Año intenso en la COE 62

Carlos Blond Álvarez del Manzano

General de Brigada. Antiguo teniente de la COE 62

Solamente estuve un año pero será difícil de olvidar. Aproveché la oportunidad que me dieron y gané en conocimientos que me sirvieron a lo largo de mi vida militar. Las experiencias adquiridas durante las dificultades a superar, que fueron muchas para un joven teniente, me ayudaron a madurar y se convirtieron en felicidad y fuerza. 

En julio de 1972, por servidumbre del título de Operaciones Especiales, fui destinado con carácter forzoso a la COE 62, afecta al Regimiento Garellano 45 de guarnición en Bilbao, dependiente del general jefe de la BRIDOT VI en Vitoria, a la sazón el general de brigada Joaquín Valenzuela.

Pertenezco al XV curso de OE, me diplomé en 1971 y me incorporé a mi destino en el  Tercio Alejandro Farnesio  4º de la Legión en Villa Cisneros, la entonces 53 provincia del Sahara Occidental. Una serie de circunstancias dieron origen a la creación de las primeras unidades instruidas y adiestradas en Operaciones Especiales en los dos Tercios Saharianos. Ello se debió, por un lado, al incipiente nacimiento del independentismo entre los jóvenes saharauis; por otro, a la incorporación al Sahara de los primeros oficiales diplomados en OE y al éxito de los guerrilleros de la COE de Tenerife en su participación en ejercicios de doble acción con los Tercios saharianos. Cabe señalar, también, que las COE existentes en las Regiones Militares, tenían una gran aceptación por el mando por sus buenos resultados, a pesar de su bisoñez. En definitiva, todos estos acontecimientos fueron el origen de la creación de Secciones de Operaciones Especiales (SOE) en el desierto y de que, en el mes de octubre de aquel 1971, fuera designado para formar la SOE I de la IX Bandera en el Sahara. Afronté con ilusión el reto de instruir en técnicas y procedimientos específicos de guerrilleros a los legionarios seleccionados.

En aquellos años los oficiales diplomados eran escasos y casi insuficientes para cubrir la totalidad de vacantes en las COE. En el caso de la COE 62, las dificultades se acumulaban en razón de su ubicación en la ciudad de Bilbao y por el incipiente movimiento independentista ETA que aconsejaba que la recluta a instruirse en la unidad debía proceder de provincias distintas a las Vascongadas.

La plantilla de la unidad era de 113 hombres encuadrados en Mando, Plana Mayor y tres secciones con un capitán, tres tenientes y los suboficiales correspondientes. Cuando llegué, en el verano de 1972, contaba con capitán que al salir destinado el 31 de agosto a otra unidad me tuve que hacer cargo del mando y administración de la misma, situación que se mantuvo hasta agosto del año siguiente. El otro teniente destinado en la COE, Lorenzo Mirave Lasaosa, se había accidentado en un salto paracaidista, estaba de baja y no se incorporó hasta el mes de febrero. No estaban cubiertas las vacantes de suboficiales por lo que los mandos intermedios eran cabos 1º pertenecientes al reemplazo, Santamaría y Gustavo, magnificas personas que fueron una ayuda inestimable en aquella unidad carente de mandos.

Esta situación propició el que fuera agregado a la COE el entonces brigada y también diplomado, Leandro Martín Herranz destinado en el Regimiento Garellano y que fue una gran ayuda para poder mantener el ritmo de trabajo en la unidad. Leandro, modelo de guerrillero, duro cual granito, sencillo, voluntario para todo, querido por superiores y subordinados, murió varios años después en acto de servicio durante el desarrollo de un ejercicio en la comarca del Alto Gállego, Huesca junio de 1984. Su ejemplo y recuerdo me han acompañado permanentemente.

Fue un año intenso sin posibilidad de un momento de respiro. Mano a mano con Leandro trabajamos duro y disfrutamos de las salidas de diez días todos los meses del año para las prácticas mensuales y veinte en las fases de agua y nieve, sin olvidar la experiencia de la primera participación de dos equipos operativos españoles de las COE 51 y 62, en el ejercicio multinacional «Eugenie», organizado por el 13 Regimiento de Dragones paracaidistas del Ejército francés en la isla de Córcega.

Respecto a la tropa voluntaria por su tiempo de reemplazo, la mayoría procedía de Cantabria lo que suponía cierta contrariedad por el desconocimiento del terreno y del vascuence, hablado en muchas de las zonas rurales por las que nos movíamos con el agravante que en muchos caseríos desconocían el castellano o se negaban a entablar conversación con los guerrilleros. Cántabros excepcionales que a diario demostraban sus excepcionales cualidades como guerrilleros y se esforzaban en estar a la altura de los mejores soldados de España.

A pesar de las dificultades por la escasez de mandos, la COE 62 cumplía su programa de instrucción al igual las otras compañías hermanas. Así, por ejemplo, a diario, la unidad al completo nos trasladábamos al monte Pagasarri desde el acuartelamiento del Regimiento Garellano, a la sazón en la calle Luis Briñas, en pleno centro de Bilbao y vecino del estadio de San Mamés. Recorríamos, a paso ligero y cantando, los no menos de cuatro kilómetros que separaban este monte de la ciudad, con un desnivel de 500 metros. Ello suponía un buen endurecimiento.

Las zonas habituales de nuestros desplazamientos mensuales solían ser, Orduña para la fase de combate, Villasana de Mena topografía y supervivencia, Araca tiro con todas las armas, Alto de las Mazorras fase de nieve, Santoña fase de agua, en El Carrascal escalada. A las nombradas había que añadir otras salidas a zonas intrincadas de Vizcaya y Guipúzcoa para conocimiento del terreno o participar como enemigo en ejercicios de doble acción, de guerrillas y contraguerrillas o bien en colaboraciones con otras unidades.

Las anécdotas que me sucedieron son innumerables y, como no, algún que otro desafuero con los mandos del regimiento que nos acogía. Vaya como ejemplo la lucha permanente por conseguir que nos proporcionasen en nuestras salidas mensuales un par de cochinos vivos de la granja que el regimiento tenía en Orduña. Cochinos, que nos venían bien, no solo para mejorar la alimentación de mis guerrilleros, sino, a la vez, para practicar la matanza y preparación de los alimentos.

Otra lucha era, durante las comidas realizadas en el comedor del regimiento, conseguir un chusco de pan entero por persona en lugar de las cestas con pan cortado que no alcanzaban para saciar el hambre de los guerrilleros, pues al no parar de trabajar mañana, tarde y noche, se comían lo que les pusiesen por delante y aún más. Por cierto, ambos asuntos se solucionaron tras atender a nuestras insistentes peticiones.

Como no, recordar a los dos médicos de reemplazo destinados en la COE que de manera brillante resolvieron incidentes importantes. Por citar sólo alguno, el de la bota atravesada por un disparo con munición de fogueo -en aquella época esta munición terminaba con bala de madera- y que se disparó de manera involuntaria un guerrillero en su pie donde tenía apoyada la boca del arma. La madera astillada y parte del cuero de la bota destrozada se incrustó en pie y dedos. El hecho ocurrió a altas horas de la noche por lo que, tras la cura de urgencia, en un camión Reo, que era lo que disponíamos, acompañado por uno de los médicos, tuvo que ser evacuado por aquellas carreteras sinuosas y estrechas para ser intervenido en el hospital militar de Bilbao.

Otra evacuación grave, desde las Mazorras, a 100 kilómetros del hospital, se produjo durante la fase de esquí. Un esquiador seccionó la vena safena de un guerrillero y la sangre manaba hasta un metro de altura con cada latido del corazón. Afortunadamente, y reitero, gracias a nuestros dos médicos, todos los problemas los solucionaron cum laude.

Servicio atípico, que supuso una nueva experiencia, fue la de tener que montar y dar la seguridad en los juicios contra miembros de la banda terrorista ETA celebrados en el interior del acuartelamiento.

Bilbao, plaza difícil en aquellos años, aplaudió a rabiar cuando su COE, junto a paracaidistas y otras unidades, desfiló por sus calles en la conmemoración de su liberación. Debo reconocer que siempre nos mostró cariño y nos cuidó.

Varios años después, a partir del 2000 y en reiteradas ocasiones, me reuní con varios de los montañeses, acompañados por sus mujeres, de aquel magnífico reemplazo del 72 que sirvieron como guerrilleros aquel año que mandé la COE 62. Les agradecí las facilidades que me dieron al mandarles y les felicité por su entrega, dedicación y buen hacer.

Los lazos que surgen entorno a las vivencias, dureza y sacrificio que a diario se practica en una COE son indisolubles y permanentes.

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