Breve reseña y anécdotas de la ocupación y adecuación del refugio Hoya de la Mora por el GOE II Santa Fe

Breve reseña y anécdotas de la ocupación y adecuación del refugio Hoya de la Mora por el GOE II Santa Fe

Teniente Especialista, José Miguel García Rodríguez (Retirado)

Antiguo Sargento/Brigada D. José García Rodríguez (MMA). Fundador del GOE II

La primera vez que visité el refugio fue allá por el año 1983 estando destinado en la COE 92 y lo hice en circunstancias un tanto extremas.  Haciendo un reconocimiento de una ruta, nos sorprendió una fortísima ventisca y una copiosa nevada con caída brusca de temperatura, lo que nos obligo a refugiarnos en el edificio que estaba en esos momentos ocupado por dos obreros de Obras Publicas que se sorprendieron al vernos llegar a tres militares en aquellas condiciones climatologicas.

La impresión que me produjo, casi oscureciendo, con poca visibilidad, y tan deteriorado fue bastante lamentable, pero dentro tenían encendido un confortable fuego y no me paré en otras consideraciones.

Quién nos iba a decir que en el año 1988 se nos iba a entregar al GOE II, y que sería nuestro centro de entrenamiento y operaciones de alta montaña…

Antes de continuar este breve relato, quisiera hacer una síntesis de la historia de este imponente edificio, con la más que probable posibilidad de que caiga en más de un fallo cronológico o circunstancial.

El edificio fue construido en 1930 bajo la dirección del mismo ingeniero de obras que trazó y dirigió la actual carretera A-395, que en principio uniría Granada con las Alpujarras cruzando Sierra Nevada y que, finalmente, solo llegó al collado de la Carihuela a 3300 m D. Juan Santa Cruz. Estuvo ocupado sucesivamente por Obras Publicas. Por una compañía de esquiadores de Guejar Sierra. La Sociedad Sierra Nevada montañera. Después de un prolongado abandono, sobre 1970 fue el Opus Dei quien establece aquí una casa para ejercicios espirituales por un tiempo indeterminado y esporádico por lo que es Obras Publicas la que finalmente cede su uso en 1981 al Ejército.

Estando destinado en el GOE II, el edificio nos es entregado en bastante mal estado exterior y de habitabilidad, pero el comandante D. Ricardo Castillo percibió que el edificio y su ubicación serían de gran interés táctico, y no solo para nuestra Unidad, por lo que enseguida puso manos a la obra y supo transmitirnos su entusiasmo por el proyecto y no se escatimó ni tiempo ni medios.

Al momento me sentí atraído por el magnetismo que desprendía el lugar. Interiormente era fascinante. La huella que le había impregnado la orden religiosa le daba el aire de una decadente mansión; el salón principal con una gran chimenea profusamente decorada, un gran oratorio adornado con figuras de ángeles y santos. Incluso una zona habilitada para el servicio. Lamentablemente, el edificio era ocupado por cualquier montañero que decidía pasar allí la noche y que para calentarse usaban como combustible la madera del parqué y los elementos decorativos de madera.  Como curiosidad, encontramos entre dos paredes, y tapiado a propósito, una moto vespa en buen estado que, al volver al día siguiente, había desaparecido.

Debido a que a esa altura las condiciones climáticas son a veces infernales, con vientos que a veces sobrepasaban los 100 Km/h y a unos terribles cambios de temperatura tuvimos que hacer unas actuaciones de choque; primero, apuntalar con traviesas metálicas la gran cristalera que domina la entrada. Con mis conocimientos de soldadura conseguimos con grandes traviesas contener la entrada del viento. Mientras, un grupo de soldados a base de retirar una enormidad de bolsas de basuras localizó después de varios días de arduo esfuerzo despejar todo el sótano donde se encontraban las calderas. Aquello era un autentico vertedero, pero el descubrimiento del suelo y de las calderas nos llenó de júbilo a todos. Las calderas por supuesto estaban inservibles y eran de carbón, pero era un buen comienzo. Ignoro de dónde salió, pero alguien logró hacerse con una caldera de fuel oíl y yo le confeccioné un depósito de 2 000 litros para el combustible. Ya teníamos calefacción y, al menos, podíamos trabajar en el interior.  Poco a poco se le dio una nueva configuración y distribución para poder alojar en su interior alrededor de noventa hombres.

Un gran comedor y cocina en la planta baja con una pequeña sala de estar. Arriba dormitorios relativamente cómodos para alojar a mandos y tropa. Pero a medida que íbamos haciendo un uso más intenso y prolongado del refugio, surgían nuevos inconvenientes y necesidades. Por ejemplo, algo tan fundamental como el agua. Esta provenía de la parte alta del barranco de San Juan a través de una vieja tubería de uralita que, frecuentemente, se congelaba o se rompía interrumpiendo el suministro y, por tanto, del buen uso de las letrinas, que en cuanto escaseaba el agua, impregnaba los aseos de unos olores que el lector tendrá fácil imaginar. Llegué a conocer cada tramo y cada registro de tal modo que restaurar el suministro llegó a ser habitual.

A partir de la designación del brigada Guindos como jefe del destacamento y del refugio, y gracias a su profundo conocimiento del medio y los buenos contactos de que disponía, se aceleraron enormemente las reformas. Precisamente, gracias a estos contactos, consiguió que una gran cantidad de literas de madera procedentes de una renovación del hotel Melia, que debidamente reparadas y pintadas sustituyeron a las frías literas metálicas dotando a los dormitorios de una calidez y un confort digno de elogio.

Otro de los problemas que surgió, y que pudiera pasar inadvertido para quien siga el relato, es el que paso a describir: las botas de esquí. Imaginemos cien pares de botas mojadas por el sudor y puestas a secar en el vestíbulo del refugio después de todo un día de trabajo, miles de millones de bacterias desprendiendo un olor penetrante y nauseabundo. El brigada Guindos y yo, nos pusimos a buscar la solución y esta vino del método empleado en los guarda esquís de Cetursa. Así que copiamos el método y me puse manos a la obra.  Construí un gran secadero de botas por aire caliente insuflado directamente al interior del calzado que previamente era rociado con una disolución de cloro. El secadero, que aun está en uso en el refugio, realizado en tubo redondo por donde circula una corriente de aire calentado por una resistencia eléctrica, además permite colocar el calzado ordenadamente.

Era el nunca acabar y el surgir de nuevos problemas y por tanto nuevas soluciones. Cien pares de esquí no se pueden tener en cualquier parte y de cualquiera forma en un lugar donde, debido a los problemas de espacio, el buen orden se hace más necesario que conveniente. Por eso, me puse a la tarea de fabricar unos artilugios (igualmente copiados de los guarda esquís) que consistían en unos carritos deslizantes por raíles fijos que permitían el almacenaje compacto y de fácil acceso de unos cien pares de tablas. Hay que tener en cuenta que el GOE II tenía sus servidumbres de revistas de armas, tiro, maniobras, etc. y, por tanto, el tiempo para fabricar algo tan complejo se veía reducido. Pero, poco a poco, se fue haciendo realidad y también, aún hoy, está en servicio el sistema.

El refugio, paulatinamente, se estaba convirtiendo en algo nuestro y un referente de la sierra. Solo le faltaba la compañía de un perro. Y apareció “Berni” un magnifico San Bernardo, que se ganó todo nuestro cariño pasando a ser un miembro más del equipo, que nos recibía en la puerta del edificio saludándonos con su típico y único ladrido.

Pero, lamentablemente, se acercaba la disolución del GOE II y se empezaron a producir cambios en el organigrama de la Unidad. Y,, con ese motivo pasé a ser jefe del destacamento, lo que me produjo una gran alegría y satisfacción. Era “mi” refugio y estaba en mi medio. Todo un privilegio. Mucha dedicación y muchas horas. Días y noches. Pero no cambiaría por nada, contemplar los anocheceres desde la cristalera y ver cómo los últimos rayos de sol pintaban de oro la nieve de las colinas. O ver cómo barría la ventisca furiosamente los alrededores. Naturaleza salvaje alrededor de nuestro refugio. Sobrecogedor era contemplar la casi absoluta oscuridad de la noche en aquel desierto helado. Tanto es así que instalé dos potentes farolas para iluminar la entrada y que fuera un referente, a modo de faro, en los días de fuertes nevadas y ventiscas. Pero a los pocos días de su instalación tuve un encuentro en la estación con el director del telescopio que tiene su actividad investigadora en plena estación de esquí, quien muy amablemente me comunicó que, desde la instalación de los focos, sus trabajos de observación de los astros se veía entorpecido notablemente porque le estábamos cegando las lentes.

El refugio se convirtió en lugar de referencia en la sierra, y allí se acercaban el equipo de la Guardia Civil del Greim, los técnicos de Cetursa y, en general, quien tenia algún problema o necesitara nuestra ayuda.

Pero inevitablemente tocaba a su fin y había que prepararse para poner todo aquello en nuevas manos porque así debe ser. Aun así, el refugio ocupó para siempre un lugar indeleble en mi memoria y, cuando subo a despertar mi nostalgia, revive en mí las sensaciones que tanto me embargaron.

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