Apuntes de mi paso por la COE 92

José Frisuelos Muñoz (Pepe Montañas)

Antiguo guerrillero de la COE 92

Allá por el mes de octubre de 1977, me tocó incorporarme al Ejército de Tierra en el CIR 6 de Viator (Almería). Después de dieciséis horas de tren desde Cuatro Vientos, Madrid, llegamos a la estación de Viator. Tuvimos que ir andando desde la estación hasta el campamento. Estábamos hambrientos, la hora de comer se había pasado hacía mucho tiempo; yo pensé que habíamos llegado a otro mundo: el terreno desolado y las casas tan pobres. Tres meses estuvimos en ese semi desierto, hasta la jura de bandera.

Los servicios cuarteleros no me gustaban nada; un día me lo pasé entero en cocinas, desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche; pensé que eso no era para mí.

Tenía muchas ganas de presentarme voluntario a la COE. Había visto fotografías del primo de un amigo y mi deporte favorito era el montañismo. Así que me apunté a un equipo de soga-tira para la fiesta de fin de campamento y me mantuve en forma haciendo ejercicio aeróbico en los ratos libres y ejercicios de fuerza con unas pesas caseras hechas de hormigón que había en mi compañía.

Cuando vinieron de la COE 92 a pedir voluntarios, no dudé ni un segundo en presentarme. Las pruebas físicas consistían en pasar la pista americana; se presentaron unos doscientos treinta reclutas, de los cuales pasamos el primer filtro setenta. Esos setenta tuvimos que pasar el “gallinero” dos veces; quedamos entonces cuarenta y tres, que nos fuimos directamente al reconocimiento médico; lo pasamos satisfactoriamente todos, pero solo querían a treinta y seis. Hasta ocho días antes de la jura, no nos dijeron que estábamos admitidos.

Por fin, el veinte de diciembre llegamos a Ronda. Recuerdo formar delante de la compañía con nuestras gorras de pistolos que ya nunca volveríamos a llevar; por las ventanas, agarrados a las rejas, se asomaban los veteranos: unos tíos ennegrecidos por el sol y con unas barbas salvajes que los hacían parecer salvajes a ellos también. Por aquel entonces llevar barba en el ejército era un privilegio de los guerrilleros y legionarios y, al resto, nos imponía; escuchar a esos tipos gritarnos las lindezas de lo que pensaban hacernos es algo que no te deja indiferente.

En la COE 92 era muy típico a los nuevos ponerles apodos. A mí, por mi afición al montañismo, me llamaban “Montañas”. Había unos apodos fijos que se iban heredando reemplazo tras reemplazo como el “Teclas” (oficinista), el “Cebollón” (el nuevo que tenía la cabeza más grande), el Aspirino (ATS), el “Cacerolo” (cocinero), el “Tibu”, y así unos cuantos más.

Un día, estando de guardia el sargento 1º Serapio, frente a él, los guerrilleros se pusieron a hacer una especie de danza en círculo que reivindicaba la llamada Blanca (Cartilla Militar), una tradición que venía de años atrás, reemplazo tras reemplazo. Los reclutas contemplábamos la escena agarrados a los hierros de las literas tragando saliva y pensando en dónde nos habíamos metido. El sargento 1º puso orden y nos fuimos todos a dormir, media hora, porque la fiesta siguió hasta altas horas de la madrugada.

A la mañana siguiente, muy temprano, lo primero que hicimos fue correr con el sargento Manolo Guindos unos quince kilómetros. Creí morir, me faltaba el aire en los pulmones, eché flemas que tenía desde niño y, de propina, al llegar a la pared circundante del recinto militar donde estaba nuestra COE, llamado El Fuerte, nuestro sargento, un auténtico atleta, el héroe al que todos acabaríamos admirando profundamente, se sube a la pared y nos dice que tenemos que entrar saltando la pared de tres metros. Así fue todos los días que dormíamos en la compañía y no estábamos de campo.

Sin duda, lo peor de los primeros meses fueron nuestros veteranos y sus bromitas pesadas. En cambio, el entrenamiento militar que hicimos durante todo el tiempo que estuvimos allí para mí fue una gozada. Me encontraba en mi medio: una vez que me puse en forma, me daba igual andar veinte que cuarenta kilómetros, de noche o de día, con lluvia o con sol, recorridos topográficos a cientos, con brújula, plano, escalímetro. Tantos hicimos que, al final, no necesitábamos ni plano, ni brújula, ni nada; conocíamos el terreno con los ojos cerrados.

Llegó la fase de nieve en Sierra Nevada: durante veinte días pernoctamos junto a la COE 91 en Granada y subíamos todos los días a las pistas. Uno de esos días, la carretera, en el tramo anterior a la estación de esquí, amaneció completamente helada y un autobús de turistas se quedó atrapado sin poder avanzar: la COE 92 en pleno dimos la vuelta al autobús en aquella carretera tan estrecha, prácticamente a pulso.

En la COE 92 no había botas de mi número (calzo un 46), así que  me tuvieron que prestar unas en la COE 91. Otro problema eran    las ataduras de los esquís Sancheskí, que no me llegaban para una bota tan grande. Solución: solo me los ataba con un enganche, el de atrás no podía; parecían esquís de marcha. De esta guisa subimos a la cima del Veleta. Oculté mi problema al subteniente Cayuela, ya que si me llega a ver no me hubiera dejado realizar el ascenso y yo no había ido hasta allí para no subir. Cuando estuvimos en la cima, nuestro subteniente nos dijo: “Ya podéis bajar”, pero ninguno sabíamos esquiar. Así que, al principio, bajamos arrastrando el culo por la nieve y, después, yo me enganché al rastro del subteniente y llegué hasta abajo del tirón sin caerme ni una sola vez; qué gozada.

Cada mes efectuábamos un campo de 10 días por toda la región militar: rápel, escalada, explosivos, comunicaciones, tiro, supervivencia y mucha orientación.

La fase de agua la hicimos en Sabinillas, Málaga, con recorridos por agua de más de cinco kilómetros. Aprendimos a poner explosivos en el fondo marino a unos tres o cuatro metros de profundidad; hicimos alguna marcha pasando por los baños de aguas sulfurosas, se nos puso una piel estupenda ese día.

Un buen día nos quedamos sin el sargento Guindos, se trasladó a la COE 91. Se incorporaron entonces el sargento 1º Asensio y el sargento Ríos, que sustituyó a Guindos en el entrenamiento físico, fue binomio de Guindos en el curso de operaciones especiales, dos máquinas.

Nuestro jefe era el capitán Manuel Alonso. Nunca pude imaginar que dentro del ejército se pudieran encontrar personas como él: un caballero de los pies a la cabeza: recto, justo y quería a sus soldados como a sus hijos. Tanto es así que hoy en día no solo tiene un hijo que se llama César, tiene trescientos hijos repartidos por toda la geografía española nacidos en la COE, que le recuerdan con gran cariño y respeto; estuvo más de tres años como teniente y siete y medio como capitán en la COE 92.

Para poner fin a estos recuerdos, quiero resaltar una cosa que parece, a los ojos de cualquiera, algo absolutamente imposible: después de transcurridos más de cincuenta años desde que hicimos la mili, nos mantenemos en contacto un grupo de más de doscientos veteranos que nos reencontramos a través de Facebook. El próximo mes de mayo nos juntaremos en una acampada de fin de semana al menos unos cuarenta o más. Entre nosotros están nuestro antiguo capitán Alonso, hoy coronel retirado, nuestro antiguo teniente, hoy coronel Liñán, nuestro antiguo subteniente Cayuela, hoy comandante retirado, y nuestros antiguos sargentos Rojas, Asensio y Ríos, hoy comandantes retirados. Ahora, además, somos amigos para siempre; ellos que nos hicieron boina verde a todos. Mandos y soldados nos reunimos procedentes de todas partes de España y el extranjero: Francia, Inglaterra, Canarias, Cataluña, Extremadura, Madrid, Andalucía, Valencia, Alicante, Murcia, etc. En la acampada dormiremos en el suelo y caminaremos por el monte, teniendo en cuenta que algunos de estos veteranos tienen más de ochenta años. Todos ellos estuvieron después de operaciones especiales en otros destinos militares, pero siguen apegados al espíritu de la boina verde. Yo no he visto nada parecido en ningún sitio, “ESTAMOS”.

En definitiva, que mi paso por la COE 92 fue una experiencia que me marcó para siempre y que me ha sido muy útil en mi vida privada y profesional. Fuimos de acero inoxidable, como no lo hemos vuelto a ser nunca más. No me arrepiento de nada. Si fuera posible volver a tener 20 años y tuviera que volver a la COE, no dudaría ni un segundo, volvería a la 92.

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