otra meditación. En esos tiempos, muchos de nuestros jefes tenían la experiencia y valor acreditados. Así que, nosotros en nuestro mundo, con entusiasmo y buenos padrinos, hacíamos mucho y bien, aunque siempre mejorable.

Como te decía en otra carta anterior, las COE 21 y 22 se disolvieron y quedaron comisiones liquidadoras. Triste fin de nuestros esfuerzos, aunque la semilla quedó en la forma de ser y vivir de todos los que en ellas servimos a la Patria.

Pero más aun consuelo tengo al conocer que el traslado de la moral y esencia de nuestras COE al  GOE II Santa Fe fue real y físico. No en vano, todos los oficiales de la COE 21 fuimos a Granada; aún diría más, se incorporaron destinados el sargento Ignacio Cabezas y los cabos 1º Moya y José Díaz Martín, y eso eran palabras mayores, porque eran muy troperos y experimentados, de los que se hacen querer.

Los cabos 1º fueron eslabones fundamentales pues vivían el cuartel permanentemente y muy pronto destacaron.

Otra conexión con el estilo tarifeño, entrañable por su dedicación, fue el que también se incorporó desde Tarifa el teniente médico César Feliú Zamora. Con el que, en Tarifa, teníamos estrechísima y constante relación  a nivel profesional-operativa y de amistad.

Hay un aspecto que se empeoró con la creación del GOE, por razones de organización del ET ajenas a la oficialidad y mandos del GOE. Personalmente, pienso que se hizo una cosa muy mal y me explico.

En la época de Tarifa, el servicio militar se hacía a los 21 años y nosotros, que captábamos en los dos CIR de Córdoba en dos remplazos (captábamos 40 hombres entre unos 2 000), en concreto uno de los reemplazos era el de los que finalizaban prórroga (había un alto porcentaje de universitarios), así que nuestra tropa “tarifeña” tenía entre 21 y 23 años y un nivel de estudios superior a la media (llegamos a tener dos médicos, y había bastantes soldados con idiomas, para la época).

Además, en ese tiempo, el servicio militar se hacía mayoritariamente fuera de la región de procedencia, luego muchos de los reclutas que se veían abocados a servir lejos de casa, venían voluntarios para hacer una mili aventurera, activa, deportiva, con dureza pero con muchos  valores y, así, teníamos gente de cualquier lugar de España. 

En el GOE, el sistema del servicio militar cambió y se paso a una mili a los 18 años donde la mayoría eran de la región (a hacer la mili en casa) y eso nos llevó a un soldado tipo de 18 años, que se apuntaba en muchos casos por la niñería de ser el más vacilón del polígono.

La comparación entre hombres y adolescentes es tremenda, pero ya entonces parece que el servicio militar empezaba a estar sentenciado.

Otra circunstancia que me llamó la atención es que el nivel de tiro, aun mejorable, en Tarifa era extraordinario y una infantería tiene que saber tirar.

No se licenciaba un soldado sin haber tirado 1000 disparos de fusil y 300 de pistola/subfusil y el resto de municiones, explosivos a proporción. Y eso ¿por qué? Pues porque teníamos el campo de tiro a 200 metros de la puerta de la compañía, con nuestros cuartos de blancos y teníamos todas las tardes y noches del año, a nuestra disposición y, si lo pedíamos, muchas mañanas que no las utilizaba el Regimiento. 

Pero a mayores teníamos un sargento primero (Manolo Guzmán Velasco), que instruía a todo el mundo, cada sesión cogía a un pelotón y, sin las típicas prisas del tiro, al pin pan, tardando lo que se tenía que tardar, hacía buenos tiradores. 

En los CIR de Córdoba nos cambiaban todas la vainas que queríamos por munición. Así que esta capacidad vital en una unidad era extraordinaria (no en vano la compañía quedó 2ª de la Región militar en patrullas de tiro detrás de los profesionales del Tercio).

También recuerdo el ejercicio Flinlook de Fuerzas Especiales hispano-norteamericanas, en el que participó una sección nuestra en las operaciones y la otra en apoyos. El jefe de la PLMM del ejercicio, entonces destinado en la BRIPAC (participaban las 3 SADA), era el comandante Máximo Usero, diplomado guerrillero que había mandado la COE 91. Cuando le dije que nosotros íbamos en los ejercicios desplegados con munición  en la recamara (en el CETME, para no hacer ruido al montar), se sorprendió de que hubiese ese nivel de instrucción y no solo en eso apreció nuestra pericia, también en escalada y explosivos y mostró más de una vez su orgullo como guerrillero ante sus camaradas brillatina (paracaidistas). El luego general   Máximo Usero era un magnífico militar y excelentísimo soldado y cuando las buenas impresiones vienen de quien sabe, vale.

Una de las cosas que se mandaron al GOE II desde la COE 21 fueron las fichas de todos los soldados que pasaron por la unidad, donde se  reflejaban datos personales direcciones de contacto y, en algunos casos, capacidades específicas como conocimientos de lugares en el extranjero e idiomas. Algunos soldados se habían criado fuera de España por la emigración. Las custodiábamos para su uso en preparación de maniobras con redes de apoyo civil con antiguos veteranos y para caso real.

 

Recuerdo que las fichas estaban en una caja de madera de munición de 7,62 de las largas y habría unas 1500 fichas.

Pues, para gran cabreo mío, se perdieron y quedaron en el olvido. En su momento me pareció una mierda digna de un ejército de tercera.

Hay que ver las circunstancias. Sin olvidar el trabajo de elaboración manual y, aun con sus imperfecciones, hubo un tiempo en que pudieron ser vitales. España no estaba en la OTAN, una, y la única posibilidad que tenía de sobrevivir al conflicto Este-Oeste con dignidad, era la guerra irregular. El mando era consciente y no solo las unidades específicas (DOT) sino que todo el Ejército se instruía, una o varias veces, en guerrillas cada año y nosotros, que sabíamos del tema y éramos los especialistas, conocíamos que esa guerra discurre en medio del pueblo con redes y organizaciones clandestinas; incluso, como le decíamos a nuestra tropa, con líderes guerrilleros que muy bien saldrían de entre ellos. 

Las circunstancias han variado, pero ya vemos cómo la guerra irregular, o como la quieran llamar los teóricos y académicos, sigue vigente y, no en vano, nos han dado una patada en los bajos en Afganistán y de eso también tengo recuerdos que no son al caso. 

En algunos aspectos se mejoró en el GOE, por ejemplo en la formación física pues en Granada se hacía por niveles y eso permitía un mejor control de la mejora física individual.

Otra cosa que se mejoró fue el nivel de relación. En Tarifa nuestra relación era con el mando de nuestra Brigada DOT, en Córdoba y siempre fue inmejorable, e incluso nos consentían que culebreásemos por órganos logísticos centrales y otras unidades para conseguir lo más inesperado (y aquí hay que reconocer que los veteranos conseguidores como Rafa Rojas se movían en su salsa).

El GOE mejoró en  el nivel de relación pues lo hacía con la Capitanía General y así, si el jefe GOE tenía mano, se podían conseguir muchas cosas, como sucedió con el apoyo de helicópteros, ya que se consiguió una altísima proporción de horas de vuelo. Creo que, gracias a la relación de los comandantes Ricardo Castillo Algar (jefe del GOE II) y Miguel Simón Contreras (Estado Mayor de Capitanía).

Te mando un fuerte abrazo, rememorando seguimos jóvenes.

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