Federación de asociaciones
de Veteranos Boinas Verdes
De España
Lun 22 septiembre 2025
Aventuras y desventuras de un Sargento de la COE 51 (I)
Lun 22 septiembre 2025
Aventuras y desventuras de un Sargento de la COE 51 (I)
8
Siempre Guerrilleros, siempre Caballeros
2
Cuando la boina pesa más de lo que debería
2
Clausura de los Cursos de Montaña y de Operaciones Especiales
4
Operaciones Especiales (1). El elemento humano
2
Crónica de la entrega de diplomas:
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La AVBV Alicante arropa la toma de posesión del nuevo jefe del MOE
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Ruta de Montfalcó al congost de Mont - Rebei
1
La Superioridad Relativa en las Operaciones Especiales
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Miguel Ángel Ferrer Soria antiguo sargento de la COE 51

Nota de redacción: El teniente D. Miguel Ángel Ferrer, antiguo sargento de la COE 51, nos ha hecho llegar a la redacción de la revista Boina Verde sus memorias de la etapa que marcó su posterior vida militar y de la cual guarda entrañables recuerdos que vamos a publicar en esta revista. Dado que dichas memorias son muy extensas y el interés que suscitan es grande, lo vamos a hacer de manera fraccionada en capítulos.

Ante todo, queremos agradecer al teniente Ferrer su inestimables deferencia al hacernos partícipes de sus aventuras y desventuras. Muchas gracias, mi teniente.

PRÓLOGO

Hace un tiempo que me rondaba por la cabeza el escribir sobre el periodo de mi vida militar que se desarrolló en la Compañía de Operaciones Especiales núm. 51.

Fue la época más entretenida, la que más marcó mi vida militar y de la que guardo más recuerdos. Algunos fueron divertidos y otros más penosos y todos ellos, con el paso se los años, evoco con nostalgia. Además de dar para interminables conversaciones cuando nos juntamos los veteranos de la  Asociación de Veteranos Boinas Verdes.

Ahora que estoy impedido en casa, con una pierna inútil (de momento), y que dispongo de mucho tiempo, me ha dado por escribir y realizar aquello que me rondaba por la mente.

He pretendido hacer un relato simpático y agradable de algunos hechos acaecidos durante mi paso por la Unidad. De algunos fui protagonista y de otros, mero observador.

He contado con la inestimable colaboración de algunos de mis antiguos compañeros, mandos o soldados, que me han recordados hechos olvidados. A ellos les doy las gracias por ayudarme en esta empresa.

Seguro que me dejo muchas cosas que el tiempo ha borrado, pero espero que lo que pongo sea fiel reflejo de lo que nos aconteció o, por lo menos, lo más parecido posible. El tiempo no perdona.

En la narración intento seguir un orden cronológico. Eso hará que, si alguien se molesta en leerlo, le resulte fácil buscar los años en los que sirvió en nuestra querida Unidad.

LA UNIDAD

Veinte años y algo menos de 8 meses, eso tenía aquella mañana del cuatro de agosto de 1980 cuando cruzaba la explanada que separaba el edificio que albergaba los bares de Oficiales y de Suboficiales, de la Compañía de Operaciones Especiales Nº 51, en el acuartelamiento de Valdespartera.

Siempre he sido un poco asfixiado; aún ahora creo que sigo siéndolo después de tantos años de servicio. Así que esa actitud fue la que me llevó a dormir la noche anterior en una habitación de la Residencia de Suboficiales, enfrente de la COE, junto a Juan José López Quesada, sargento y gran amigo. Y eso que yo vivía en casa de mis padres a poco menos de un cuarto de hora del cuartel. Y para más inri disponía de coche. ¿Miedo a llegar tarde? Lo que digo, un asfixiado.

Bueno, a lo que iba.

Juan tenía algo más de experiencia, pues había sido soldado antes de ingresar en la Academia. Pero yo era un pipiolo. Por eso, cuando cruzábamos el patio a primera hora de la mañana, con nuestros uniformes de presentación y nuestra gorra de plato y con los guerrilleros de la compañía que, asomados a la ventana viéndonos acercarnos nos gritaban: “¡Pistolos, pistolos!”, iba un poco cohibido, por no decir otra cosa que representaría más mis sentimientos.

Unos tíos, muchos de ellos barbudos (yo por aquel entonces me afeitaba una vez a la semana), curtidos del sol y con cara de pocos amigos. La mayoría mayores que yo, pues en aquellos años se iba a la mili con 21 años salvo los voluntarios que lo hacían con 19. He de decir que me acongoje un poco.

Presentación (capitán D. Pablo Perera Casado, tenientes Mariano Bayo de la Fuente y Fernando Giménez Yago, brigada Pedro Jiménez Serapio y sargentos Alfredo Cabrero Lasierra y Luis Miguel Lorente Castillo), recogida de material y reparto de tareas y responsabilidades para los nuevos sargentos.

Me asignaron los automóviles. En aquellos tiempos dos JEEP VIASA CJ6 ¼ Tm y 4 camiones GMC CCK W353 con un motor de seis cilindros gasolina. Estos eran procedentes de la ayuda americana. Uno de ellos con la cabina carrozada, que era el que normalmente empleaba el brigada para llevar la intendencia.

Gracias a Dios había un cabo que era mecánico y se encargaba de su mantenimiento, Salvador Pérez Casas. La verdad es que establecí muy buena relación con él, relación que perdura hasta nuestros días.

En aquellos años hacia Aikido en un club de Artes Marciales. Por ello me encargue también de las clases de defensa personal. Las dábamos por las tardes en el gimnasio que había al lado de la Compañía y que disponía de un gran tatami. He de reconocer que casi siempre conté con ayuda. En aquellos, mis inicios, tenía un guerrillero que era cinturón negro de judo y hoy es 4º Dan,. Javier García García, alias Jogui (pronunciando la J como Y).

Pronto me pusieron mote. “Pivito”. Por lo de joven y también por lo de chulito. Y era verdad, parecía que me quería comer el mundo.

Emilio Marín a la izquierda, bombero de Zaragoza, con el que sigo compartiendo carreras de
orientación.
A la derecha Jogui, destinado en la Comisaria Centro de Madrid. Vietnam, como él la denomina.

La COE se encontraba en el Acuartelamiento de Valdespartera, al sur de la ciudad y junto a la carretera de Teruel. Disponíamos de un pequeño campo de maniobras con su campo de tiro. Hoy en día es un barrio nuevo de la ciudad donde solo ha sobrevivido el edificio que albergaba al 3er. Escalón de Transmisiones convertido hoy en Centro de Día.

El Pibito con una culebra en el brazo.
Foto hecha en las jornadas de puertas abiertas de
1981 que se desarrollaron en el cuartel de Sanidad,
frente al Hospital Militar.

A raíz de esto, quiero comentar que Juan López Quesada se encargaba de las Transmisiones de la CIA y todas las reparaciones se efectuaban con prontitud. Una vez lo acompañé a llevar unas radios AN/PRC 77 a reparar y descubrí su secreto. Le llevaba en esa ocasión, un par de calcetines de algodón trenzado al teniente jefe del taller. Este Juan era un crack, como se dice ahora.

Alguien me comentó, no sé si fue el capitán Perera, que el edificio donde se encontraba la compañía se había empleado como cuadras durante el rodaje de la película “Salomón y la Reina de Saba”.

No sé si es cierta esta afirmación porque no he encontrado datos que lo corroboren. Lo que sí es seguro es que parte de esa película se realizó en el campo de maniobras de Valdespartera. Y para muestra, en la foto se puede ver perfectamente la silueta de la ermita de Santa Bárbara recortada al fondo en una escena de la película, junto con un primer plano de la actriz Gina Lollobrígida.

No hemos pegado tiros ni na junto a esa ermita.

Por cierto, para los que por allí pasamos, hoy sigue siendo distinguible su silueta junto al espaldón del campo de tiro al otro lado de la autovía de circunvalación Z-40.

Era un edificio de adobe encalado y que cubría bien nuestras necesidades. Además, estaba aislado del resto de las Unidades, en el extremo sur del acuartelamiento de Valdespartera lo que nos daba más intimidad y hasta más independencia.

Y para que todo el mundo supiese donde se encontraba, en la fachada lo ponía bien claro.

También teníamos un cuartelero permanente que, aunque un poco pequeño, era testigo mudo de lo que pasaba.

Sgtos. Cabrero y Lorente y el cuartelero permanente

La compañía tenía su propio bar. Era una gran ventaja para nosotros. La cantina de tropa estaba un poco lejos y nosotros los mandos, aunque teníamos enfrente los bares de oficiales y suboficiales, preferíamos el nuestro.

Y hacían unos bocadillos estupendos. Y no lo digo porque yo fuera el encargado del bar.

De mis jefes y compañeros qué diré.

El capitán D. Pablo Perera Casado imponía por su seriedad y actitud.

Como muestra diré que, no llevaba yo mucho tiempo en la compañía, cuando una mañana en una formación se acercó a mí y sacándose un duro del bolsillo hizo ademán de dármelo. Cuando yo sorprendido le pregunté: “¿Y esto para qué, mi capitán?”, contestó: “Por si no tienes para betún para limpiarte las botas”.

Puedo asegurar que desde aquel día he sido uno de los suboficiales del Ejército español (y de la OTAN) con las botas más limpias.

Por cierto, esquiaba de miedo. El capitán digo, no yo.

Mi jefe de sección era el teniente Yago. Qué puedo decir de él. Que era buena persona, calmada y que tuvo gran paciencia conmigo. Él creó el término “Ferrerrada”. Llevaba en la compañía mucho tiempo. Había estado seis años en el empleo de sargento y luego tres años más en los empleos de alférez y teniente.  Al poco de irse, vino un día de visita por la compañía y dijo algo que me impactó. Algo así como que: “No todo el Ejército es como la COE. Aprovechad el tiempo que estéis aquí que va a ser lo mejor de vuestra vida militar”. Y he de reconocer que tenía mucha razón.

Al teniente Bayo ya lo había tenido de compañero en el Curso de OE. Es una de las tres personas que han marcado mi carácter militar. Un caballero.

El sargento Cabrero imponía. Pero no solo a la tropa. Solo su aspecto ya inducía al respeto. Esa barba pelirroja que le llegaba hasta el pecho le daba aspecto de guerrillero cubano.

Puestos a contar chascarrillos, diré que, siendo coronel del Regimiento Las Navas 12 el Sr. Buiría, divisó de lejos al sargento Cabrero con su inmensa barba. Y llamándolo desde la distancia para llamarle la atención por el tamaño de aquella, nuestro querido Cabrero hizo caso omiso, aceleró el paso y se fue a la compañía. Después sería nuestro capitán, en aquel entonces Palacios, quién le trasladó el mensaje del Sr. coronel. ¿Se cortó la barba Alfredo? No, por cierto. Así era y sigue siendo nuestro querido sargento.

El sargento Lorente es persona con la que he cultivado la amistad a través de todos estos años. Era emprendedor y siempre con ideas nuevas. Un tanto inconformista. Él fue el motor de la creación de la primera Escuela de Supervivencia de España, en la que colaboramos todos los sargentos de la COE.

Caso aparte es mi querido sargento Juan José López Quesada. Pocos años de nuestra carrera militar estuvimos separados. Carismático, impetuoso, de gran carácter y que se hacía querer por nuestros soldados a pesar de no pasar una. Lo acompañe en los últimos meses de su vida y, cuando recuerdo su deterioro, me duele el alma. Cuántas veces cantamos en la cabina del camión su copla favorita; “Él vino en un barco, de nombre extranjero…”

MATAPOLLOS

Matapollos en la supervivencia
de 1982 en Vallibierna. Al
fondo el teniente Arribas
(derecha) y el sargento Ferrer
(izda.).

A los guerrilleros se nos llama cariñosamente matapollos. Quizá sea porque una de las pruebas que les hacíamos a los muchachos durante la supervivencia era matar un pollo arrancándole la cabeza de un mordisco.

No es que fuera una sensación agradable, pero tampoco era nada de otro mundo. Y los guerrilleros la cumplían con religiosidad.

Los tiempos de entonces eran más duros que los de ahora, de ahí que los muchachos que nos llegaban también eran más fuertes. Unos “tíos” estupendos. Que no causaban problemas allá donde los llevábamos y siempre quedaban bien.

Y mira que estuvimos en lugares de la geografía aragonesa y provincias adyacentes.

Trabajadores, esforzados y sufridores donde los haya.

En aquellos tiempos de mi juventud no le daba importancia a este hecho. Pero con el paso de los años me he dado cuenta de la naturalidad con la que afrontaban los trabajos más duros en las circunstancias más adversas. Pocas quejas y mucha abnegación.

Y hoy, pasados los años, cuando nos juntamos en las reuniones de veteranos, recuerdan aquellos duros tiempos con cariño e, incluso, a nosotros con aprecio. Y mira que se las hacíamos pasar canutas.

(Continuará)

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