4º/82: Una nueva era

José Manuel López Martos y Juan Doña Doña

Antiguos cabos COE EMMOE (4º/82)

Fotos de López Martos y Alberdi Conde

Si nos tienen que preguntar por nuestro reemplazo, siempre diremos que es el mejor, y lo es, porque es eso: el nuestro. Así que vamos a relatar el mejor de los reemplazos: el nuestro. Aunque para ser fieles a la verdad, en nuestra compañía no era extraño que algún reemplazo fuera especial, desde el de la creación hasta el de la disolución, y aquí queremos compartir nuestro tiempo de servicio a nuestro país en nuestra COE, la de la EMMOE.

Nos incorporamos con el cuarto reemplazo de 1983; por lo tanto, el nuestro es el cuarto llamamiento de 1982. Ya han pasado cuarenta años, pero nuestra historia comienza antes y se escribe, como no puede ser de otra forma en la institución militar, en otro lugar. Pero todo tiene como protagonista un escenario especial: la ciudad de Jaca, en la aragonesa Huesca, en la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales y como telón de fondo el Pirineo.

Tenemos que contextualizar, debemos comprender de dónde venimos para advertir los pasos que hemos dado y así comenzaremos nuestra historia, solo un poco más atrás de nuestra incorporación al Ejército. Nuestro relato se remonta a 1981, cuando se emite la Orden de la EMMOE número 313 fechada el 9 de noviembre en el que se crea una nueva unidad en el seno de ese centro de enseñanza militar. Se produce tras una reunión celebrada entre la dirección de la propia EMMOE y la Jefatura de Estudios e Instrucción y en ella se acuerda la conversión de la segunda compañía de Cazadores de Montaña en una Compañía de Operaciones Especiales, lo que hará que el capitán D. Ignacio Martín Villalaín entregue el mando al capitán D. Ignacio Estévez Vila. Sera esta COE un órgano de apoyo principal al Curso de Operaciones Especiales que se imparte en el centro. He aquí una de las características que nos dará identidad: nuestros mandos fueron personal destinado al Curso de OE y, por lo tanto, con la consideración de profesores. Otro de los objetivos planteados con la creación de la última COE de nuestro país es que sirva de ejemplo de instrucción para seguir por el resto de unidades del despliegue nacional.

Profesores como mandos, ejemplo de instrucción… así comenzará a forjarnos carácter y los primeros fueron esos soldados que entraron en el cuartel como cazadores de montaña y se licenciaron tocados con una boina verde. La compañía será de “tipo A”; es decir, con tres secciones, una dotación de 124 hombres y debía tener la misma equipación y medios que en ese momento utilice el curso de OE… ¡además! participará y colaborará en todas las fases de instrucción que el curso lleve a cabo. Por lo tanto, se proyectará como una Unidad de Operaciones Especiales tipo A.

Con la entrega de las primeras boinas verdes, el 23 de enero de 1982 comienza a tomar forma la nueva unidad. El capitán Estévez es destinado a la COE 81 el día 18 de mayo y toma el mando de la compañía el entonces teniente D. José Izquierdo Navarrete. Los primeros guerrilleros de Jaca que acuden a una captación lo harán en el CIR 10 de Zaragoza el día 15 de junio. El sargento primero Elena, cuatro cabos y siete soldados serán los encargados de ello. Conseguirán voluntarios que se incorporaron como primer reemplazo desde el campamento, este será el 4º/81; estos serán los veteranos de los nuestros. Deberán de escribir su historia porque a nosotros no nos corresponde. Pero sí les dieron una impronta que sí que nos llegó, lo que muestra lo buena gente que fueron los componentes que formaron la compañía a partir de los captados en el CIR 10 el día siguiente al de la Patrona de Infantería del 82 por el sargento Alberdi y por el teniente Mayoral, reforzados después por el brigada Valero y por el capitán Carbonell. Don Fernando Carbonell Sotillo, llevaba de jefe de la COE desde el 13 de julio, el segundo capitán que manda a estos guerrilleros, deja su docencia en el curso de OE y comienza a mandar la formación en el arte de la guerrilla a los soldados, seguramente sin él, estas palabras no se escribirían o no se haría así.

Nuestros veteranos llegaron el 10 de enero de 1983 y, como he dicho antes, son dueños de su historia de la que me atrevo a contar un fragmento de ella tomada de capitán Carbonell, quien el 8 de julio escribe: “Se recibe la noticia de que la compañía queda a un solo llamamiento (Plan Meta), por lo que los veteranos pasarán a la 1ª compañía. La moral de la gente y de los mandos está por los suelos”. Tres días más tarde vuelve a anotar: “Se da la noticia a los soldados, empiezan los lloros, a la gente le da pena”. Estos soldados que volvían de la fase de agua en L’Escala (Girona) y por una decisión que tenía mucho que ver con el carácter ya citado de “unidad tipo”, en la que aplicar procedimientos nuevos, perdían su boina para pasar a formar entre sus antagonistas de la Escuela. Un momento terrible para los que desde ese momento dejaron de llevar la boina verde sobre sus cabezas y se incrustó en su corazón. Desfilarán algunos con lágrimas en los ojos en su último acto con el mimetizado en la entrega de los diplomas al XXVII Curso de Operaciones Especiales.

No todos tendrán que vaciar sus taquillas: siete cabos y cinco soldados deberán instruir al reemplazo que acaba de ser captado en Zaragoza, el nuestro. A algunos les corresponderán los servicios administrativos y logísticos dentro del pelotón de servicios. Cinco de esos cabos se conocerán como los “supercabos”: Crespo, Solana, Travieso, Blanco (El Ruso) y Cameo, además, los voluntarios Rueda (Morty) y Enguita.

Llega Batiellas, la fase de endurecimiento que incluía la prueba de la boina. Debíamos mostrar lo que valíamos, que éramos merecedores de ella; nos la ganamos y nos fue entregada el 27 de julio.

 

Una vez realizada la fase de endurecimiento y los cursos básicos se inicia la fase de topografía que precedió a la temida supervivencia. Nos esperaban días en el incomparable marco de la Selva de Oza, donde conocimos técnicas y prácticas para sobrevivir en momentos extremos. Mucho tenemos que contar de esos días en los que, tras el correspondiente registro, nos valíamos con lo que nos indicaban o con lo que podíamos, la pericia de El Ruso manejando su Aitor Survival preparando una deliciosa barbacoa con sabor a lana. Oza con nieve era impresionante, aquí supimos cuál era el sentimiento real cuando cantábamos en el paso ligero eso de “pasar hambre, frío y sueño”.

Aprendimos a manejar armas colectivas, la MG-42, los lanzagranadas Instalaza, morteros Comando, los tiradores selectos con Mauser dotados de alza telescópica, los CETME C con granadas de fusil. El campamento de Batiellas era nuestro segundo hogar. Allí conocimos las ventajas de los llamativos nuevos fusiles CETME L que teníamos de dotación, con el moderno calibre 5,56 pero con algún pequeño problema de acerrojamiento. Sus componentes plásticos y su color verde casi en lugar de contribuir a su mimetización, los hacia muy llamativos. Una vez terminada la prueba de este armamento personal, cambiamos a las dotaciones tradicionales, CETME C y subfusil Z-70. Y otra arma: el conguito, aprendimos a superar este singular obstáculo de la pista de aplicación; un lugar terrible en un principio que se transformó en apacible con la experiencia.

Efectivamente, Batielllas era casi nuestra segunda casa, pero Candanchú también nos acogía. Acuartelados en el pabellón Soldado Murillo llegó la fase de nieve y movimiento en montaña invernal, donde estos soldados aprendieron que el éxito no estaba en la modernidad de los equipamientos, sino en la instrucción y entrenamiento. Las tablas Samid Ejército, las botas San Marco, esas gafas que parecían de soldador, esos sencillos mimetismos blancos demostraban lo que versó Calderón:

“porque aquí a lo que sospecho

no adorna el vestido el pecho

que el pecho adorna al vestido”

es absolutamente cierto.

Como todas las COE, las fases de escalada, combate en población, explosivos, trato de prisioneros, evasión y escape, instrucciones nocturnas, pasillo de fuego, la esperada fase de agua en L’Escala. Y una muy especial, tal vez nuestra graduación, la de guerrillas, pero no unas guerrillas normales, donde el gran trabajo realizado por la OCA (Organización Clandestina de Apoyo) dio grandes resultados, además de algunos acontecimientos tremendamente trágicos que nos sobrepasaron y alguno que puede ser considerado como anecdótico en su contexto. Eran unos ejercicios especiales: actuábamos junto a otras unidades como “contraguerrilla”, la guerrilla era el Curso de OE y nosotros, ya graduados, teníamos que ser su contraparte. Seguro que ellos aprendieron de nosotros, casi estábamos graduados y, sobre todo, porque nuestros mandos eran profesores de ellos.

Trescientos sesenta y dos días juntos, desde el CIR hasta la licencia el 9 de julio de 1984, llevaron muchos días duros, muchos días en los que afloró una hermandad que afortunadamente tras casi cuarenta años se mantiene en muchos casos, muchos días de sinsabores, de sacrificio, pero también de buenos ratos entre compañeros, de felicidad tras vencer pruebas, tras las felicitaciones colectivas por superar con nota la revista, de orgullo mostrado en desfiles de la Patrona o de entrega de bandera recorriendo calles de nuestra apreciada Jaca, formaciones en las que nos acompañaba nuestra mascota: El Tempranillo.

Entre todos esos días de claros y oscuros, como no puede ser de otra forma en la milicia, en esa que, volviendo a Calderón:

“Aquí la más principal

hazaña es obedecer,

y el modo cómo ha de ser

es ni pedir ni rehusar”.

Hubo un día duro, un día negro en el que la luz se perdió. Fue el maldito 10 de junio de 1984, fecha en la que una desgraciada mala fortuna segó la vida de nuestro compañero Ángel Zamorano Rojo. Muchos recuerdos de ese día, muchos recuerdos de Ángel, y parece que no pasa el tiempo. Es tan doloroso que no podemos escribir una sola palabra más. Lo que sí debemos es hacerle honores, pues “la muerte no es el final”.

El siguiente reemplazo, correspondiente al 4º llamamiento de 1983 llegó el día 15 de julio de 1984. Los esperaban un cabo y siete soldados, todos menos uno eran voluntarios que se incorporaron a este reemplazo, el canario Heriberto Arias se quedó hasta que los nuevos hicieron la instrucción. Trasmitimos a estos quintos lo que recibimos de nuestros veteranos. Intentamos seguir en la construcción de esta compañía que comenzaba esos años su rodadura. Aún le quedarán muchos acontecimientos, muchos cambios, muchas experiencias.  Además de nuestra boina verde, nuestra bañera y nuestro tomate, distintivos de pertenecer a una COE, lucíamos orgullosos el rombo de la EMMOE sobre nuestro bolsillo izquierdo y el escudo de Minerva -como centro de enseñanza militar- en el brazo derecho. Al capitán Carbonell le acompañaron los tenientes López-Mayoral, Izquierdo, Boado, Aradas y Luque, los brigadas Valero y Arenas y los sargentos De Leonardo, Bleda, Amat, Álvarez, Alberdi, Clemente, Pardo, Blasco, Leiva y Barba, además del genuino cabo 1º Castillo “El Tío Juan”.

En total 116 soldados y 17 cabos cumplimos nuestro servicio militar en esta nuestra gloriosa compañía. Algunos fueron como voluntarios, otros lo fueron por voluntad propia desde el CIR e, incluso, hubo quien le tocó en suerte el destino. Muchos de nosotros llevamos también la boina verde en el corazón.

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