Miguel Ángel Porras López

Antiguo guerrillero de la COE 61 de Burgos

Querido y apreciado, Pedro:

Veinticuatro de agosto de 1980, domingo. Hace ya 42 años, medio centenar de soldados bisoños han entrado por primera vez en la base militar de Castrillo de Val. Cincuenta y tantos nóveles soldados que hace una semana han jurado bandera en el CIR de Araca. Poco nos podíamos imaginar que el hecho de haber cruzado el umbral de la entrada de una compañía de guerrilleros a la que habíamos sido destinados nos iba a transformar la vida como lo ha hecho.

Nuestras vidas se cruzaron y medio centenar de caminos quedaron entrelazados forjándose y sellándose nudos de amistad imperecederos. En esos momentos ninguno podía pensar que aquel año en el que íbamos a convivir iba a ser determinante para todos.

Los primeros días fueron intensos. Se nos tenía que poner mínimamente a punto para que, en menos de un mes, pudiéramos llevar la boina verde que nos daba derecho a llamarnos y sentirnos guerrilleros.

En esos primeros días comenzamos a conocernos entre nosotros; primero, a nuestros compañeros de escuadra: Antonio Coca, Agustín Abril, Jesús Herrero, tú y yo, con los que íbamos y veníamos en un trajín frenético sin permitírsenos la más mínima pausa hasta llegar a la mismísima extenuación; luego, al resto del reemplazo bautizados en su conjunto por nuestros veteranos como “los nuevos”.

Esos primeros días fueron cruciales para iniciar la forja de relaciones interpersonales que van más allá de una simple amistad. Poco a poco, como la fina lluvia que sin darte cuenta te va calando hasta los huesos, se fueron estableciendo, lo que primero sería una incipiente amistad y que acabó siendo algo más grande, más intenso, más perdurable. Acabamos  siendo un binomio.

Quienes no han vivido las experiencias de una compañía de operaciones especiales no pueden hacerse cargo de lo qué significa tener un binomio o ser binomio de alguien. Tu binomio es alguien en el que confías y él confía en ti. Alguien con el que compartes el frío y el calor, la sed y el hambre, compartes el plato sartén y la cantimplora, el duro suelo del monte y el sueño bajo la lona de una tienda, el trabajo y el cansancio, compartes largas charlas y silencios. Tu binomio se convierte en algo más que un compañero, en algo más que un amigo, en algo más que un hermano. Se convierte en tu otro yo. Cuando tú cubres su espalda, él te está cubriendo la tuya.

De manera imperceptible esos días fueron fundamentales para ir fraguando entre todos nosotros lo que serían los nuevos binomios. Y es así como la casualidad, el destino o el hado divino hizo que nuestras vidas, la tuya, Pedro, y la mía, se entrecruzaran al constituirnos como binomios.

Extraña pareja la que formamos tú y yo. Cualquiera que nos viera, nos escuchara y nos conociera no podría creer que esos dos personajes pudiéramos formar un binomio. Pocas cosas teníamos en común; o quizás sin saberlo sí compartíamos muchas cosas en común. Tú acababas de terminar Magisterio y como habías pedido una prórroga eras ya maestro y algo más mayor que el resto de nuevos. Yo aún estaba acabando también Magisterio, me había parecido mejor hacer un parón en los estudios para finiquitar el compromiso para con la Patria. Creo que pocas cosas más teníamos en común. Tú, de Ejulbe, pueblecito de Teruel puerta de entrada a la histórica comarca del Maestrazgo. Pueblo, que en invierno cuenta con unos 200 vecinos, está situado en la sierra turolense con un clima muy riguroso en invierno y una economía basada fundamentalmente en la agricultura y la ganadería. Yo, en cambio, venía de la ciudad, concretamente de Barcelona, ciudad eminentemente industrial y un clima benigno en invierno y algo caluroso y pegajoso en verano.

Tú, Pedro, hundes tus raíces en tu tierra de nacimiento. Eres muy amante de tu pueblo, de tu comarca, de tu región y de tus tradiciones. Emanas por los poros de tu piel orgullo maño.

Yo, hijo de la inmigración, sin raíces propias, sin tradiciones, en ocasiones, sintiéndome extranjero en la tierra que me vio nacer y, desgraciadamente, cada vez más. Envidioso de aquellos que, como tú, Pedro, pueden vanagloriarse de su tierra, que

fue la de tus padres y abuelos. Yo, en cambio, tenía que hacer mío el pueblo de mi madre, que no siendo el que me vio nacer, si fue el que adopté para no sentirme huérfano.

En pleno periodo de Transición, era frecuentísimo que los jóvenes estuviéramos muy involucrados en las diferentes corrientes políticas. En nuestro caso, ambos lo estábamos pero desde puntos diametralmente opuestos. Conocedores, uno y otro, de la historia pero siempre desde prismas propios podíamos pasarnos las largas horas de caminatas exponiendo argumentos y contraargumentos haciéndosenos las penosas marchas mucho más llevaderas. Nunca logramos hacernos bajar de nuestras posiciones. Pero nuestras discusiones, aunque acaloradas, poniendo cada uno pasión en lo que argumentaba, nunca acabó en riña.

En creencias religiosas también éramos como el aceite y el agua y esto también era causa de numerosas horas de discusiones.

Muchas otras cosas, no tan significativas como las descritas, nos diferenciaban. Desde la manera en que desarrollaríamos nuestras carreras profesionales y la metodología que aplicaríamos en nuestras respectivas aulas, hasta las cuestiones deportivas.

Con los precedentes expuestos, se hace muy difícil pensar que estos dos curiosos especímenes pudieran cuajar como binomios. Pero no estábamos en cualquier sito. Habíamos caído en una COE, éramos guerrilleros. Al igual que el fuego funde el cobre y el estaño para, en el crisol, originar el bronce, un nuevo material mucho más duro que ambos metales por separado, la boina verde hizo de aglutinante. Ya no éramos tú y yo, sino nosotros. Ya no éramos simples conocidos, éramos binomio. Lo sufríamos todo juntos y eso nos hacía más poderosos. Cuando uno flaqueaba, tenía la fuerte mano del otro. Compartíamos todo y en todo momento: el trabajo, el cansancio, el frío, el sueño, la comida, la PCR. La mochila, cuando uno agotado parecía que había llegado a su límite, era tomada por el otro, permitiendo recuperar el aliento al desfallecido. Nunca nos permitimos darnos por rendidos.

Y esta forma de simbiosis guerrillera llegó, incluso a alcanzar aspectos puramente personales, como, cuando estando en Jaizquíbel, en la operación Alazán, vi que en el santuario de la Virgen de Guadalupe se iba a celebrar misa y le pedí al capitán autorización para poder asistir. El capitán accedió a mi petición, pero con la condición de que un guerrillero entrara conmigo al santuario y que una escolta de cuatro soldados nos acompañara hasta la entrada para poder dejar las armas fuera. Tú estabas en tu hora de descanso; en varias ocasiones te habías jactado de que jamás habías entrado en una iglesia y que por nada en el mundo entrarías en una de ella; sin embargo, te pedí a ti que me acompañaras a misa sabiendo que iba en contra de tus propias convicciones, pero no tenía a nadie más a quién pedírselo. Después de la inicial sorpresa que te causó mi petición, hiciste de tripas corazón y, sin reprocharme nada, me acompañaste y asististe respetuosamente a misa.

Muchas vivencias compartimos, la mayoría se han ido borrando de tu memoria y de la mía, pero la amistad, el aprecio, el compañerismo que se forjó en esos 12 meses de nuestras vidas han perdurado tras 40 años.

Acabada la mili, cada uno retomó el camino que habíamos dejado, pero ya no éramos los mismos que habíamos entrado aquel 24 de agosto. Y, aunque seguíamos pensando de forma diferente, teníamos el convencimiento de que seríamos capaces de dar la vida el uno por el otro. No estábamos tan lejos el uno del otro, más bien estábamos muy cerca, porque te conocí como un hombre de principios, integro y de gran corazón.

El tiempo y la distancia no ha hecho menguar, creo yo, ese compromiso. Y ahora que la vida te ha puesto una prueba durísima de la que ya saliste victorioso anteriormente, pido a Dios que dé fuerzas y te devuelva la salud para poder compartir contigo muchos años más.

Pedro, te envío un fuerte abrazo. No me cabe la menor duda de que si volviéramos a tener 20 años y tuviera que elegir un binomio tú serías el elegido.

Muchas gracias, Pedro, por haber dado la oportunidad de haberte conocido.

Guerrilleros hasta la muerte.

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