Capitán Fernando Carbonell (Jabalí) y Sargento Manuel Álvarez Díaz

Capitán Fernando Carbonell (Jabalí) y Sargento Manuel Álvarez Díaz

Raskacio. Antiguo Sargento y Sargento 1º de la COE de la EMMOE

Fernando Carbonell Sotillo (Jabalí). 

Capitán de la COE de la EMMOE

El primer recuerdo que tengo, de los muchos que almaceno, tras casi siete años compartiendo destino de OE fue, como alumno del XXVI Curso de OE, en la Fase de Nieve. Yo formaba parte de un grupo de alumnos de esos que no se habían puesto unos esquíes en la vida, con lo cual nuestra habilidad y destreza era la justita-justita para deslizarnos por las pistas sin perder la dignidad. Al entonces capitán Carbonell, proto del Curso, le tocó en suerte pastorear al grupo de sufridos alumnos y decidió que lo más apropiado era empezar el día con una bajada desde lo más alto del Monte Tobazo, en Candanchú. Aquello nos superaba por todos lados, pero… ¿pa qué estábamos allí? ¿Qué éramos, leones o gallinas?

Una vez reunido todo el grupo en lo alto del Tobazo, puestos en formación en modo “hilera inestable”, el proto Carbonell, con aquel superbigote y su vozarrón característico, nos preguntó muy educadamente:

-Señores ¿les gustan las flores?

La “cara de haba” se adueñó del grupo de alumnos, incapaces de dar una respuesta “guerrillera” a tan inesperada pregunta. Se escucharon dos o tres tímidas voces que dijeron que sí…¡Pardillos!

Carbonell giró sus esquíes a la máxima pendiente y, lanzándose pista abajo a toda velocidad, nos gritó: “¡Pues en mi culo tengo flores!”

Todos entendimos perfectamente la suave indirecta. El resultado de la bajada…mejor no lo cuento.

Quiso el destino (y el Boletín Oficial de Defensa) que, tras finalizar el curso, saliese destinado a la COE de la EMMOE y en ella sirviese al mando del capitán Carbonell (o “Jabalí” que era su alias operativo, si bien los sargentos muchas veces nos referíamos a él como “Carbonilla”, en un tono que mezclaba el cariño con la desfachatez de la juventud); primero lo hice como jefe de pelotón y, luego, como auxiliar de la COE. Una vez que el capitán ascendió a comandante, fue designado Jefe del Curso de OE y me reclamó como auxiliar de profesor en el mismo.

De todos aquellos años con Carbonell*, aprendí bastantes cosas que me fueron sirviendo a lo largo de mi vida militar. Ante todo, Carbonell era un jefe carismático. Un hombre que sabía sacar lo mejor de cada persona, un estudioso de las relaciones entre sus subordinados. Una persona que tenía la capacidad de saber andar con flexibilidad sin moverse de su línea recta. Tan exigente con sus subordinados como con él mismo, era imposible no seguirle. Poseedor de un carácter transparente, de esas personas que nunca engañan cuando las ves. Si estaba orgulloso, se le notaba. Si estaba enfadado, también. Pero sin estridencias, sin histrionismo. A veces, me recordaba a los padres de mi generación que con una sola mirada y sin decir palabra ya te habían dicho bastante.

Siempre que la situación se lo permitía, participaba en las numerosas bromas que gastábamos “la sargentada” a cualquier mando que tenía la mala suerte de caer en nuestra mesa. Y puedo jurar que no había distinción de empleo entre los “inocentes”: desde el SEP (sargento en prácticas) más tierno, hasta el propio coronel de la EMMOE aunque tuviese más trienios que Viriato. A todos les vendimos relojes de pared.

Años más tarde, yo con el empleo de capitán y mandando compañía, intentaba pensar cómo habría obrado Carbonell en esta u otra ocasión complicada. Aplicaba sus técnicas de mando, de maestro y de militar, pero ya eran otros tiempos. Aquellos magníficos soldados de reemplazo habían sido sustituidos por soldados profesionales tan buenos como los anteriores, pero que requieren otro tipo de mando con otros tipos de técnicas.

Después de bastantes años juntos en los que algún momento tenso hubo, claro está, puedo decir que Carbonell era un líder que no necesitaba estudiar para serlo. Lo era de forma natural, sin esfuerzo aparente.

Con el cariño y el respeto que dan el paso de los años, puedo decir que Carbonell era un capitán de los de la “vieja escuela”. De esos que, a veces, pensábamos todos “se lo van a calzar, de esta se lo calzan, vaya huevos le ha echado”. De los que dejan huella por aquellos lugares donde pasan y de los que defienden a su compañía porque saben que esa compañía le seguirá y no le fallará nunca.

Aunque tengan que irse todos desde Jaca hasta Barcelona-Figueras-La Escala en Canfranero, tren regular, metro y bus, con armamento y todo.

Pero eso…es otra historia.

*Nótese que elimino voluntariamente repetir su empleo militar y refiriéndome solo al apellido. Cuando una persona como Carbonell trasciende en el recuerdo de muchos compañeros, y de numerosos reemplazos, queda inmediatamente incorporada a nuestra historia personal dejando así que viva con nosotros.

Manuel Álvarez Díaz, sargento de infantería.

Manolo, amigo desde niños

Me encargan una “misión difícil”, que no sé si voy a poder terminar sin que me suden los ojos. Fácil de planificar cuando se tienen tantos recuerdos. Difícil de cumplir cuando solo tienes una fría pantalla de ordenador delante. Pero, quizá, de eso se trata: de despertar vivencias sin arañar al pasado.

No voy a escribir nada sobre el sargento Álvarez porque, seguramente, su figura profesional ha sido dibujada con más acierto y precisión de lo que lo podría hacer yo, y por compañeros de armas bastante más cualificados para adjetivar su trayectoria militar.

Hoy me toca hablar de Manolo. De ese gran Manolo al que, con el tiempo y el cariño, muchos de sus conocidos le hemos convertido en Manolín.

 

A lo largo de la vida de cada uno pasan muchas personas…pero muy pocas se quedan. Y menos aun las que se han marchado, pero siguen con nosotros. Son aquellas que nos han dejado su huella en ese rincón donde se funden las arrugas con las canas del alma. Justamente ahí tengo guardado a Manolo. Un ser humano que era imposible que pasase desapercibido. Desde niños, cuando coincidimos en los campamentos de Alta Montaña de OJE, ya apuntaba ese aire soñador que nunca le abandonaría. Hablaba de historias y proyectos futuros con la convicción del que sabía que los iba a cumplir, mientras que para el resto solo eran fantasías juveniles. Le recuerdo ordenado, pero poco metódico: sabía adaptarse a cada situación con pasmosa facilidad.

Muchos años después, volvimos a encontrarnos en tierras leridanas. “Coño… tú no eres…?” Pues sí, éramos. Abrazos, anécdotas y más proyectos que, esta vez, nos llevarían por el mismo camino durante algunos años: La AGBS (Academia General Básica de Suboficiales), la Academia de Infantería, el curso de OE, la COE de la EMMOE. Sus gafas de gota, su risa fácil, su perfecta letra de imprenta, su seguridad cuando explicaba. Era muy difícil llevarse mal con él. Y, a pesar de esto, (creo que nunca lo hemos contado) una tarde de trabajo en el TOC (centro de operaciones) de la COE por culpa de una ventana, la abre uno, la cierra el otro, abre, cierra, abre, cierra y así varias veces hasta que terminamos a mamporro limpio por el suelo del cuarto de trabajo. Puedo decir que nos zurramos de verdad, como dos sargentos bien entrenados que éramos. Poco, pero intenso.

Como no podía ser de otra forma, nuestro enfado duró tanto como la pelea: pocos minutos después ya estábamos pidiéndonos perdón. Habíamos mamado de las mismas fuentes: “Vale quien sirve”, la montaña y “..que los hechos hablen por ti”. Esas escuelas de vida no permiten rencores.

Manolín, amigo. Con quien hice algunas vías de escalada. Él primero y yo siempre detrás, admirando y aprendiendo cómo superaba con destreza los pasos más complicados. Y hasta en la escalada, mostraba siempre su lado más generoso y humano.

Creo que fue un fin de semana de finales del verano del 83, cuando decidimos escalar en el Pico Middi D’Osseau, la Jean Sante, en aquel entonces la segunda vía más difícil de ese coloso francés. Empezamos mal: bastante tarde y el tercer componente de la cordada se bajó de la vía en el segundo largo. Progresamos con normalidad, hasta que se cayó un cordino con material y tuvimos que destrepar el largo más difícil para poderlo recuperar. Cuando llegamos a la cima estaba anocheciendo. Empezamos el descenso rápel tras rápel, encontrando siempre alguna anilla, algún cordino, alguna clavija, algo que nos señalaba el camino de descenso. En uno de esos rápeles, la cuerda se quedó suspendida del vacío, sin tocar pared y colgando en un extraplomo. Y en el extremo de la cuerda estaba yo. Colgando del vacío, a cuatrocientos metros del suelo. Tras dos horas de maniobras intentando remontar por la cuerda, o llegar en un péndulo hasta la pared, decidimos que lo mejor era esperar a que amaneciese y poder ser rescatados por el helicóptero de la Gendarmería francesa.

Quizá os preguntareis dónde estaba Manolo en aquellas ocho horas que estuve colgado y anclado a una sola clavija: Se mantuvo de pie, toda la noche en una repisa de no más de treinta centímetros de ancha, asegurado a un minúsculo saliente de roca y casi sin poderse mover. Quería estar lo más cerca posible de donde yo pudiese oírle. Hubiera tenido fácil escalar diez o doce metros hasta encontrar un lugar más cómodo donde pasar la noche, pero prefirió no alejarse del compañero, camarada, amigo y estar todo el tiempo dándome ánimos y hablando de lo que haríamos al volver a Jaca.

Y, al volver a Jaca, al lunes siguiente en nuestra COE, Manolo no dijo ni media palabra de su actuación. Como siempre, como si jugarse la vida por un amigo fuese lo más normal del mundo.

Desde entonces, y cuando estábamos solos, la ventana del TOC se abría o cerraba como Manolo quisiese.

Era lo menos ¿no?

Murió en acto de servicio en el Grupo de Alta Montaña

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